Maestro que es -no haría falta decirlo, pero por si casualmente aparece alguien recién llegado de otro planeta o recién huido del gulag del pensamiento único- Rafael García Serrano.
Maestro que este año -de la mano de SND Editores-, ha vuelto a la liza, a las estanterías, a los escaparates y, para deshacer entuertos de necios, a las tierras de la América Española. Justo en la época en que nacía Méjico de las manos de Hernán Cortés. La época en que los dioses nacían en Extremadura. Porque esa -"Cuando los dioses nacían en Extremadura", la novela de la conquista de Méjico- es la obra de Rafael García Serrano que vuelve a campear en los anaqueles.
Y vuelve no sólo porque sea de justicia reeditar al maestro Rafael, sino porque la canalla snob -palabra que, por mucho que la Academia se empeñe en cambiarle el significado, proviene de la anotación de "sin nobleza (sine nobilitate, s.nob) con que los recaudadores ingleses señalaban a los plebeyos cuando tocaba vaciar la bolsa- se ha enseñoreado de buena parte de la América Hispana, en particular del querido Méjico, donde todo comenzó, y de gran parte de los sinvergüenzas nacionales.
No es hoy día de celebrar nada, pero no por ese indigenismo inexistente en la época virreinal que han inventado los cuatezones -en Méjico lo entienden bien, y quien se de por aludido sus razones tendrá-, sino porque hoy España apenas existe, en manos de chalanes manipuladores y de borregos complacientes. Pero si es día de recordar a Rafael García Serrano, escritor, periodista, falangista, camarada, que hace 38 años -¡38 años ya, Señor!- que se nos fue a los luceros.
Y este año, maestro, me ha cabido el honor inmenso, la extraordinaria satisfacción, de poder contribuir levemente a la presentación de esa magistral obra tuya que SND Editores ha puesto al alcance de quien no haya tenido la ocasión de leerla antes y de quien quiera conocer cómo fueron las cosas, las personas, que cambiaron el mundo y lo ampliaron.
No soy quien para que mi nombre aparezca junto al de Rafael García Serrano en un libro, y vaya eso por delante. Pero requerido para escribir un comentario que centrara el debate sobre la idiotez de los que denigran a Cortés y los teules de la gloriosa compañía de españoles que crearon un mundo, no podía negarme a hacer lo que pudiera; a ser -como aquellos miles de hermanos cempoalenses y tlaxcaltecas lo fueron de Hernán Cortés-, porteador y avanzadilla de la prosa del maestro Rafael.
Mejor hubiera sido mi modesta intervención hace unos años, cuando aún tenía cierta facilidad para escribir; cuando un artículo me salía del tirón, y estaba listo en un cuarto de hora. Pero la vida raramente nos sale a nuestro gusto, y aunque se que no es lo mejor que podía ofrecer, también se que es lo que puedo dar ahora.
Perdona, Rafael, si mis palabras no están a la altura. Se que mi veintena de páginas no es lo que merece tu novela ni lo que mereces tú, camarada. Pero para mi es un honor que mi nombre figure junto al tuyo.
No he tenido hijos, pero de cierta forma que se me antoja pura magia he conseguido hacer crecer algún arbolito, y he firmado una veintena de páginas junto al mejor escritor en lengua española de todos los tiempos. A mi ya me vale.






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