Comentaba ayer mi camarada Rafa España -UNA DE BASKOS Y BASKAS- que a los chiquillos de un campamento de la Diputación Foral de Gipuzkoa, los monitores les impidieron ver la final del Mundial, y encima les engañaron diciéndoles que había ganado Holanda.
En un comentario le prometí buscar entre mis viejos papeles lo que en su día escribí sobre un caso parecido, y aquí está:
En un comentario le prometí buscar entre mis viejos papeles lo que en su día escribí sobre un caso parecido, y aquí está:
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La pesada carga del idioma

En una colonia veraniega, patrocinada por la Diputación Foral de Vizcaya, los niños que eran sorprendidos hablando en lo que los papanatas llaman castellano —es decir: en español— fueron castigados a cargar con una mochila llena de piedras, como justo castigo por su insolencia españolista.
Está muy bien esa táctica. El batúa con piedra entra, debe ser la máxima de los prebostes separatistas de Vascongadas. Y no es de extrañar, tratándose de una lengua berroqueña, dura, estancada en el neolítico, que no tiene más opción que recurrir a deformar el español para poder expresar conceptos inasequibles al hombre de las cavernas, tales como aeroportúa, que eso sí que es vascuence claro y nítido.
Por cierto: los cuidadores del campamento leían las cartas de los niños, y si presentaban alguna queja las retenían o confiscaban. El batúa con censura entra podría ser otra máxima peneuvera.
Lo que no nos han explicado, es el castigo que han sufrido los cuidadores del campamento. No por utilizar a los niños como bestias de carga o imponerles —por hablar español entre ellos— una pena propia de faltas verdaderamente graves en los famosos pelotones de castigo legionarios, sino por entender el odiado idioma.
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LA NACIÓN.
Núms. 254-255 - Extra de septiembre de 1997
Núms. 254-255 - Extra de septiembre de 1997