
Para los aficionados al periodismo -y para los profesionales de ley, los pocos
que van quedando-, con decir el maestro, basta para que todos sepamos
que se trata de Rafael García Serrano. Hablo, naturalmente, de
los españoles que lo somos y ejercemos; los demás, con sus envidias y anteojeras
de antipatía tienen bastante. Siempre, -mejor dicho: desde que un
camarada me mostró la luminosa senda del Diccionario para un macuto-
tuve la ilusión de lo que ya no será posible: conocer al maestro Rafael.
Le conocí, en cambio, como manda el Evangelio: por sus obras. Le he conocido en
el Eugenio, y he llegado a comprender que, si bien la muerte de
voluntad es un acto heroico cuando la vida sonríe, también puede ser una
magnífica solución que evite quemar la existencia inútilmente. Le he conocido en
Los ojos perdidos; aquél alférez Luis Valle que tenía los ojos tristes,
los ojos predestinados de los elegidos para morir jóvenes, pero que en la
sonrisa de Margarita llevaba un seguro de vida eterna. Y también le conocí en
esa paz que duraba quince días, y en aquella ventana que daba al río, monumental
corte de mangas a la democrática y civilizada Europa que se asomaba desde las
ventanas francesas a la Guerra de España. Vi con él la furiosa,
patética y grandiosa carga de los Toros de Iberia contra el invasor
cartaginés. Y me paseé a su lado por Méjico, con la fabulosa tropa del bachiller
por Salamanca, Hernando Cortés, prodigio de equilibrio entre la espada, el
derecho y la Cruz aunque otra cosa cuenten los anglosajones, que bien que hablan
porque no han dejado un sioux que los pueda desmentir.
También
asistí -de su mano- a la increíble reconquista de las tierras de nuestra estirpe
que hizo la Sección Femenina de la Falange, aquella aventura netamente
espiritual en un mundo que doblaba por la cintura al siglo XX con un sonido de
caja registradora. Y se me alegraron las pajarillas al comprobar qué magnífico
programa de actuación nos propone su V Centenario, que es un libro que
debiéramos sabernos de memoria todos los españoles que queremos seguir
siéndolo. Le he reconocido -y me he reconocido- en el alférez Ramón de
La Fiel Infantería, arquetípico y exacto retrato de una generación que,
harta de ir muriendo poco a poco, quiso jugarse la vida a cara o cruz. Me he
dado cuenta -como nunca- de la tristeza de un retorno sin que nadie se
alegre con tu vuelta... cediéndote el milagro de sus ojos rientes...
leyendo en la Canción del soldado que no tenía novia el destino que
aguarda a todos los que no hemos tenido la suerte -o el coraje- de Eugenio, y
estamos condenados a la derrota por no haber sido capaces de crear la ocasión de
la muerte de voluntad. Y he conocido, paseando con él por la Plaza del
Castillo, aquella mítica Pamplona de Julio del 36, cuando Navarra fue
corazón de España. En fin, discúlpenme ustedes esta estadística lírica de
urgencia. De sobra sé que no necesitan este estadillo apresurado de la obra del
maestro Rafael, pero no he podido resistirme al comentario, tan fácil, por otra
parte. Yo he dicho de Rafael García Serrano -ante los tres contertulios
de guardia que tienen la paciencia de soportarme- que era el mejor escritor en
lengua española de todos los tiempos. Puede que lo dijera en un momento de
exaltación; pero el caso es que ahora, y con toda la reflexión necesaria para
dar unas palabras a la consideración pública, no retiro lo dicho, sino que lo
reafirmo. Ustedes ya sabrán que hay dos tipos de escritor: el que tiene mucho
que comunicar, pero no acierta con la forma adecuada, y el que no tiene nada que
decir pero -eso si- lo dice muy bien. Rafael García Serrano constituye una rara
conjunción de ambos, porque nunca acaba uno de sorprenderse de las cosas tan
enormemente importantes que dice, y de lo maravillosamente bien que las
cuenta.
Rafael
García Serrano es un escritor sencillísimo, al alcance de cualquier
inteligencia, porque hasta los más tontos -salvo que pertenezcan a la fauna
política o politizada, que es peor- lo pueden entender a las mil maravillas. Y,
a la vez, un escritor complejísimo, difícil como pocos, cuyas obras sólo nos dan
su auténtica dimensión en la tercera y cuarta lectura. Pero como quien lo lee
una vez, irremediablemente repite, acaba por descubrir la increíble belleza de
sus páginas. Mi primer contacto con la obra del maestro Rafael fue a
través de La Fiel. Había comprado, de una tacada, esta novela y el
Diccionario para un macuto, en un alarde económico que aún me asombra,
porque mi bolsillo -primer o segundo año en la Universidad, y sin trabajar- no
estaba para muchas alegrías entonces. Ni ahora, para qué nos vamos a engañar,
con un Gobierno que considera los libros como artículos de lujo, y en ello se
nota lo poco que los usan para lo propio de un libro, que es leerlo, y no la
decoración de estanterías. El caso es que empecé por La Fiel
Infantería porque tenía prisa por comprobar si era cierto todo lo bueno que
me habían dicho del -por aquél tiempo, verano del 79, aprendí a llamarle así-
maestro. Y no me gustó, lo que son las cosas. Pero pasado algún tiempo, y tras
embucharme el Diccionario, volví a ella; y descubrí el sentido de
algunos matices, de algunas frases que había pasado por alto en la primera
lectura. Me gustó mas, pero sin llegar a entusiasmarme. Fue necesario el tercer
repaso para que empezara a captar la inmensa belleza literaria que contiene, y
para que me diera cuenta de que La Fiel Infantería es la mejor síntesis
jamás escrita del ideario Nacionalsindicalista; el mas completo retrato de un
estilo y de una forma de ser que mi edad no me ha permitido conocer
directamente, y bien que lo siento. Después, poquito a poco -según las
empresas editoriales tenían a bien satisfacer las demandas del público- fueron
llegando a mi particular biblioteca todas las obras de Rafael García Serrano que
han sido reeditadas, y las de nueva creación: La Paz ha terminado,
acertadísimo título de una recopilación de Dietarios, a caballo entre 1974 y
1975; La Gran Esperanza, que obtuvo el Premio Espejo de España en el 83
(por cierto, con el único voto en contra de D. Manuel Fraga, gracias sean dadas
a Dios), y V Centenario, obra tan extraordinaria en lo literario como
en lo político; tan excepcional, que aún no hemos sido capaces de digerir sus
enseñanzas y seguir el camino que nos indica. Pero no es esto lo que yo
quería contar, porque no creo que a nadie le interese saber de qué forma me las
he ido arreglando para adquirir todas las obras de Rafael García Serrano de las
que he tenido noticia. Lo que yo quería decir es que el maestro Rafael es
asequible a todo el mundo, porque cualquiera de sus frases puede hacer que se
desternille de risa el menos avisado, y a cualquiera que tenga el corazón en su
sitio puede hacerle un nudo en la garganta; y todas sus obras son una fuente
inagotable de distracción y auténtico gozo estético para un amante de la belleza
literaria. Quedan -eso si- frases, alusiones, referencias, que no están al
alcance de todo el mundo. Para entenderlas, es necesario pertenecer al círculo
mágico de los iniciados; de los que en una palabra pueden -podemos, disculpen la
inmodestia- hallar un significado ideológico, un especial sentido; ese algo que
hace de las obras de Rafael García Serrano un perfecto resumen y compendio del
ideario Nacionalsindicalista. Algo de esto escribí en la primera hoja de
un ejemplar de La Fiel, que regalé a un amigo por su cumpleaños, porque
uno aprovecha cualquier ocasión de promocionar a sus camaradas. Soy una especie
de misionero de la obra de Rafael García Serrano, y estoy de ello bien
orgulloso. Incluso necesito de la misma dosis de paciencia y tesón que el mas
santo padre misionero -de los de antes, que los de ahora usan metralleta- para
recuperar alguno de los libros que presto, como me ocurrió no ha mucho con un
compañero de trabajo a quien cedí Plaza del Castillo, obra
especialmente significativa para mí por razones puramente emocionales y
personales, que les haré la merced de omitir. Por esos mismos motivos que nada
tienen que ver con lo ideológico o literario- le guardo un especial cariño a
Bailando hasta la Cruz del Sur. Rafael García Serrano recibió el
Premio Nacional de Literatura José Antonio Primo de Rivera, en 1943, por La
Fiel Infantería; premio que no impidió que la novela fuera secuestrada por
la pasión clerical de Gabriel Arias Salgado -el padre de los actuales- a
indicaciones del arzobispo primado de Toledo. Como siempre -antes y después- el
Régimen puso la cara y otros tiraron las piedras a su confortable sombra, que
sólo abandonarían cuando fue mas confortable estar en contra. Aunque, por si
acaso, sin retirar la mano. Y, como queda reseñado, el Espejo de España
del año 1983, en cuyo jurado tomó parte D. Manuel Fraga, que fue el único que
votó en contra de su concesión a Rafael García Serrano. Supongo que al
maestro, con su amplia experiencia en persecuciones, denuestos y ataques
¡tantos chaqueteros que nunca le perdonaron que fuera fiel!- le haría mas
gracia que otra cosa. Ni siquiera creo que le diera pena, porque él se conocía
bien el paño, y no le podían coger por sorpresa los pequeños rencores y fobias
de la derecha reaccionaria de siempre. Para reconocer y valorar la honradez, la
inteligencia y la fidelidad, hay que ser honrado, inteligente -que no es lo
mismo que memorión- y fiel; y eso no está al alcance de cualquiera, aunque se
tengan millones para alquilar agencias de publicidad que intenten dar buena
imagen al percebe de turno.
Además
del voto en contra del señor Fraga, Rafael García Serrano nunca obtuvo el Premio
Nobel; ni estuvo -que yo sepa-, nominado para él. Lo cual me hace muy feliz,
porque de habérselo dado al maestro, hubiera tenido que cambiar mi opinión sobre
el mencionado premio. El Premio Nobel, como ustedes saben, es -particularmente
el de Literatura- una palmadita en la espalda de aquellos que se han portado
bien; de los que han sido buenos chicos y se han aprendido la lección:
democracia liberal-capitalista a gogó; libertad a tutiplén y derechos humanos
todos, en tanto que deberes personales, ninguno. Y unas gotitas de pornografía
socializante, en función del tradicional progresismo escandinavo, porque allí
-como aquí- y como ya dejara definido el propio Rafael en mas de una ocasión,
para los progres, la libertad siempre acaba en el culo.
Rafael
García Serrano, -de justicia es reconocerlo- nunca reunió esas condiciones,
imprescindibles para recibir el Nobel. Nunca se sometió a los dictados de la
inteleztualidad, que siempre es de izquierdas, claro. Nunca se plegó a la moda,
y por eso resulta tan universal, dicho sea en el buen sentido, que no en el de
ciudadano del mundo, esa cursilada que se inventaron los que no son capaces de
comprender lo que es la Patria. Y nunca escribió para memos aborregados, que es
la razón de que los críticos y criticones nunca le hayan jaleado, como
acostumbran a hacer con los papanatas que pululan por los suplementos literarios
de los periódicos.
Tampoco
fue elegido académico de la Lengua, con lo cual eso se perdieron la Academia y
la Lengua española, y eso ganó Rafael, que se ahorró la asistencia al
mortalmente aburrido conciliábulo. Y eso ganamos los lectores, porque el maestro
-con la responsabilidad que le caracterizó siempre- hubiera entregado a la
entidad del limpia, fija y da esplendor, un tiempo que habría hurtado a su
creación literaria. Y esa sí que dio esplendor al idioma, y lo limpió de las
telarañas de lo soez, zafio y grosero que tantos ilustres señores académicos le
han puesto. En buena lógica, Rafael no podía estar en la Academia. Estaba
-está su obra- muy por encima de ella. La frescura, la ligereza, la vitalidad y
vivacidad de su prosa y de su genio, nunca habría podido admitir las reglas
encorsetadas de los embalsamadores del idioma. Otra faceta de Rafael
García Serrano -y bastante olvidada, por cierto-, es la de guionista
cinematográfico. Me perdí en los cines La Fiel Infantería -la película,
digo- porque fue rodada en la época en que acababa de llegar a este mundo o
puede que antes. Y luego, con la tecnocracia dominando en la vida nacional y
proyectando su triste sombra gris sobre cualquier ilusión, no la han repuesto;
al menos, no a mi alcance. El mismo Rafael nos contó en sus Dietarios
que la película se había perdido en el viaje a unos estudios yanquis. No
obstante, y tiempo después de haber comenzado a escribir estas líneas, conseguí
no sólo ver la película sino obtener una copia en vídeo. Indescriptible,
por supuesto, la emoción con que la vi. No obstante, me defraudó. Y no por la
película en si, que está bien, sino porque no se parece en nada a la
novela. La Fiel -película- tiene el argumento de La Paz
dura quince días; otra magistral obra de Rafael García Serrano sobre la
epopeya del 36, pero que no es La Fiel, ni tiene su profundidad ideológica, ni
su extraordinario estudio psicológico de aquella generación que decidió matarse
porque quería vivir en paz de una vez. Está bien narrada la historia,
sí; pero yo no esperaba aquello, sino el relato de los días primeros en
Somosierra, con el alumbrado arrepentimiento de la convicción reciente de Mario,
que poco antes nunca creyó que los españoles fueran a llegar a las manos. Con
las horas perdidas de la parada del Norte, cuando el General Invierno
daba tiempo a pasarse a Francia para mirar de lejos las luces y -realidad y
símbolo unidos-, abonar de la más elemental forma la tierra de la nación que
alquilaba balcones con vistas a la Guerra de España. Esperaba el relato de la
Academia de Provisionales de Avila -carreramar y cientocatorce, orden
abierto y problema de tiro en el cajón de arena- con la proclama gibelina
del todavía cadete Ramón en una tarde de ventisca. Y el diagnóstico certero y
asombroso -estás loco de abril, Miguél- al camarada que mira por la abierta
ventana los fríos luceros de una noche invernal: Vienes de sus labios y hoy
podría ser un veintiuno coronado por buenas estrellas de marzo. A veces, también
yo he vuelto de unos labios sin saber si me había quedado allí.
La Jura
de Bandera y -último acto colectivo de la Academia- el Himno de la Infantería
naciendo espontáneo de un tren atestado que se abre paso en la noche. Y luego el
frente: las marchas nocturnas; las charlas en la chabola donde el alférez Ramón,
misionero, define y explica -una buena liebre sobre la que tirar todos-
la paz que llegará. Y el tren del hospital, con el sublime delirio del
soldado enfermo que teme ser expulsado del cielo de los limpiamente agujereados,
que ni siquiera reparan en él porque se ocupan en desgranar la letanía del
combatiente. Y el patético Bienaventurados los que mueren con las botas
puestas del que creía haber ganado el derecho a la muerte sobre el campo, y
se enfrenta a la lenta agonía del hospital -sábanas limpias y aliento apestado,
con la muerte trabajando como un buen funcionario que despacha su cotidiana
tarea en el moridero- sin cruces, que no sin cruz; sin honores, que no sin
honor. Sin una mano amiga que enjugue el sudor; sin una novia que con sus
visitas llegue la primavera a una sangre que se hace otoño aunque presiente el
día en que se hará rosal para otras manos de soldado; para otros ojos que verán
la vida reflejada en los de una mujer.
Comprendo que traducir en imágenes la soberbia prosa de Rafael García Serrano es
imposible; y con La Fiel Infantería si que se hace añicos el aserto de
que más vale una imagen que mil palabras, porque ni un millón de imágenes puede
suplir el retrato del alférez Ramón; el autorretrato del Alférez Provisional de
Infantería Rafael García Serrano. Y no es -repito- que la película esté
mal; pero es otra cosa, y me quedé como un niño al que le enseñaran un caramelo
y no se lo dieran; como el joven que espera salir con una chica -por vez primera
los dos solos- y ella aparece con dos hermanas pequeñas. Y repipis, como
inevitablemente resultan todas las hermanas pequeñas en una situación
así. Tampoco vi -sigamos el recuento- Los ojos perdidos; y si
no hubiera sido por los comentarios del maestro en sus Dietarios, quizá
ni me hubiese enterado de su existencia. Si tuve ocasión, en cambio, de
ver Ronda Española. Y la aproveché, faltaría más. Fue en el cineclub de
El Alcázar, donde también asistí a la proyección de Novios de la
muerte, película -lo dice claramente el título- de tema legionario, que ya
había disfrutado a poco de su estreno, algunos años antes. Lo que pasa es que en
aquél tiempo -1974 ó 1975- yo no había oído hablar nunca de Rafael García
Serrano ni -por supuesto- lo había leído. Y no por mi culpa, sino por obra de
los ilustres autores de los libros de texto que estudié en el bachillerato. Para
finales de 1982 o principios del 83 si que había oído hablar y -sobre todo-
había leído a Rafael García Serrano. Por eso, cuando me enteré de que la
pantalla del cineclub de El Alcázar reviviría la aventura de la Sección
Femenina, nada me hubiera hecho perdérmela. Y eso que aún no había entablado
relación con el libro, que estaba agotado y no vería otra edición hasta unos
años después. Queda aún otra película con guión de Rafael García Serrano
en mi cuenta personal: A La Legión le gustan las mujeres, de la que
no tuve noticia hasta que un buen día la alquilé en un video club por simple
curiosidad -aunque sin mucha ilusión- y me encontré la sorpresa de ver el nombre
del maestro entre los guionistas. Aún me esperaba otra sorpresa mayor, y fue la
de encontrar al propio Rafael García Serrano como actor, si bien en una
aparición pequeñísima que hube de ver varias veces hasta cerciorarme de que
efectivamente se trataba de él. En todas estas películas de Rafael García
Serrano -en las últimas mas, porque ya estaba el enemigo en puertas, o dentro-
se observa inmediatamente la carga ideológica y, sobre todo, ese estilo -forma
de ser y de pensar- que marcó una época. Y uno de mis sueños preferidos
-especialmente cuando sufro la bazofia anglosajona con que la televisión
considera oportuno castigarnos- es la de llevar al celuloide -o a lo que
actualmente se use- todas y cada una de las obras de Rafael García Serrano;
hacer de cada novela una larga serie, para que no se pierda una sola frase, una
sola palabra, un solo giro gramatical. Y prometo incluirlo en mi programa
electoral, para que se enteren los analfabetos de litrona y porro de cual sería
una auténtica política de protección a la cinematografía. Pero es en los
escritos -novelas y artículos- donde se aprecia la enorme calidad literaria de
Rafael García Serrano. Parecen escritas para él las palabras de Eugenio D'Ors a
propósito de Quevedo: Para mi gusto, Quevedo es el
primer escritor castellano. He dicho escritor. Hay clásicos y clásicos. Quevedo,
como Fernando de Rojas, como Santa Teresa, como Góngora, dan la impresión de
estar creando en cada momento el lenguaje en que se expresan. Los dos Fray Luis,
por el contrario, parece que lo hayan recibido ya hecho y que lo soporten.
Cervantes ocupa un lugar intermedio... ...¡Qué vocablos nerviosos y
linajudos, como potros finos, los de Quevedo! ¡Qué rápidas y perfectas cópulas
de sustantivos y adjetivos! ¡Qué salto de elipsis, qué trágica bacanal en el
hipérbaton!... ¡Y aquél impulso frenético que fuerza las nociones vestales y es
causa de que los mismos verbos intransitivos se vuelvan violentamente,
prolíficamente transitivos!... En medio de esta orgía de fuerza
brilla de pronto la inteligencia hecha malicia, con el frío resplandor de una
navaja española en la revuelta confusión de un fandango popular.
Pues
pongan ustedes Rafael García Serrano donde dice Quevedo, y tengan por seguro que
el mismo Eugenio D'Ors no tendría el menor inconveniente en firmar el cambio. Al
menos, no creo que le importara la utilización que a sus frases doy para
expresar lo que opino del maestro Rafael. Y mucho más que me gustaría decir, si
fuera capaz de hacerlo. Lo que pasa es que no logro traducir en palabras todo lo
que me hierve por dentro, y si fuera a repetir cada frase a la que encuentro un
significado especial, esto se convertiría en una colección de citas de Rafael
García Serrano. No quiso el destino que se hiciera realidad el deseo de
publicar algo de Rafael García Serrano en una revista dirigida por mí por la
sencilla razón de que, cuando dirigí modestas publicaciones de partido, no tenía
a nadie que me pudiera acercar al maestro; y cuando esa aproximación hubiera
sido posible, no tenía publicación que dirigir. Circunstancias, abandonos y
deserciones que ustedes sin duda recuerdan, dejaron a muchos españoles -entre
los cuales me encontraba- sin ninguna agrupación política donde prestar sus
modestos servicios. Y para cuando Juntas Españolas decidió lanzar la publicación
EJE, Rafael ya había muerto. Fue el día del Pilar de
1988: un día desgraciado a partir de ese año, se lo mire como se lo mire.
Estas palabras que hoy transcribo fueron escritas para un libro-homenaje que
Juntas Españolas pretendió lanzar para el segundo aniversario de la muerte de
Rafael. Hubiera sido el año 1990, pero no fue ese año, ni ningún otro.
Mientras estaba el libro en periodo de gestación, recibimos un consejo que nos
hizo meditar bastante tiempo. Se trataba de dar a esta obra una envergadura
mucho mayor, editándola con los mejores medios y contando con firmas que -se nos
decía- aunque fueran políticamente opuestas a Rafael García Serrano, siempre
habían considerado su valía literaria. Dudamos mucho, porque esta propuesta
significaba realizar un homenaje a la altura que el maestro Rafael merece; pero
nos temíamos que la aventura nos viniera grande. Por último, decidimos seguir la
idea inicial. Mas modesta, rayando en la pobreza, pero mas nuestra. No
teníamos dinero para pagar colaboraciones, ni pensábamos que mereciera figurar
en éstas páginas quien pusiera precio a su homenaje. Por muy importantes que
fueran las firmas que hubiéramos logrado incluir, no era eso lo que deseábamos.
Queríamos hacer una tertulia de amigos; un fuego de campamento; una reunión de
veteranos que, en una chabola de este frente literario y periodístico en el que
nos movemos, recordaran junto a la hoguera al camarada que se fue. Rafael
García Serrano fue siempre liberal, en el buen sentido de la palabra: en sus
relaciones personales con aquellos que, aún pensando de forma distinta, tenían
la honradez por bandera. Eso es cierto; pero una cosa es un trato educado y
correcto, y otra muy distinta la amistad y la camaradería. Una cosa es respetar
y darle la mano al adversario -al que se lo merezca, claro- y otra muy distinta
darle un abrazo, llevarle a tu casa o presentarle a tu novia. En fin:
quizá otros hagan un libro mejor, con mas aportaciones y más medios; otros, tal
vez, lograrán un gran éxito editorial. Nosotros sólo queremos rendir un homenaje
al camarada que se nos fue a los luceros. Queremos hacerlo a nuestro aire, a
nuestro estilo. Con la solemne informalidad de una reunión de viejos soldados
que comparten los recuerdos. Y el vino. Estamos seguros de que Rafael lo hubiera
preferido así. Hasta luego, maestro. Quizá algún día me dejen pasar a
verte un ratito, y podamos charlar de todo esto en el Paraíso que te has ganado
a pulso. Ese Paraíso difícil, erecto, implacable, donde no se descansa nunca y
que tiene, junto a las jambas de las puertas, ángeles con espadas. O con viejas
máquinas de escribir, que también sirven para luchar por lo que uno cree, y bien
que lo has
demostrado.
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