
Otra vez Navidad.
Y cada año se me hace más difícil no ceder a las tentaciones; porque la carne es débil, y el cuerpo me pide atocinarme cómodamente, y decir que sí, que bueno, que felices fiestas a todo el mundo, y que me dejen en paz.
Afortunadamente, el alma no está para fiestas, porque acaso de ahí provenga el mayor problema: que todo en España lo hemos convertido en fiesta. Todo es una fiesta, desde la cuchipanda electoral hasta la algarada separatista; desde el coma etílico hasta el asesinato masivo de nonatos; desde el hembrismo garrulo, a la mariconería rampante; desde la zafia incultura de las miembras, al clientelismo grosero.
Todo es fiesta -ya llegará la resaca, ya-, y no tiene uno el alma para estas fiestas, ni para despilfarrar la caridad -que bien entendida se debe principiar por uno mismo-, en recoger conmiserativamente a los borregos, los tocinos, los capones, los necios, los tontos, los alcaldes, el Gobierno, la oposición y otros justiciables, y decirles que sean personas por una vez y se enteren, siquiera por un día, de que nace Dios.
Todo lo que me llega la caridad -y la paciencia- es para decirles a todos ellos que les deseo lo que se merecen, y que les vayan dando.
Únicamente a mis camaradas, a mis hermanos en España, les deseo una Feliz Natividad del Señor, y que en Su misericordia nos de Fe, Esperanza y buena mano.
Y cada año se me hace más difícil no ceder a las tentaciones; porque la carne es débil, y el cuerpo me pide atocinarme cómodamente, y decir que sí, que bueno, que felices fiestas a todo el mundo, y que me dejen en paz.
Afortunadamente, el alma no está para fiestas, porque acaso de ahí provenga el mayor problema: que todo en España lo hemos convertido en fiesta. Todo es una fiesta, desde la cuchipanda electoral hasta la algarada separatista; desde el coma etílico hasta el asesinato masivo de nonatos; desde el hembrismo garrulo, a la mariconería rampante; desde la zafia incultura de las miembras, al clientelismo grosero.
Todo es fiesta -ya llegará la resaca, ya-, y no tiene uno el alma para estas fiestas, ni para despilfarrar la caridad -que bien entendida se debe principiar por uno mismo-, en recoger conmiserativamente a los borregos, los tocinos, los capones, los necios, los tontos, los alcaldes, el Gobierno, la oposición y otros justiciables, y decirles que sean personas por una vez y se enteren, siquiera por un día, de que nace Dios.
Todo lo que me llega la caridad -y la paciencia- es para decirles a todos ellos que les deseo lo que se merecen, y que les vayan dando.
Únicamente a mis camaradas, a mis hermanos en España, les deseo una Feliz Natividad del Señor, y que en Su misericordia nos de Fe, Esperanza y buena mano.