Espías sin los que –según informa La Gaceta, citando la opinión de un ente llamado Josep Domingo Ferrer, al que es de suponer que conocerá su señora madre- "no es sólo que cueste sobrevivir como Estado, sino que costaría mucho convertirse en uno."
El tema es que los aldeanos del separatismo catalán quieren hacerse con unos servicios de inteligencia propios -dentro del contrasentido de los términos inteligencia y separatismo-, y ya el CNI ha denunciado sufrir el espionaje de los espiítas de Mas. Incluso -continúa el citado periódico- ya disponen del embrión del futuro organismo de espionaje, un llamado Centro de Seguridad de la Información de Cataluña (Cesicat), nacido bajo los auspicios del traidor Rodríguez y el charnego Montilla, que ejerce competencias atribuidas exclusivamente al CNI del Ministerio de Defensa.
Todo esto, en un país normal, sería motivo más que suficiente para detener a los creadores de esos organismos que usurpan funciones correspondientes al Estado español; para entrullar a los individuos que hayan efectuado cualquier pesquisa acerca de los agentes del CNI; para remover de su cargo por prevaricación a los que, teniendo en su mano la posibilidad, no han impedido la existencia de un nido de espías dentro de la administración periférica española; y de procesamiento inmediato, por conspiración, de todos ellos.
Sin embargo, aquí no pasa nada. No pasa nada porque vamos de un extremo al otro; de un iluminado Rodríguez a un pasmado Rajoy; de un psicópata a un marmolillo. De un gilipollas a otro, en resumen.
O acaso, porque lo de los separatistas catalanes no deja de ser una ópera bufa; una comedia que nadie se toma en serio; una bufonada con la que despistar al hambriento. Porque, díganme ustedes qué organismo de espionaje puede montar un gobiernillo, cuando a sus loados mozos de escuadra se les puede sobornar con una invitación a un prostíbulo.
El problema es que esta payasada ya está alcanzando el límite donde la comedia prostibularia puede dar paso al drama.