Pero piense el Gobierno que si España se le va de entre las manos, no podrá escudarse tras de una excusable negligencia. Cuando la negligencia llega a ciertos límites y compromete ciertas cosas sagradas, ya se llama traición.

José Antonio Primo de Rivera.
(F.E., núm. 15, 19 de julio de 1934)

miércoles, 11 de julio de 2012

SOBRE EL ANIVERSARIO DE MIGUEL ANGEL BLANCO.

Aniversario que la televisión y radio no deja de repetir estos días. Algunos, incluso, pretendiendo hacernos creer que de aquellos días partió una nueva conciencia ciudadana -o similar chorrada- que ha propiciado el fin de ETA. El espíritu de Ermua y todo eso, vaya.

La realidad, si miramos el panorama sin anteojeras de corrección política, es muy distinto. ETA ha ganado -lleva años ganando-, y lo mismo PSOE que PP gozan como gorrinos en cochiquera bajándose los pantalones. También -todo sea dicho- los ciudadanitos; los mismos, acaso, que hace quince años se pintaban las manos de blanco y ofrecían -borregos prestos al matadero- su propia nuca para que los asesinos se ejercitaran.

También es cierto que hubo un momento en que todo pareció posible: cuando los españoles exasperados casi llegaron a ponerle velas a Sanseacabó, a darle candela a las sedes batasunas, y la carrera del señorito a los etarras conocidos. Que -no nos engañemos- eran todos entonces y lo siguen siendo ahora.

Las mismas autoridades -tan prudentes a la hora de enviar a la Policía contra la guerrilla urbana perietarra- se encargaron de aguar el vino impidiendo que los asesinos y cómplices recibieran su propia medicina, y aquello acabó en nada.

Al cabo de los años puedo afirmar que tenía razón en lo que entonces escribí. Lo bueno de conservar archivo, es que ahora lo puedo demostrarlo:
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LA NACION - Nº 251

Del 23 de julio al 5 de agosto de 1997  
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Los asesinos

Han encontrado la solución. Lo dice una individua que se autotitula madre de un preso de ETA, y a todos se les cae la baba: es la piedra filosofal, el descubrimiento del siglo, la panacea para todos sus males de incapacidad, impotencia, ineptitud y culpabilidad.

Una fulana dice por la radio que los de ETA están haciendo lo mismo que Franco, y a todos los gilipollas de la televisión se les aparece el ungüento amarillo para sus malas conciencias. Pero todos ellos saben que la culpa de lo que hace ETA hoy, la tienen ellos. La tienen todos los que protestaron por las sentencias de muerte de 1975. La tienen los que votaron la desaparición de la pena de muerte en la Constitución. La tienen todos los que se han mostrado de acuerdo con las excarcelaciones, con aquellos famosos extrañamientos de presos etarras con millones en el bolsillo, viajes pagados al Caribe y suntuosos chalets. La tienen los que hayan dicho, siquiera una sola vez, que ETA luchaba contra Franco. La tienen cuantos no han dicho esta boca es mía en contra de las reinserciones, de los regímenes abiertos, de los beneficios penitenciarios para los presos de ETA. La tienen cuantos reclaman que se acerquen los presos etarras a ese invento de Sabino Arana que llaman Euzkadi. La tienen todos y cada uno de los que han protestado ahora y no han protestado cuando han asesinado a un Guardia Civil o a un militar. La tienen cuantos ahora han convocado minutos de silencio, manifestaciones, concentraciones o lo que sea, y no lo hicieron antes; por ejemplo, cuando ETA asesinó el pasado 8 de enero, al Teniente Coronel don Jesús Agustín Cuesta Abril.

La tienen los que han hablado de ejecución en el caso del concejal del Partido Popular Miguel Ángel Blanco. ETA asesina, no ejecuta. La ejecución es prerrogativa de un Estado, tras un proceso con las garantías que prescriban las leyes en el que el acusado se puede defender, y tras la correspondiente sentencia judicial. Los que hablan de ejecuciones de ETA, le están dando carácter de Estado; están reconociéndole, implícitamente, el derecho a cobrar los impuestos revolucionarios y a disponer de la vida de sus súbditos de acuerdo con su particular legislación. Los que tal hacen —por ineptitud profesional o por mala leche— son tan culpables como los que aprietan el gatillo.

La tienen los que ponen en televisión española un rótulo donde textualmente dice: Euskadi: 088 — España (94) 4441444.

Ellos son los culpables de lo que hace ETA. De lo que ha hecho y de lo que seguirá haciendo. Los que están en contra de la pena de muerte cargan las armas de los asesinos. Los que comparan unas sentencias ajustadas a la Ley entonces vigente y a Derecho con un secuestro o un asesinato, son los que ponen en la recámara las balas que siegan vidas ajenas. Es de comprender que una mujer obnubilada por el incontestable hecho de haber parido un hijo de puta, no sepa lo que dice. Pero todos los demás, los periodistas amarillos —la tal de la Rosa María Mateo a la cabeza— los políticos cobardes, los demócratas de manifestación y pancarta sin cojones, los inútiles sin redaños para declarar el estado de guerra que la mierda de Constitución de sus amores permite; esos son los auténticos culpables. Los verdaderos asesinos.

Para sus mentes enfermas de podredumbre, de mentiras mil veces repetidas, de complejos mal digeridos, es muy sencillo recurrir a la infamia de comparar las sentencias de muerte, varias de ellas conmutadas, dictadas en su día para asesinos convictos y confesos, con la vileza del secuestro, de la extorsión, del asesinato.

Con los remordimientos de conciencia a flor de piel, los papanatas se hacen eco de lo que dice la madre que parió a una alimaña. La que le inculcó la superioridad de la raza vasca, el odio a España y a los maketos, o permitió que se lo inculcaran. La que le enseñó —o permitió que le enseñaran en las ikastolas— a ganar juegos matando Guardias Civiles. La que le dio las cerillas —o no se las quitó con dos bofetadas cuando se las vio en el bolsillo— para quemar la Bandera de España.

Esa madre, a fin de cuentas, tiene la excusa de que el aborto de Satanás que echó al mundo es su hijo. Para todos los lameculos que han intentado lavar su mala conciencia echando, una vez más, la inmundicia de la calumnia sobre Francisco Franco, no hay perdón posible.

Como no hay perdón posible para esos engendros híbridos de los comunistas reciclados, para esos sinvergüenzas como el tal de López Garrido y otros compañeros de viaje, que se ha permitido decir que ETA es un residuo del fascismo, cuando sabido es que, para los comunistas, fascistas es cualquiera que les quita el chollo. Y cuando todos sabemos que ETA es, no un residuo, sino un legítimo descendiente, del marxismo leninismo. Del mismo marxismo leninismo y estalinismo de que son hijos los comunistas. Ellos —todos los cochinos que quieren lavar su responsabilidad con la mentira— son los auténticos culpables. Si les quedara un ápice de valor, de honradez, de decencia, no permitirían que la sangre de los demás siguiera pagando sus culpas. Si tuvieran un ápice de dignidad, se meterían todos —políticos y periodistas— en el edificio del Congreso de los Diputados, mandarían atrancar las puertas, y le pegarían fuego.

Y si ellos no lo hicieran, y al pueblo español —el de las manifestaciones, los lacitos, las pancartas y las velitas— le quedara algo de sangre en las venas, asaltaríamos las cárceles, colgaríamos en las plazas mayores de los pueblos a los etarras y a sus cómplices; después quemaríamos en la hoguera a todos los separatistas, y por último, para escarmiento, fusilaríamos por la espalda a todos los políticos que con su interminable chauchau se lavan las manos. Amén.

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LA NACION - Núms. 254-255

Extra septiembre de 1997
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Sobre la frase


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El pueblo español, a raíz del asesinato de Miguel Ángel Blanco Garrido, ha protagonizado una de las más impresionantes manifestaciones de dolor y de ira. Y de impotencia.

Impotencia, porque al pueblo español lo han domesticado, adiestrado en la dialéctica de los lemas insulsos (lo que los políticos llaman slogans) y de los pareados ripiosos.

Así, una de las frases más celebradas, más repetidas en los resúmenes televisivos, más jaleadas como muestra de la determinación popular, más aplaudida y difundida, como queriendo que se grabe bien incluso en las molleras más duras, ha sido la de ETA, escucha, aquí tienes mi nuca. Esta frase nació en la Puerta del Sol de Madrid. En el mismo escenario donde la Policía repartió estopa allá por el 79 a los que no gritábamos aquí tienes mi nuca sino contra ETA, metralletas, pareado igualmente ripioso, lo confieso, pero que demostraba un talante radicalmente distinto. Un talante que molestaba al Gobierno ucedarra, no sé si porque temía que el pueblo se hartase y tomara la determinación de hacerse la justicia que nadie le hacía —ni le ha hecho después— o porque les daba envidia no tener los arrestos del más anciano de aquellos manifestantes.

Me ha causado, debo decirlo, una enorme impresión ver a decenas —acaso cientos— de personas, generalmente jóvenes, ofreciendo su nuca, arrodillados y con las manos tras de la cabeza, en actitud de cordero presto al sacrificio.

No puede caer más bajo e! orgullo, la dignidad, la gallardía de un pueblo, que se ofrece a morir de rodillas porque ni siquiera ha pensado en combatir de pie. Que ha perdido el instinto de supervivencia, o acaso eso otro que diferencia al toro bravo del cabestro.

El pueblo español se ha convertido, definitivamente, en una lengua sin manos.

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Sobre la esterilidad

La de todas aquellas manifestaciones, concentraciones, lazos azules, pancartas, que llenaron las calles y plazas de España hace —cuando escribo, a mitad de agosto— un mes.

Protestaron entonces contra un asesinato, muchos cientos de miles —acaso millones— de personas que no habían protestado antes. Fue, qué duda cabe, un gesto emotivo. Pero condenado, por falta de continuación, a la esterilidad.

Todo muy bien los primeros días, claro. Pero, una vez consumida la emotividad y el riesgo de que el pueblo, harto y hastiado; peor aún, burlado una vez más, se tomara la justicia por su mano, han vuelto las cosas a sus orígenes. Ya tenemos de nuevo a los separatistas del PNV acusando al Gobierno —y a los partidos españolistas en general— por no tender la mano negociadora a los asesinos. Por no seguir manteniendo a cuerpo de rey, de vacaciones en el Caribe, a asesinos confesos.

Y tenemos a esos partidos llamados españolistas con los habituales paños calientes, con las discusiones bizantinas de si se acordó esto o lo otro, de si se interpreta lo de allá o lo de acullá.

Y tenemos al Gobierno de vacaciones, y en septiembre empezaremos a hablar.

Y tenemos —ahora sin la menor duda, si es que alguna quedaba— la más completa seguridad de que no cabe más salida que pasar a cuchillo a los que, pudiendo poner soluciones, permiten que todo siga igual.

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LA NACION - Nº 256

Del 14 al 29 de octubre de 1997
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Sobre las manos blancas


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Esas que se ha puesto de moda pintar —incluso pintarse, a estilo payaso pero sin serlo— como símbolo de rechazo al terrorismo. Es un buen símbolo: dejar la conciencia plagada de suaves huellas, apenas leves manchas, de blancas banderas de rendición.

Manos blancas —ya lo dijo don Tadeo Calomarde— no ofenden. No desestabilicemos, pues. Manos blancas, leve huella de melosidad de gato castrado.

Manos blancas no ofenden.

Y eso es lo malo: que las manos están para ensuciárselas con el trabajo, no con la mascarada; para el apretón sincero o la bofetada limpia.

Manos blancas no ofenden.

Y ya va siendo hora de que las manos dejen de estar blancas, impolutas, recién lavadas como la conciencia, y empiecen a levantarse. Para defender y para ofender.

Amén.
 

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