
El que mañana -ya vigésimoprimero- se cumple del fallecimiento de Rafael García Serrano, el más grande escritor en lengua española de todos los tiempos.
Vengo, desde aquél triste 1988, recordándolo públicamente en este día, y así lo haré mientras Dios me conceda memoria, y voz, y manos.
Soy -al menos por tal me tengo- discípulo del maestro Rafael. Jamás hablé con él y sólo una vez lo ví, a cierta distancia; pero ello no es obstáculo para que desde cada uno de sus artículos, desde cada novela, desde cada película, siga aprendiendo de él cada día.
Quería, en la ocasión de hoy, comentar cómo cada artículo de Rafael nos enseñaba a quienes no sabíamos; nos ponía en la pista de libros, de acontecimientos, de explicaciones que hacían evidente lo inexplicable.
Quería comentar cómo cada novela nos hacía un fiel retrato de una generación que -como uno de sus personajes dice- decidió matarse porque quería vivir en paz de una vez.
Quería comentar el monumental Diccionario para un macuto; el incomparable Bailando hasta la Cruz del Sur. El -quiéralo Dios- profético V Centenario.
Pero al ponerme ante el teclado, comprendo que no es posible; que no puedo explicar todo esto a quien no haya tenido la fortuna de leer a Rafael García Serrano, y que a quien lo haya conocido -como manda el Evangelio- por sus obras, cuanto pudiera decirle no le hace falta.
Gracias a Dios -y a sus hijos, y a editoriales que no se someten a la damnatio memoriae dictada por rojos y pijoprogres- las obras de Rafael García Serrano se van reeditando. Hace unos años -cuatro o cinco- fue La Fiel Infantería; este mismo año, Plaza del Castillo. Quedan muchas obras por salir a la luz de nuevo, pero acabarán por iluminar esta oscura mediocridad que nos envuelve.
Mientras tanto, ahí sigue Rafael, con la vieja máquina de escribir heredada de Ismaél Herráiz, alborotando los luceros con el picoteo de sus teclas.
Vengo, desde aquél triste 1988, recordándolo públicamente en este día, y así lo haré mientras Dios me conceda memoria, y voz, y manos.
Soy -al menos por tal me tengo- discípulo del maestro Rafael. Jamás hablé con él y sólo una vez lo ví, a cierta distancia; pero ello no es obstáculo para que desde cada uno de sus artículos, desde cada novela, desde cada película, siga aprendiendo de él cada día.
Quería, en la ocasión de hoy, comentar cómo cada artículo de Rafael nos enseñaba a quienes no sabíamos; nos ponía en la pista de libros, de acontecimientos, de explicaciones que hacían evidente lo inexplicable.
Quería comentar cómo cada novela nos hacía un fiel retrato de una generación que -como uno de sus personajes dice- decidió matarse porque quería vivir en paz de una vez.
Quería comentar el monumental Diccionario para un macuto; el incomparable Bailando hasta la Cruz del Sur. El -quiéralo Dios- profético V Centenario.
Pero al ponerme ante el teclado, comprendo que no es posible; que no puedo explicar todo esto a quien no haya tenido la fortuna de leer a Rafael García Serrano, y que a quien lo haya conocido -como manda el Evangelio- por sus obras, cuanto pudiera decirle no le hace falta.
Gracias a Dios -y a sus hijos, y a editoriales que no se someten a la damnatio memoriae dictada por rojos y pijoprogres- las obras de Rafael García Serrano se van reeditando. Hace unos años -cuatro o cinco- fue La Fiel Infantería; este mismo año, Plaza del Castillo. Quedan muchas obras por salir a la luz de nuevo, pero acabarán por iluminar esta oscura mediocridad que nos envuelve.
Mientras tanto, ahí sigue Rafael, con la vieja máquina de escribir heredada de Ismaél Herráiz, alborotando los luceros con el picoteo de sus teclas.