
Pero la historia de hoy es la comodidad de don Alejo. Bien, no sólo de él, pero es del único de quien tengo declaraciones recogidas por la prensa (Minuto Digital), y confesando lo dura que es la vida del eurodiputado, y que no pueden viajar ‘con las rodillas pegadas’ al asiento delantero.

Así, -según El Mundo- el señor Mayor Oreja -pepero-, ha declarado que algunos miembros del Grupo votamos sin saber exactamente... y yo no recuerdo, desde luego, un debate en el Grupo Popular a propósito de este asunto. Por su parte, el señor López Aguilar -sociata-, afirma que abstenerse fue por un error en la gestión de la directriz del voto.
En definitiva, que todos los señores, señoras, señoros eurodiputados, eurodiputadas, eurodiputades, eurodipuleches, están cansadísimos, agotadísimos, prácticamente exánimes y hasta exangües. Tanto, que me pregunto si no sería una inexcusable obra de caridad relevarles del puesto, darles un merecido descanso, retirarles todas sus múltiples responsabilidades y preocupaciones; darles a todos ellos la pensión correspondiente -no la del Parlamento Europeo, sino la de la Seguridad Social española, según sus años de trabajo-, y permitirles el pase a una tranquila vejez.
O si, en su defecto, no podrían hacer lo mismo que los funcionarios de la Administración General del Estado, cuyo puesto conlleva la obligación de residir en su provincia de destino.
Ellos ahorrarían agobios viajeros, y nosotros una pasta gansa, que incluso podría evitar que la Eurocámara subiera sus presupuestos una vez más.