Todavía estamos como estamos -esto es, con el golpe de Estado de los separatistas catalanes en pleno desarrollo desde hace dos meses, o dos años, o cuatro décadas-, y ya empiezan las voces de los sesudos soplagaitas, de los periodistas hiperdemocráticos, de los blanditos chapuceros, de los traidores sin calificativo que les exima una mínima parte de culpa, a clamar por el diálogo.
Porque -dicen- lo que importa es que se respete la Constitución, porque en una democracia se puede ser independentista, que es una opción como cualquiera otra, y porque lo que tienen que hacer Puigdemon y Rajoy es sentarse a hablar.
O sea: que Puigdemon, y Junqueras, y Forcadell, y Trapero, y Colau, y Rufián, y todos ellos, se vayan de rositas, y todo se arregle con más cesiones, más chantajes y más desvergüenza.
Porque -dicen- hay que dialogar. Por supuesto; hay que dialogar. Pero no antes de que todos los participantes del golpe separatista sean judicialmente inhabilitados; no antes de que todos los partidos, asociaciones y grupos de cualquier clase que hayan participado en el golpe separatista sean disueltos, y no antes de que todos directores de colegios, profesores y funcionarios participantes en el golpe separatista -mosus, bomberos, médicos...- sean expedientados según proceda y apartados del servicio.
Y entonces, señores dialogantes, señores blanditos, se podrá dialogar.
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