Pero piense el Gobierno que si España se le va de entre las manos, no podrá escudarse tras de una excusable negligencia. Cuando la negligencia llega a ciertos límites y compromete ciertas cosas sagradas, ya se llama traición.

José Antonio Primo de Rivera.
(F.E., núm. 15, 19 de julio de 1934)

lunes, 21 de noviembre de 2011

LA VICTORA SIN ALAS.

No es por ahorrarme el trabajo; es porque, cuando ya existe un análisis perfecto, locura sería querer mejorarlo.

El análisis sobre los resultados electorales de ayer lo hizo José Antonio hace 78 años. Actualícese la fecha -tan similar, curiosamente-; trasládese la cólera de los obreros andaluces -tan abandonados entonces como hoy- a los millones de parados; entiéndase por obreros a tanto desesperado como hoy considera -consideramos- que todos son iguales; igualese la revolución latente en el 33 con la ingeniería social zapatera; reemplácese a Azaña por Rodríguez, y díganme si hay una coma que no se corresponda con la actualidad.

LA VICTORIA SIN ALAS

España entró otra vez en el sorteo del 19 de noviembre. Está bien que las urnas se parezcan al bombo de la lotería. Tanto da que una bola ruede la primera hacia el agujero como que un manojo de papeletas abrume a otro manojo. Aquello lo decide cualquier duende encargado de los azares de la lotería; esto, cualquier espíritu, bueno o malo, de justicia, de represalia o de histeria. Puro azar: un buen chiste contra un candidato puede privarle del triunfo a última hora. La comezón de sacudir un Gobierno que irrita puede determinar a un pueblo a derribar mil cosas. España se jugó otra vez al juego de las papeletas el 19 de noviembre.

Y hay quien cree que en ese sorteo se ha ganado nada menos que la contrarrevolución. Muchos se sienten tan contentos.

Una vez más tiende España a cicatrizar en falso, a cerrar la boca de la herida sin que se resuelva el proceso interior. Sencillamente: a dar por liquidada una revolución cuando la revolución sigue viva por dentro, más o menos cubierta por esta piel endeble que le ha salido de las urnas.

No se olvide un dato: hay algunas provincias –sobre todo en las andaluzas– donde el 60 por 100 del censo se ha quedado sin votar. En pueblos enteros, de miles de electores, se han contado por escasos centenares los votos emitidos. Mientras esos pocos electores votaban, muchedumbres torvas, hostiles, apiñaban en las esquinas la amenaza de su presencia, envolviendo en el mismo rencor a los candidatos de todos los bandos. “Todos son lo mismo –gruñían los campesinos andaluces–. ¿Qué nos importa a los obreros eso? ¡Que se destrocen los políticos unos a otros!”. Las paredes blancas de los pueblos se ensangrentaban en imprecaciones: “No votes, obrero. Tu único camino es la revolución social”. Y unos grabados tormentosos, oscuros, con tenebrosa calidad de aguafuertes, presentaban figuras famélicas con inscripciones como ésta debajo: “Mientras el pueblo se muere de hambre, los candidatos gastan millones en propaganda. ¡Obrero, no votes!”

En muchos sitios los obreros no han votado. Se han permitido el lujo escalofriante de regalar a la burguesía –a la derecha, principalmente– la máquina de legislar. Una orden dada a tiempo por los sindicatos, una movilización general de masas proletarias, hubiera producido la derrota de quién sabe cuántos candidatos de las derechas. Los obreros lo sabían y, sin embargo, se han abstenido de votar. Hay que estar ciego para no ver bajo ese desdén la amenaza terrible hacia quienes se consideran vencedores.

Las derechas están con su Parlamento recién ganado como un niño con juguete nuevo. Creen –así Azaña hace poco– que el mundo es ese mundo que se ve con la linterna mágica del Parlamento. Encerrados en el Parlamento se creen en posesión de los hilos de España. Pero fuera hierve una España que ha despreciado el juguete.

La España de los trágicos destinos, la que, por vocación de águila imperial, no sirve para cotorra amaestrada de Parlamento. Esa que ruge imprecaciones en las paredes de los pueblos andaluces y se revuelve desde hace más de un siglo en una desesperada frustración de empresas. La España de las hambres y de las sequías. La que, de cuando en cuando, aligera en un relámpago de local ferocidad embalses seculares de cólera.

Esa España, mal entendida, desencadenó una revolución. Una revolución es siempre, en principio, una cosa anticlásica. Toda revolución rompe al paso, por justa que sea, muchas unidades armónicas. Pero una revolución puesta en marcha sólo tiene dos salidas: o lo anega todo o se la encauza. Lo que no se puede hacer es eludirla; hacer como si se la ignorase.

Esto es lo grave del momento presente: los partidos triunfantes, engollipados de actas de escrutinio, creen que ya no hay que pensar en la revolución. La dan por acabada. Y se disponen a arreglar la vida chiquita del Parlamento y de sus frutos, muy cuidadosos de no manejar sino cosas pequeñas. Ahora empiezan los toma y daca de auxilios y participaciones. Se formarán Gobiernos y se escribirán leyes en papel. Pero España está fuera.

Nosotros lo sabemos y vamos a buscarla. Bien haya la tregua impuesta a los descuartizadores. Pero desgraciados los que no lleguen al torrente bronco de la revolución –hoy más o menos escondido– y encaucen, para bien, todo el ímpetu suyo. Nosotros iremos a esos campos y a esos pueblos de España para convertir en impulso su desesperación. Para incorporarlos a una empresa de todos. Para trocar en ímpetu lo que es hoy justa ferocidad de alimañas recluidas en aduares, sin una sola de las gracias ni de las delicias de una vida de hombres. Nuestra España se encuentra por los riscos y los vericuetos. Allí la encontraremos nosotros, mientras en el palacio de las Cortes enjaulan unos cuantos grupos su victoria sin alas.
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(FE., núm. 1, 7 de diciembre de 1933. Tachado entonces por la censura)
(Reproducido en Arriba, núm. 23, 12 de diciembre de 1935.)

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