Pero piense el Gobierno que si España se le va de entre las manos, no podrá escudarse tras de una excusable negligencia. Cuando la negligencia llega a ciertos límites y compromete ciertas cosas sagradas, ya se llama traición.

José Antonio Primo de Rivera.
(F.E., núm. 15, 19 de julio de 1934)

jueves, 12 de noviembre de 2015

SOBRE LO QUE RAJOY PERMITIRÁ Y LO QUE NO.

Copio el párrafo de El País, asumiendo que sus entrecomillados son, como manda la norma, palabras textuales del señor Rajoy:

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha explicado este miércoles, tras convocar un Consejo de Ministros extraordinario y firmar y presentar el recurso contra la resolución de independencia y desobediencia de la Cámara catalana, que los independentistas pretenden "quebrarlo todo" y "devolvernos a la arbitrariedad del poder y retroceder a otros tiempos que la España constitucional ha dejado atrás definitivamente. Cuando se prescinde de la ley, se renuncia a la democracia. Pretenden acabar con la democracia y el Estado de Derecho y no lo vamos a permitir".

O sea -y dejando la palabrería para después- que los separatistas catalanes "pretenden acabar con la democracia y el Estado de Derecho." Y a España, Marianico, que le den dos duros.

Tiene el señor Rajoy -según sus palabras demuestran- una cierta empanada mental. La democracia, señor Rajoy, no es más que una forma de gobierno; el Estado, señor Rajoy, es la forma en que se vertebra la nación. Ni la una, ni el otro, son la parte fundamental, porque son meramente las formas, las vestiduras, con que se muestra lo sustancial. En nuestro caso, señor Rajoy, esa España a la que usted -según el citado artículo de El País, y reclámele a ellos si no es exacto-, no ha tenido a bien citar.

Defender "la democracia y el Estado de Derecho", señor Rajoy, es como velar porque a una persona no le rompan la chaqueta ni le quiten los pantalones, y allá se las componga esa persona para preservar sus brazos y piernas, porque a usted lo que le importa es la vestimenta. Lo accesorio, no lo fundamental.

Aquí, señor Rajoy, lo que se está ventilando es la existencia de España. Y por mi parte -y por la suya, si usted fuera una persona de bien- le pueden ir dando a la democracia y al Estado de las autonomías mientras se mantenga lo que me importa, que es España.

España -será necesario decirlo para topifílicos y necios- no es un territorio; España no es el conjunto de los habitantes con nacionalidad y derecho a voto; España no es la gente que hoy vive en ella; España no es un conjunto de Leyes, ni de normas, ni siquiera de costumbres y tradiciones.

España, señor Rajoy, es todo eso y mucho más. Porque España es el territorio, y es quienes la habitan, y quienes viven en ella; y es el conjunto de leyes, normas, y costumbres que mantenemos. Pero también es la Historia, la cultura, la tradición; lo que hicieron y pensaron nuestros antepasados, desde aquél mítico Orisón que le dio de collejas a los cartagineses a orillas del padre Ebro, hasta el último paleto que ha votado separatismo en las últimas elecciones regionales catalanas. España son los vivos -incluso los vivales-, y son los muertos que la hicieron hasta llegar a hoy. Y son, señor Rajoy, los que si usted y sus gobiernos abortistas los dejan, nacerán en el futuro.

Por eso, señor Rajoy, la democracia y el Estado de las autonomías constitucional son la ropa con que hoy se presenta ese cuerpo milenario de España. Y por eso, señor Rajoy, ni usted, ni yo, ni nadie, tiene derecho a reducir España a esa simple formalidad del sistema de gobierno o la forma del Estado.

Por eso, señor Rajoy, está usted errado -¿tal vez herrado?- cuando afirma que los separatistas catalanes pretenden "devolvernos a la arbitrariedad del poder y retroceder a otros tiempos que la España constitucional ha dejado atrás definitivamente." La referencia a "otros tiempos", contraponiéndolos a la "España constitucional", ya sabemos a donde va a parar. Se suma usted al carro del antifranquismo porque usted -como zopenco necesitado de herrajes- no tiene, según definía Longanessi, ideas, sino antipatías. O porque usted es, simple y llanamente, un cobarde, un pusilánime, un cagurrín y un acojonado -véase la "Trinchera" de mi camarada Eloy de ayer-; un individuo sin personalidad, que todo lo fía a sus asesores de imagen -no tiene otra cosa-, y teme que si habla de la unidad de España -aunque la cite la Constitución felizmente agonizante- le van a llamar fascista.

Lo de fascista es un anatema que acostumbran a expeler los rojos desde la III Internacional, y que acongoja mucho a los memos. A quien de verdad es fascista -o, en mi caso falangista, que no es lo mismo, pero para que los tontos me entiendan- el que los rojos le llamen fascista es algo que se pasan por donde no digan dueñas. Pero a los blanditos, a los suavones, a los nichichanilimoná, les hace pupa. Fundamentalmente, porque les cuelgan la etiqueta, pero carecen de gónadas para replicar con el "rojo de mierda" correspondiente. Y usted, señor Rajoy, está inmerso de lleno en la cualidad de cobardía tancrediana.

En cuanto a la arbitrariedad del poder... ¿qué hay más arbitrario que desobedecer las Leyes desde las Instituciones? ¿Qué hay mas arbitrario que permitir que los funcionarios del Estado, designados a dedo -por votación popular, pero a dedo- se pasen por el forro las sentencias de los Tribunales? ¿Qué hay más arbitrario que perseguir la lengua oficial de España en una región española, y qué hay más arbitrario que no mover un dedo para impedirlo desde el Gobierno? ¿Qué hay más arbitrario que ofrecer competencias a los gobiernitos regionales a cambio de votos para mamonear en Moncloa? ¿Hay, señor Rajoy, algo más arbitrario que la actuación de los sucesivos gobiernos regionales de Cataluña y de España en las últimas décadas, con respecto al desparrame separatista?

Porque aquí llegamos al asunto de fondo: que la cosa no es de hoy.

Lo he dicho no hace mucho, pero habré de hacerlo una vez más, habida cuenta de las muestras de asombro que se repiten en radios y prensa a propósito de la mamarrachada de los separatistas catalanes. Casi se rasgan las vestiduras -no del todo, pues entonces se les verían las vergüenzas, y no sólo las físicas- gimoteando sin explicarse cómo ha sido posible que hayamos llegado hasta aquí, hasta esta declaración de propósitos, en sede parlamentaria regional, de los secesionistas.

Y ninguno de ellos -ni políticos, ni periodistas, ni cualquier persona que una vez en su vida haya dicho interesarse en la política y en la sociedad- tiene derecho a asombrarse ni a escandalizarse. Esto que pasa hoy -lo que pasó ayer, lo que pasará mañana- ya está dicho, avisado y -para que no haya dudas- escrito desde hace mucho tiempo. Lo que está pasando ya lo avisamos muchos y desde el principio de este espectáculo circense autonómico. Lean ustedes -políticos y periodistas, enteradillos con o sin graduación de los aparatos partidistas-, los artículos publicados en El Alcázar, en Fuerza Nueva -revista-, en La Nación; o, mas modestamente, en las publicaciones Cruz de los Caídos -de los Distritos de Ciudad Lineal y San Blas de Fuerza Nueva de Madrid- o EJE, de Juntas Españolas, y lo verán.

Todo está avisado, y ya lo dijeron grandes patriotas y grandes escritores -Rafael García Serrano, Luis Tapia Aguirrebengoa, Ángel Palomino, Ismael Medina, Joaquín Aguirre Bellver...-; y también -en una dimensión distinta, pero también clarividente- mis camaradas que lo escribieron en EJE, y de los que sólo referiré a Eloy R. Mirayo y -modestia aparte- yo mismo. Quien quiera comprobarlo, sólo tiene que ir a la página de Ediciones Anteriores de mi diario, y desde allí se podrá descargar buena parte de ello sin que ningún fiscal tenga media palabra que decir, porque todo lo que ahí pueden encontrar fue escrito para darlo a la opinión pública, y la mayor parte es de mi absoluta propiedad -o la de mis camaradas- y sólo nos reservamos el derecho de que se cite la procedencia y no se modifiquen los textos.

Éramos -en su lenguaje de estereotipos y topicazos- fascistas, ultras, bárbaros fuera del sistema. Pero teníamos razón, y ahí lo están viendo, desde su falso asombro de arribistas, cohechistas, prevaricadores, comisionistas, estómagos agradecidos y tontos útiles; o desde su asombro real de tontos con máster, necios de aluvión o tontolabas pesebristas.

Nosotros -no unos cuantos "iluminados", sino cientos de miles de españoles ninguneados por el Sistema partitocrático- lo sabíamos. Nosotros lo dijimos. Nosotros sufrimos descalificaciones y calumnias. Pero teníamos razón.

También teníamos -tenemos- la claridad de conceptos que José Antonio nos legó. Justo debajo de la cabecera de mi diario figura, desde hace años, la premonición y el aviso. Pero aquí lo tienen de nuevo, escrito en 1934 y válido para hoy mismo:

Todos los síntomas confirman nuestra tesis. Cataluña autónoma asiste al crecimiento de un separatismo que nadie refrena: el Estado, porque se ha inhibido de la vida catalana en las funciones primordiales: la formación espiritual de las generaciones nuevas, el orden público, la administración de justicia.... y la Generalidad, porque esa tendencia separatista, lejos de repugnarle, le resulta sumamente simpática.

Así, el germen destructor de España, de esta unidad de España lograda tan difícilmente, crece a sus anchas. Es como un incendio para cuya voracidad no sólo se ha acumulado combustible, sino que se ha trazado a los bomberos una barrera  que les impide intervenir. ¿Qué quedará, en muy pocos años, de lo que fue bella arquitectura de España?

¡Y mientras tanto, a nosotros, a los que queremos salir por los confines de España gritando estas cosas, denunciando estas cosas, se nos encarcela, se nos cierran los centros, se nos impide la propaganda! Y la insolencia separatista crece. Y el Gobierno busca fórmulas jurídicas. Pero piense el Gobierno que si España se le va de entre las manos, no podrá escudarse tras de una excusable negligencia. Cuando la negligencia llega a ciertos límites y compromete ciertas cosas sagradas, ya se llama traición.
(F.E., núm. 15, 19 de julio de 1934)




jueves, 22 de octubre de 2015

SOBRE UN ANIVERSARIO Y SOBRE VER LAS COSAS CLARAS.

Aniversario del fallecimiento de mi camarada Luis Tapia Aguirrebengoa, Coronel de Infantería, Caballero Legionario, miembro de la Junta Nacional de Juntas Españolas y principal creador de la Declaración Programática de aquél movimiento en el que me siento orgulloso de haber militado en un tiempo en que los demás abandonaron el frente o se dedicaban a la lucha interna por purezas indefinibles.

En fin, un tiempo hermoso, donde parecía posible aún poner freno a la miseria moral que empezaba a adueñarse de España y que hoy campa a sus anchas.

En aquél tiempo –1989, 1990, 1991- mi Coronel Luis Tapia Aguirrebengoa era, para todos nosotros, ejemplo claro y firme, inteligencia precisa, honor personificado en su estampa de caballero español.

Fue Luis Tapia, además, vigía del futuro que senos venía encima. Cuando ahora salen los cuatro idiotas y los tres memos de guardarropía rasgándose sus escasas vestiduras al ver dónde nos han traído las pertinaces bajadas de pantalones ante los separatismos, me enorgullece poder decir que ya entonces, hace –ahí es nada- un cuarto de siglo, ya nosotros las veíamos venir; ya teníamos claro a donde íbamos a ir a parar, y donde nos estaban metiendo los papanatas y los mamarrachos.

Así lo escribió mi camarada Luis Tapia Aguirrebengoa, maestro muy querido, en el número 10 de EJE, de marzo 1990 -páginas 6 y 7- referido entonces al separatismo vasco, pero con referencias al catalán, y así tengo el gusto de ofrecérselo a quien guste leerlo y comprobar que todo esto de hoy, esta maraña de cobardías y suciedades, ya la avisamos hace tiempo.


AUTODETERMINACIÓN, IMPOSIBLE.
por Luis TAPIA AGUIRREBENGOA.


Dice el punto primero de la Síntesis Ideológica y Programática de Juntas Españolas que España es una unidad histórica irrevocable. Y que, en cuanto entraña una grave contradicción, propugnamos la revisión del articulo 2- y la supresión del Titulo VIII de la vigente Constitución española, que admite el termino nacionalidades referido a las comunidades regionales, puesto que no existe en nuestro territorio mas nación que España, síntesis de peculiaridades regionales, culturales e idiomáticas que es preciso respetar, descentralizando al máximo la organización administrativa del Estado, con un único e insoslayable límite: la soberanía nacional reside únicamente en el estado de la nación española, y cualquier traspaso de competencias de este a las autonomías habrá de ser revocado y derogado a todos los efectos.

Se trata de una profesión de amor a España y de una declaración de propósitos que podrían ser asumidas por cualquier partido u organización política que no contenga en su ideario el virus separatista. La Constitución debe ser reformada sin tardanza para arrancar de su texto cuanto respalde cualquier veleidad nacionalista.

Así sucede que casi desde los comienzos de la instauración democrática, y mas aun en las últimas semanas, la autodeterminación se ha convertido en un tema muy delicado que ha originado enfrentamientos dialécticos y puede ser causa de graves tensiones. Todo comenzó en esta ultima fase con una desdichada sesión del Parlamento Catalán, seguida por una iniciativa nacionalista vasca en la que se proclama que el pueblo euskaldún tiene derecho a la autodeterminación, haciendo alusión al autogobierno, aunque se omita, púdicamente, el termino independencia, que ha estado en la mente de todos ellos, desde que Sabino Arana, en las postrimerías del siglo XIX, enarbolo la bandera de la secesión.

Hay quienes se extrañan cuando, ante tan intolerable pretensión, nos escandalizamos los que, desde las entrañas, nos nace el amor a España. Y los mas extrañados, por lo que hemos oído y leído, son quienes creen que todo es posible dentro de la legalidad de un estado democrático, incluso la separación de una región o territorio, por el simple ejercicio del voto popular.

Siempre resulto inquietante jugar con el término, que, con el actual o parecido enunciado, nació cuando el romanticismo abrió en el siglo pasado la caja de Pandora de los nacionalismos, y aun ahora, en las postrimerías del siglo XX y del milenio, resulta extraño y confuso su significado. ¿Que es autodeterminación? ¿Que pretenden sus partidarios? Mal que les pese a algunos, autodeterminación es secesión o independencia, y los que la exigen abogan por un Estado propio, escalando estadios autonómicos intermedios de autogobierno, representados por los modelos autonómico, de autonomía profunda, que es a la que aspiran ahora los nacionalistas vascos y catalanes, federal, en el sentido disgregador no unificador, y confederal, hasta recibir el ultimo impulso que lleve a la separación total. Puede ser que aun se tarden años, diez, quince, una generación, pero siguiendo el actual camino vamos derechos hacia la disgregación nacional, cuando Europa y el mundo marchan en la dirección contraria, la del abatimiento de muros separadores y barreras fronterizas, creando superestados que conservan las variedades y peculiaridades de las naciones que los constituyen.

No nos quepa la menor duda, los nacionalistas españoles, solo pretenden romper España, aquejados de la enfermedad del cantonalismo y el enfrentamiento, a la que tan propicia es nuestra individualista sociedad.

Nosotros, los hombres y mujeres de Juntas Españolas no comprendemos como aun quedan quienes creen que todo se reduce a una mera y beneficiosa descentralización administrativa, de la que somos partidarios, cuando los propósitos separatistas se presentan tan claros. El derecho a la autodeterminación -ha dicho un portavoz nacionalista- es la opción a constituirse, por propia y libre decisión, en estado independiente, o a separarse del territorio de un estado por elección mayoritaria de la población. Aunque, como antes se ha dicho, puede ser que todavía no este el fruto suficientemente maduro, y que el desenlace sea a plazo medio. A este respecto, Arzallus cifraba en una generación el tiempo que podían aguardar para alcanzar la independencia. Mientras tanto, continuaran las presiones, las escaramuzas dialécticas, la petición de mas libertades políticas, la escalada en el campo de las transferencias, pues mucho es lo alcanzado hasta ahora, pero aun quedan importantes aspiraciones que arrancar al débil estado español. He aquí algunas: en Cataluña, la catalanización lingüística, la reorganización territorial y la asunción de competencias y despliegue de los Mossos d'Esquadra; en el Pals Vasco, el despliegue de la Ertzaintza, simultáneo al repliegue de las fuerzas de seguridad del Estado, la transferencia de medios y facultades de la administración de justicia, la sustitución de la escuela publica estatal por la escuela publica vasca, y, a mas largo plazo, la creación de un ejercito vasco, con mandos autóctonos, para caso de una invasión extranjera (¿la española?) y la autorización de un banco nacional vasco. Y no piensen que estas son exageraciones, que no somos dados a ellas, se trata de una denuncia formulada en la prensa de Bilbao, por Adolfo Careaga, ex diputado a Cortes.

Semejantes pretensiones son como querer forzar las leyes y el sentido de la Historia, pues ni el País Vasco ni Cataluña fueron nunca independientes, y la autodeterminación no aparece como formula política en la Constitución, ni podrá contemplarse nunca, pues cualquier reforma al respecto seria como legislar la propia autodestrucción del Estado. Y el alegato nacionalista de que la firma de la Carta de las Naciones Unidas lleva implícita el reconocimiento por España de este derecho, no es valido por referirse a los pueblos en vías de descolonización, y ni el País Vasco ni Cataluña fueron nunca colonias. Garaicoechea, ha dicho, también, que va a trasladar las aspiraciones vascas al Parlamento Europeo y al seno de la Alianza libre europea, que reúne a las diversas organizaciones nacionalistas del continente, lo cual es algo así como recurrir al Archipampano de las Indias, ya que ni el primer organismo, ni menos el segundo tienen facultades para hacer nada en favor de su desdichada causa.

De todos modos, no puede ignorarse la gravedad del tema, cuyos resultados atentan contra la unidad de España, pues las actuales aspiraciones de autodeterminación pueden tomar la forma de una explosión nacionalista incontrolada, cuando agotada la capacidad negociadora del Estado, hechas por este todas las concesiones posibles en el elástico marco constitucional, maltrecha la soberanía española y preparada la sociedad española a aceptar lo inaceptable, se alcance el techo de la unidad nacional.

Se llega así al aspecto mas delicado del problema, el de la unidad de España, incuestionable en los limites actuales del territorio nacional; nada ni nadie puede alterarla, no siendo válidas las urnas, ni supuestas reformas constitucionales para lograrlo. España ha existido a través de los siglos por voluntad de muchas generaciones de españoles, que la construyeron y sostuvieron, a veces con muchos sacrificios, y la determinación de una minoría de una cierta época carece de fuerza y de derecho a romperla mediante el cauce democrático del voto o el cauce bélico de la violencia. Es ineludible deber de todos los españoles defenderla, y el Ejercito, pieza básica de la unidad, aplicara, sin duda, toda su fuerza y toda su pasión en el cumplimiento del mandato que el pueblo español le tiene confiado; varios Capitanes Generales así lo han proclamado. En principio, bastara con la disuasión de su presencia, pero si fuera necesario, recurriría a otros medios. Los españoles, incluidos los secesionistas, deben estar convencidos de que así se hará.

Procuremos entre todos que no sea necesaria la intervención del Ejercito; unámonos, para ello, en un frente común ante los separatistas; no persistamos en el error cometido en los comienzos de la transición democrática, cuando se dio a los nacionalismos unas alas que ahora va a ser muy difícil cortar con procedimientos pacíficos. El punto de arranque del nuevo camino esta, sin duda, en la reforma constitucional, y Juntas Españolas aboga por ella. Hagamos lo imposible para lograrla.




miércoles, 21 de octubre de 2015

SOBRE LA CAZA DE MAS.

Que en su megalomanía y ombligomundismo, entiende que el hecho de que el tesorero de su partido sea detenido por el asuntillo del 3% -Maragall dixit-, y se descubra que la red de prevaricación, corrupción y estafa de los separatistas catalanes se extiende a toda Cataluña, es una cuestión política para jorobarle a él, personal e intransferiblemente.

En su soberana estupidez, en su oceánica estulticia, ha declarado -véase El País-: “Convergència y yo somos objeto de caza mayor.”

Hombre, señor Mas... caza mayor, lo que se dice caza mayor, es mucho decir. No sea usted tan fatuo ni tan engreído; usted y los suyos son, como mucho, caza ínfima. Conejitos casi de peluche. Vamos, de esa que uno tira porque no tiene nada serio que llevarse a la mira.

martes, 20 de octubre de 2015

SOBRE VERDADES COMO PUÑOS.

Las que -según informa Adelante la Fe, transcribiendo un artículo de la página estadounidense RemnantNewspaper.com- le ha cantado a los asistentes al Sínodo sobre la Familia una médico rumana. 

Lo transcribo íntegro, porque no tiene desperdicio:

Una doctora le dice al Papa en la cara: “En este mundo, el mal proviene del pecado. No de la disparidad de ingresos ni del ‘cambio climático'”

Finalmente, después de esperar en vano que los obispos encaren al Papa por su inversión de prioridades en Laudato Si, le viene su merecida reprimenda de una doctora en medicina rumana que asiste al Sínodo.

A veces en la historia, cuando los hombres de la Iglesia son demasiado cobardes para cumplir su deber, Dios los avergüenza llamando a una mujer para que lo haga por ellos. Nos acordamos, por ejemplo, de Santa Juana de Arco y Santa Catalina de Siena. Habiendo sufrido su familia persecución por parte de los comunistas, esta señora católica no se sintió intimidada en lo más mínimo por la presencia del Sumo Pontífice, y le dijo precisamente lo que a todos nos habría gustado decirle. Espero sinceramente que esta reprimenda infunda contrición al Santo Padre y a todos los prelados progresistas afines por el escándalo que ha originado con sus actos en la Iglesia, y que empiecen a cumplir de verdad su función.

Como informa Lifesite News, la doctora Anca-María Cernea, del Centro de Diagnostico y Tratamiento Victor Babes y presidenta de la Asociación de Médicos Católicos de Bucarest (Rumanía) pronunció la siguiente ponencia en el Sínodo el pasado viernes:

Santidad, Padres Sinodales, hermanos, represento a la Asociación de Médicos Católicos de Bucarest.

Pertenezco a la Iglesia Católica rumana de rito griego.

Mi madre era una dirigente política cristiana que estuvo encarcelada durante diecisiete años por los comunistas. Aunque mis padres estaban comprometidos para casarse, no pudieron hacerlo hasta 17 años después.

Durante todos aquellos años, mi madre esperó a mi padre, sin saber siquiera si estaría aún vivo. Fueron heroicamente fieles a Dios y a su compromiso.

Su ejemplo demuestra que la gracia de Dios puede sobreponerse a unas circunstancias sociales terribles y a la pobreza material.

Los médicos católicos que defendemos la vida y la familia vemos que, ante todo, nos encontramos en una batalla espiritual.

La pobreza material y el consumismo no son la causa primera de la crisis de la familia.

La causa primera de la revolución sexual y cultural es ideológica. Nuestra Señora de Fátima dijo que los errores de Rusia se propagarían por todo el mundo.

Se hizo primero de forma violenta, con el marxismo clásico, matando a decenas de millones de personas.

Ahora se hace mediante el marxismo cultural. Hay una continuidad, desde la revolución sexual leninista, a través de Gramsci y de la Escuela de Frankfurt, hasta la actual ideología de los derechos homosexuales y de género.

El marxismo clásico pretendía rediseñar la sociedad adueñándose por medios violentos de la propiedad.

Ahora la revolución va más lejos: pretende redefinir la familia, la identidad sexual y la naturaleza humana.

Esta ideología se hace llamar progresista, pero no es otra cosa que la tentación de la serpiente antigua para que el hombre se haga el amo, reemplace a Dios y organice la salvación en este mundo.

Es un error de naturaleza religiosa; es gnosticismo.

Los pastores tienen la misión de reconocerlo y de alertar al rebaño de este peligro.

“Buscad, pues, primero el Reino y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura”.

La misión de la Iglesia es salvar almas. En este mundo el mal proviene del pecado. No de la disparidad de ingresos ni del “cambio climático”. La solución es: Evangelización. Conversión.

No un dominio cada vez mayor por parte de las autoridades. No un gobierno mundial. Esos son hoy en día los agentes principales de la imposición del marxismo cultural, por medio del control de la natalidad, la salud reproductiva, los derechos de los homosexuales, la ideología de genero, etcétera.

Lo que el mundo necesita hoy en día no es que se limite la libertad, sino libertad verdadera, liberación del pecado. Salvación.

Nuestra Iglesia estuvo prohibida durante la ocupación soviética. Pero ninguno de nuestros doce obispos traicionó la comunión con el Santo Padre. Nuestra Iglesia sobrevivió gracias a la determinación y el ejemplo de nuestros obispos, que resistieron en las cárceles y entre el terror.

Nuestros prelados pidieron a los fieles que no siguieran al mundo. No que cooperan con los comunistas.

Ahora necesitamos que Roma le diga al mundo: “Arrepentíos de vuestros pecados y volved a Dios, porque el Reino de los Cielos está cerca”:

No sólo nosotros los católicos laicos, sino también muchos cristianos ortodoxos están rezando fervorosamente por este Sínodo. Porque, como ellos dicen, si la Iglesia Católica se entrega al espíritu de este mundo, será muy difícil para todos los demás cristianos resistirlo.

Chris Jackson


martes, 13 de octubre de 2015

SOBRE UN GUILLERMITO CAGÓN.

O sea -para que me entiendan, porque cagones hay muchos- el fulano que tres o cuatro culturetas cagurrines llaman Willy Toledo. Fulano que dice ser actor, aunque creo que lleva años sin trabajar -nada nuevo en los de su clase- o al menos he tenido la suerte de no verlo.

Nada extraño, porque la última película española digna de ser vista que recuerdo fue Alatriste, y creo que ha llovido desde entonces. 

Pero a lo que voy: este cabrón sin pintas -las pintas confieren una cierta categoría; son como un grado dentro de la cabronez, y este canalla ni a eso alcanza- ha expelido los exabruptos que ahí tienen al lado, en el recuadro. Por supuesto, no los voy a copiar ni como simple cita del hideputa.

Me llega esta noticia a través de una amiga catalana -evidentemente una catalana normal, o sea, española-, que me comunica una campaña de recogida de firmas en Change.org, donde se ha abierto con este epígrafe:

Pincha aquí y firma esta petición: exige al actor Willy Toledo que se disculpe públicamente. Y adviértele que, si no rectifica, podríamos emprender acciones legales para poner freno a estas vejaciones. A ella pueden acceder pulsando sobre la zona subrayada, como ya saben.

Con la mía, ascienden a 7.253 las firmas de la referida petición. La cagada del Willy iba por 3.188 gilipollas de apoyo cuando se tomó la captura, lo cual -siendo un presunto referente cultural- es más bien poco, pero sirve de indicio de hasta donde asciende la hijoputez.

A mi, pedirle a este homúncul0 que se disculpe me parece poca cosa. Me gustaría más una petición para exigir al Ministerio de Cultura que nunca más, bajo ningún concepto, regale sopa boba subvencional a ese mamarracho, y que se busque los garbanzos como cualquier persona honrada. Quizá, con los gestos, llegue a hacerse un hombrecito.

Pero el caso es que el Guillermito parece tener una considerable preferencia por las defecaciones múltiples. Lo que, la verdad, tampoco llama la atención. Siempre hemos sabido, Guillermín, que eres un mierda.

SOBRE EL VALOR DE LOS NAPARTARRAS.

Que es como en Navarra se ha llamado siempre -cuando Navarra ha sido Navarra, se entiende- a los cipayos que querían entregar el antiguo reino a la elucubración sabiniana de ese Euzkadi que nunca existió.

Gilipollas ha habido siempre. Entre los mamelucos que argumentan con razones de raza -como los sementales bovinos y los eunucos humanos-, más aún. Por lo tanto, no es extraño que los gilipollas de Sortu no tengan ni puta idea de nada, pero, eso si, rebuznen alto.

Rebuznan como los zopencos que son, cuando afirman -lo cuenta La Gaceta- que el toro de Osborne es "un símbolo de la ocupación española del paisaje de Euskal Herria, y su caída, un reflejo de la caída de la imposición". 

Y rebuznan, porque en su oceánica ignorancia desconocen -amén del nombre del padre, que eso va de suyo en esta gentuza-, que ya en los tiempos del mítico Orison fueron los toros de la Ribera, los rojos carriquiris navarros, los que capitanearon la derrota del cartaginés invasor. Lo cita mi camarada Luys Santa Marina, y sobre la cita escribió un relato maravilloso mi otro camarada, Rafael García Serrano, en Los Toros de Iberia.

El toro es consustancial a Navarra, como lo es a España, y sólo unos catetos ignorantes pueden definir su perfil como "símbolo de la ocupación española del paisaje de Euskal Herria". Ni siquiera teniendo en cuenta que Navarra ni es, ni ha sido nunca, "Euskal Herria," aunque anden ahora sus instituciones copadas -más que ocupadas- por los separatistas serviles, los traidores a su Historia. Los tontos.

Los tontos que se creen alguien porque, con nocturnidad y sin alevosía -porque la alevosía implica premeditación, y estos energúmenos no tienen inteligencia para meditar nada- tiran al suelo un armatoste de cartón piedra. 

Si este es el valor de los napartarras de Sortu y demás cretinos de la misma ralea, no hay de qué preocuparse. Como conejos van a correr.

lunes, 12 de octubre de 2015

SOBRE EL GENOCIDIO DE COLAU Y EL KICHI.

No confundir con el kichi de la Colau, aunque allá se vayan la una y el otro, o el otro de la una. En fin, ya me entienden, y cuando nos ponemos a tocar las gónadas todos tenemos manos.

La señora Colau -ustedes dispensen, es una forma de hablar- ha escrito -vean El País- lo que sigue, a propósito de la Fiesta Nacional: "Vergüenza de estado aquel q celebra un genocidio, y encima con un desfile militar q cuesta 800mil €". 

Así, con todas sus faltas de ortografía y sus sobras de vagancia.

El señor -otra forma de hablar, ya comprenden- González -alias Kichi, porque estos fulanos tienen alias como tantos delincuentes-, esto otro: "Nunca descubrimos América, masacramos y sometimos un continente y sus culturas en nombre de Dios. Nada que celebrar". 

Evidentemente, nunca descubrimos América. Al Kichi le resultan desconocidos los EE.UU., Canadá, Méjico, toda Centroamérica, Brasil, Venezuela -¡verás cuando se entere Maduro!-, Chile, Argentina... Nada de eso lo conocemos, ni tampoco -en consecuencia- los últimos cinco siglos y pico de la Historia Universal. Bueno, seamos justos: no lo conoce el Kichi, lo que tampoco es tan extraño.

El genocidio del Kichi y la Colau es otra cuestión evidente. No tienen más que venirse a Madrid, y verán con sus propios ojitos donde están los descendientes de todos los indígenas masacrados. 

En cuanto a las culturas, es cierto que el mundo ha perdido una gran riqueza con la desaparición de los sacrificios humanos, los banquetes a cuenta del enemigo vencido -o del amigo cebado para el sacrificio, que de todo había-, de los ídolos amasados con sangre humana, y de los corazones extirpados con el paciente aún vivo y puestos a asar en los templos.

Gracias a Dios no masacramos a todos los indígenas ni todas las culturas, y de vez en cuando en la América hispana de las Universidades, de la primera imprenta del Continente, de los escritores y pintores, resurge un ramalazo de la vieja cultura, cuya noticia nos ofrece también El País: Una turba quema vivo a un alcalde en Guatemala.

Laus Deo.

SOBRE EL ANIVERSARIO.

Aniversario de la muerte del mejor escritor en lengua española de todos los tiempos –con permiso de Cervantes, Quevedo y otros cuantos, que lo darán- que nos dejó -¡y cómo se nota, coño!- en 1988: Rafael García Serrano.

Cada año –salvo el pasado, que marré la fecha por primera vez en décadas, y en eso se ve el aburrimiento que me produce esta actualidad vieja, cansada, apática, que me hace olvidar incluso el calendario- quiero rendir mi modesto homenaje al maestro Rafael.

Este año, que andamos a vueltas con los cenutrios del separatismo catalán, quiero traer aquí un artículo que Rafael escribía hace la friolera de 32 años. Se basaba en los dimes y diretes del carajal autonómico que comenzaba a desparramarse en idiotez, pequeñez y catetez, y desde ahí elaboraba uno de sus deliciosos futuribles que –con demasiada frecuencia, por desgracia para España-se han ido convirtiendo en casi realidad.

El número de los tontos es infinito, y el maestro se los conocía a todos.


El porvenir
«León no formará autonomía con Castilla»
 (De EL ALCÁZAR de ayer)
SÁBADO, 15 DE ENERO (83)

Primero fue León, que no quiso formar parte de la autonomía Castilla-León, de modo que Segovia reclamó y al final le dijeron que claro, que por qué no, que bien podía hacerse una nacionalidad incluso con su capital y su provincia, y esto estimuló mucho el ánimo secesionista español, de por sí tendencial y generosamente desarrollado en cuanto falta comunidad de empresa, voluntad nacional y un par de eso que ustedes saben y que, se nombren o no, son elementos sustanciales de la unidad lo mismo, por ejemplo, en los Estados Unidos que en Rusia, en Francia que en Perú, en Dinamarca que en China, y sigan ustedes soltando nombres nacionales sin atarugarse, como si no concursasen en el «Un, dos, tres...»

Lérida se enfadó con Barcelona, harta del centralismo de la Generalidad, y puso en el empeño el tesón de su raya aragonesa, de modo que salió adelante con su Estatuto, no sin antes haber empleado algunos trucos guerrilleros heredados directamente de Indívil y Mandonio. Barcelona se movió mucho y bien, pero Gerona y Tarragona no respondieron como se esperaba, porque realmente la cuestión les interesaba mucho y estaban «a lo que estamos, tuerta». Cuando Lérida, por fin, fue libre/lliure, Tarragona se movilizó en pro de su independencia, con su Cardenal y el Gran Maestre de la Logia al frente, ocasión que aprovechó Gerona para hacer otro tanto. En el caso de Tarragona el asunto se complicó una pizca porque Reus planteó sus indiscutibles derechos y antiquísimas querellas —los de Reus emplazaron la grupa del caballo de la estatua de su general Prim de modo que pudiera ventosear en dirección Tarragona, y eso desde el lejanísimo tiempo en que se alzó el monumento ecuestre, en plena Unidad de España— y con su tenacidad comercial, el ímpetu de Prim, el valor de Prim y la inteligencia sutilísima y política de Prim, que fue un gran diplomático, heredados por un señor del Arrabal de Santa Ana, resolvió la papeleta a su favor en dos boleos, lo cual excitó el independentismo de Tortosa, que ya que no era ni siquiera Expaña prefería ser cualquier otra cosa menos una dependencia de la dinastía de los Tartarines. Esto, escribió un cronista, «fue el punto que salía de la malla sin que nadie lo remalle, aunque sea de Calella». En menos de un año Cataluña ofreció al mundo el insólito espectáculo de partirse en treinta y cinco nacionalidades; en dos, cincuenta y una. Y la ventanilla continuaba abierta día y noche, porque los catalanes, gracias a Dios, son muy emprendedores.

«Euzkadi» saltó en trece taifas del primer empentón, el batúa se fue al carajo y se retornó al antiguo vascuence, que subsistía pese a la Academia Baska y que encontró de nuevo los viejos dialectos. Si uno de Usúrbil iba a Gernika para cambiar sidra por clavos —único sistema comercial que se utilizaba en la antaño industriosa, rica y próspera región española—, tenía que valerse de la traducción simultánea, del intérprete o de la lengua española, la compañera del Imperio, que resultaba lo más rápido y lo más económico. Galicia descubrió la Parroquia y el Cacicato como estados soberanos, si bien con socarrona moderación dentro de una pródiga multiplicidad. En algunas nuevas nacionalidades subgalaicas se solicitó el Protectorado de la Argentina, que con elegancia se limitó a prestar ayudas económicas y facilidades para la emigración. Andalucía dio trescientas nacionalidades. Murcia se hinchó de Cantones Independientes y contagió a buena parte de Levante. Madrid, provincia, se dividió en ocho. Madrid, capital, tuvo el honor de ser la descubridora de la Nacionalidad Vecinal, porque el  Hotel Palace se declaró independiente y bilingüe, con dos idiomas oficiales, el español y el catalán: había una facción dentro del Palace que solicitaba su incorporación a la nacionalidad barcelonesa, si bien con Estatuto diferente, y estalló como consecuencia una guerra civil que devastó la provincia del vestíbulo, el comedor y el bar del Palace. El servicio de «Caballeros» fue tomado a cuchillo (de cocina) y sólo en esa acción se produjeron ocho bajas (tres muertos y cinco heridos). La ONU se vio obligada a construir dos edificios más como el primitivo de Nueva York, solamente para dar cabida a los representantes de las distintas nacionalidades surgidas en Expana, y las sesiones plenarias se celebraban en el Madison Square Garden.   

Expaña era un festival de banderas, fronteras, constituciones, leyes civiles, penales, monedas (todas de papel), ejércitos, policías, embajadores, etcétera, y algunas nacionalidades se vendían a caprichosos ricos que querían ejercer de Jefes del Estado (por Alcalá de Henares pagó doscientos millones de dólares un petrolero de Texas, a condición de vestir de cardenal renacentista en los actos oficiales), o se alquilaban para residencia de verano de nudistas, antropófagos, drogadictos, maricones o Estados-Sanatorio de jesuítas pachuchos (algunos decían «poco católicos»). Fue un buen negocio.

Hubo, incluso, nacionalidades simplemente unipersonales: un tal Faustino Pipaón de la Gándara y Ulises, fue el primero. Llevaba su bandera izada en la chistera, y silbaba un cuplé, “Muñecos”, constantemente: era su Himno Nacional. Esta moda no prosperó porque el segundo ciudadano que consiguió su Estatuto de Nacionalidad, inmediatamente procedió a declarar independiente su parte Sur de la cintura para abajo, de su parte Norte, de la cintura para arriba, la aduana estaba en el ombligo; que lo tenía caído, y para conceder la libertad nacional a ambas, creyó oportuno darse un tajo con una cuchilla de carnicero y separar realmente ambas nacionalidades, cada una con su independencia y su soberanía. Lo consiguió, pero murieron ambas.

LECTOR.—¿Cómo se llamaba el tío?
YO— No, amigo, no fue ninguno de los que usted se figura. ¡Imagínese con qué alegría se lo hubiese dicho!

Rafael García Serrano



miércoles, 7 de octubre de 2015

SOBRE REFUGIADOS, INMIGRANTES ISLÁMICOS Y TODO ESO.

Que resulta que es un tema -según dice hoy El País- que está entre las 10 principales preocupaciones de los españoles.

Se que no es políticamente correcto lo que voy a decir, y la verdad es que se me da una higa. Si me importase lo políticamente correcto, si estuviera atado a las modas y a los tópicos, a estas alturas sería alcalde de Madrid, como poco; y no por mi valía personal, sino por la poca de los que han llegado a excelentísimos sillones.

Total, que ya se hacen a la idea de lo que tengo que decir sobre la inmigración islámica, ahora en forma de esos miles de refugiados que nos invaden y encima nos dicen que hay que recibirlos con los brazos abiertos porque -pobrecitos- lo están pasando muy mal.

Bueno, digo yo que si lo estuvieran pasando tan mal, si estuvieran pasando hambre, no tirarían, enojadísimos, la comida que se les entrega con un envoltorio que -¡horror!- lleva impresa una Cruz Roja. Porque los refugiados no quieren -eso aducen- que les maten los islamistas; pero tampoco quieren que los europeos sigamos siendo cristianos. Quieren que nos islamicemos para recibirlos.

Nada nuevo bajo el sol. Ya lo avisó hace décadas Ben Bella, Presidente de Argelia a la sazón: conquistaremos Europa con el vientre de nuestras mujeres. Y lo dijo en la ONU, nada de esconderse, porque Ben Bella sabía -había sido oficial de las tropas francesas en Argelia antes de la independencia- que los europeos somos relativamente gilipollas y absolutamente acomplejados. 

Sí es nueva una reacción como la de doña Angela Merkel, que tras anatematizar a su colega húngaro Orban, ha llegado a la conclusión -al ver que los refugiados islámicos sirios apaleaban a los sirios católicos igualmente refugiados- de que Europa tiene que permanecer fiel a las esencias cristianas.

Nunca es tarde si la dicha es buena, y que este atisbo de -al menos- reconocimiento de la realidad, venga de Alemania es interesante en esta Europa que va a remolque suyo. Quizá -ahora que en Roma hay un Papa que se hace bendecir por anglicanos, judíos y mahometanos-, deba ser una mujer alemana la que encabece la reacción que le ponga freno a la invasión musulmana. 

Tal y como lo hizo un hombre llamado Juan, hoy hace 444 años, en la batalla de Lepanto.

viernes, 2 de octubre de 2015

SOBRE LA CONFESIÓN DE DOÑA MANUELA.

La señora Carmena, lamentable alcalda de Madrid por nuestros merecimientos, que ha debido tener un ataque agudo de sinceridad porque ha declarado -véanlo en El País- que está meditando que los universitarios colaboren en la limpieza de la ciudad y se pongan a barrer la inmundicia de, por ejemplo, los botellones.

Dejando de lado que no es mala idea que los botelloneros limpien lo que engorrinan, lo que dice la señora Carmena es una confesión palmaria de que la educación universitaria española sólo vale para acabar en la basura. 



martes, 29 de septiembre de 2015

SOBRE LA INTERFERENCIA DEL SEÑOR CATALÁ.

Señor Catala, que dice el periódico que es Ministro de Justicia, ahí queda eso.

Y ahí queda eso, porque no ha tenido mejor ocurrencia que declarar -según El País- lo siguiente:

El ministro de Justicia, Rafael Catalá, ha asegurado este martes que la imputación del presidente de la Generalitat, Artur Mas, por la celebración de la consulta independentista del 9 de noviembre no se produjo antes para no interferir en las elecciones autonómicas del domingo.

El titular de Justicia ha explicado que el tribunal ha tenido cuidado para "no mezclar los tiempos jurídicos y políticos".

O sea: que según el Ministro, la Justicia no sólo no es ciega, sino que mira muy bien quien es el delincuente, de forma que si es un político le permite presentarse sin problema a unas elecciones, a pesar de que las penas por los delitos de que se le acusa conllevan la inhabilitación para cargo público. 

Y esto, claro, es para el señor Ministro igualdad ante la Ley, ¿verdad?

Y para "no mezclar los tiempos jurídicos y políticos", lo que procede, señor Ministro, es que la Justicia eche la cara a otro lado cuando el encausado esté ejerciendo sus politicadas, y le deje seguir delinquiendo mientras los jueces se tocan las togas a tres manos.

Cojonudo. Y luego se extrañan de que les llamen "casta," y de que según las encuestas, los españoles consideren que los políticos son un problema, y que en la Justicia ya no crean ni los jueces. 

Especialmente, los que antes de tomar decisiones miran la filiación política del delincuente, y los Ministros que lo ven normal.

lunes, 28 de septiembre de 2015

SOBRE EL SEPARATISMO MINORITARIO.


No voy a caer en analizar los resultados de las elecciones regionales de Cataluña en clave de quien sube, baja o se queda pasmado. Para eso hay multitud de comentaristas, y hasta puede que alguno mejor preparado que el que suscribe.

Lo que quiero decir, y que quede bien claro, es que el separatismo es bastante minoritario. Además de paleto, analfabeto y aldeano, que eso va de suyo.

Según los periódicos -véase El Mundo, pág. 6, o pulsen sobre la imagen para verlo mejor- los
separatistas han obtenido el 47,8% de los votos válidos emitidos, y los no separatistas -o más o menos- el 52,2%. La participación ha sido del 77,46%, equivalente a 3.911.517 votantes.

Esto, por una simple regla de tres, supone que los separatistas han logrado el 47,8% de los casi cuatro millones de votos; es decir, 1.869.705 votos. Por otra regla de tres resulta que los no separatistas habrían obtenido 2.041.811. Y que el 22,52% de ciudadanos con voto que no se han acercado a la urna, supone 1.137.198. 

A mis cálculos les faltarán o sobrarán algunas unidades o incluso decenas, dado que no he encontrado números exactos de votantes, sino porcentajes; pero, se pongan como se pongan, los números cantan que -para un censo electoral de aproximadamente 5.049.725- ha habido 3.179.009 que NO han votado separatismo. O sea: el 62,9%.

sábado, 26 de septiembre de 2015

SOBRE CATALUÑA.


Título para este apunte que, como se verá, viene dado por más altas razones que mi inventiva.

El caso es que -hace aproximadamente nueve años- se perpetró el referéndum para la aprobación del nuevo Estatuto de Cataluña, con abrumador triunfo de los que no votaron afirmativamente si se suman los que votaron no, los que votaron en blanco, los que votaron nulo y los que, sencillamente, prefirieron irse a la playa, tocarse las narices a dos manos o hacer una butifarra al esperpento.

En aquél tiempo mantenía correspondencia electrónica con una chica barcelonesa, cuya existencia había transcurrido casi entera ya dentro de la falsificación histórica, de la mentira y de la catalanización excluyente. Aún así, resultaba bastante racional, aunque mantenía los tópicos falaces de la persecución del catalán y hasta la prohibición de las sardanas. Tópicos que hube de desmontarle tirando en el primer caso -la lengua- de las hemerotecas que daban cuenta de premios literarios en esa lengua en los primeros años 40; y en el segundo -el baile- con memoria propia de haber visto bailar sardanas en el mismísimo parque del Retiro madrileño en los años 60. 

No se si me creería o no, ni si comprobaría la documentación que le indiqué. El caso es que, sintiéndose catalana, no renegaba de España, ni aspiraba a la secesión cuyo camino -desde mi modesto punto de vista- abría aquel nuevo Estatuto pergeñado por los esbirros, no recuerdo si del señoritingo Maragall o del charnego Montilla, y auspiciado por el psicópata Zapatero.

Ella no entendía que del hecho de la aprobación de ese Estatuto yo dedujese el peligro de la secesión, ni lo encontraba tan grave, ni tan terrible. No recuerdo si me llamó exagerado, pero seguro que lo pensó. Seguro que también pensó en términos como visionario apocalíptico, profeta agorero y, acaso, fascista intolerante. 

Bueno; todo esto lo cuento simplemente para que se vea que no fui entonces nada de aquello que mucha gente dijo -o al menos pensó- cuando unos cuantos advertimos lo que venía. Cierto que la mayoría ya lo habíamos visto venir décadas antes, y ahí están las hemerotecas, las colecciones de prensa o -si gustan- la página de Ediciones Anteriores de este diario, donde podrán comprobar que mi camarada Eloy Mirayo y este que suscribe ya escribíamos del tema en las páginas del Escaño Nacional de El Alcázar en los primeros años 80. O, si lo prefieren, simplemente descárguense este archivo.

Entonces -hace 9 años, quiero decir, cuando comenzó el último acto del desaguisado-, hice una breve recopilación del pensamiento de José Antonio con respecto al separatismo en general y el catalán en especial. La hice para enviárselo a aquella persona, porque era la mejor forma de explicarle mi propio pensamiento, pero con las mejores palabras que se pudieran hallar.

Y también coloqué aquellos textos en mi diario, que en aquellos momentos se alojaba en otra casa, pero cuyo enlace aquí tienen. Textos que -para que no digan- reitero en esta presunta jornada de irreflexión.


* * * * *


Hoy, este diario se engalana con las palabras de José Antonio:


SOBRE CATALUÑA


Discurso pronunciado en el Parlamento el 4 de enero de 1934 por José Antonio Primo de Rivera:

Este diputado, que no pertenece a ninguna minoría, se cree, por lo mismo, con voz más libre para recabar para sí, y se atrevería a pensar que para todos, esta fiducia: la de cuando nosotros empleamos el nombre de España, y conste que yo no me he unido a ningún grito, hay algo dentro de nosotros que se mueve muy por encima del deseo de agraviar a un régimen y muy por encima del deseo de agraviar a una tierra tan noble, tan grande, tan ilustre y tan querida como la tierra de Cataluña. Yo quisiera que el señor presidente y quisiera que la Cámara separase, si es que admite que alguien faltó a eso, a los que, cuando pasamos por esa coyuntura, pensamos como siempre, sin reservas mentales, en España y nada más que en España; porque España es más que una forma constitucional; porque España es más que una circunstancia histórica; porque España no puede ser nunca nada que se oponga al conjunto de sus tierras y cada una de esas tierras.
Yo me alegro, en medio de todo ese desorden, de que se haya planteado de soslayo el problema de Cataluña, para que no pase de hoy el afirmar que si alguien está de acuerdo conmigo, en la Cámara o fuera de la Cámara, ha de sentir que Cataluña, la tierra de Cataluña, tiene que ser tratada desde ahora y para siempre con un amor, con una consideración, con un entendimiento que no recibió en todas las discusiones. Porque cuando en esta misma Cámara y cuando fuera de esta Cámara se planteó en diversas ocasiones el problema de la unidad de España, se mezcló con la noble defensa de la unidad de España una serie de pequeños agravios a Cataluña, una serie de exasperaciones en lo menor, que no eran otra cosa que un separatismo fomentado desde este lado del Ebro.
Nosotros amamos a Cataluña por española, y porque amamos a Cataluña la queremos más española cada vez, como al país vasco, como a las demás regiones. Simplemente por eso porque nosotros entendemos que una nación no es meramente el atractivo de la tierra donde nacimos, no es esa emoción directa y sentimental que sentimos todos en la proximidad de nuestro terruño, sino, que una nación es una unidad en lo universal, es el grado a que se remonta un pueblo cuando cumple un destino universal en la Historia. Por eso, porque España cumplió sus destinos universales cuando estuvieron juntos todos sus pueblos, porque España fue nación hacia fuera, que es como se es de veras nación, cuando los almirantes vascos recorrían los mares del mundo en las naves de Castilla, cuando los catalanes admirables conquistaban el Mediterráneo unidos en naves de Aragón, porque nosotros entendemos eso así, queremos que todos los pueblos de España sientan, no ya el patriotismo elemental con que nos tira la tierra, sino el patriotismo de la misión, el patriotismo de lo trascendental, el patriotismo de la gran España.
Yo aseguro al señor presidente, yo aseguro a la Cámara, que creo que todos pensamos sólo en esa España grande cuando la vitoreamos o cuando la echamos de menos en algunas conmemoraciones. Si alguien hubiese gritado muera Cataluña, no sólo hubiera cometido una tremenda incorrección, sino que hubiera cometido un crimen contra España, y no sería digno de sentarse nunca entre españoles. Todos los que sienten a España dicen viva Cataluña y vivan todas las tierras hermanas en esta admirable misión, indestructible y gloriosa, que nos legaron varios siglos de esfuerzo con el nombre de España. 



LA GAITA Y LA LIRA

¡Cómo tira de nosotros! Ningún aire nos parece tan fino como el de nuestra tierra; ningún césped más tierno que el suyo; ninguna música comparable a la de sus arroyos. Pero... ¿no hay en esa succión de la tierra una venenosa sensualidad? Tiene algo de fluido físico, orgánico, casi de calidad vegetal, como si nos prendieran a la tierra sutiles raíces. Es la clase de amor que invita a disolverse. A ablandarse. A llorar. El que se diluye en melancolía cuando plañe la gaita. Amor que se abriga y se repliega más cada vez hacia la mayor intimidad; de la comarca al valle nativo; del valle al remanso donde la casa ancestral se refleja; del remanso a la casa; de la casa al rincón de los recuerdos.
Todo eso es muy dulce, como un dulce vino. Pero también, como en el vino, se esconden en esa dulzura embriaguez e indolencia.
A tal manera de amar, ¿puede llamarse patriotismo? Si el patriotismo fuera la ternura afectiva, no sería el mejor de los humanos amores. Los hombres cederían en patriotismo a las plantas, que les ganan en apego a la tierra. No puede ser llamado patriotismo lo primero que en nuestro espíritu hallamos a mano. Es elemental impregnación en lo telúrico. Tiene que ser, para que gane la mejor calidad, lo que esté cabalmente al otro extremo, lo más difícil; lo más depurado de gangas terrenas; lo más agudo y limpio de contornos; lo más invariable. Es decir, tiene que clavar sus puntales, no en lo sensible, sino en lo intelectual.
Bien está que bebamos el vino dulce de la gaita, pero sin entregarle nuestros secretos. Todo lo que es sensual dura poco. Miles y miles de primaveras se han marchitado, y aún dos y dos siguen sumando cuatro, como desde el origen de la creación. No plantemos nuestros amores esenciales en el césped que ha visto marchitar tantas primaveras; tendámoslos, como líneas sin peso y sin volumen, hacia el ámbito eterno donde cantan los números su canción exacta.
La canción que mide la lira, rica en empresas porque es sabia en números.


* * *


Así, pues, no veamos en la patria el arroyo y el césped, la canción y la gaita; veamos un destino, una empresa. La patria es aquello que, en el mundo, configuró una empresa colectiva. Sin empresa no hay patria; sin la presencia de la fe en un destino común, todo se disuelve en comarcas nativas, en sabores y colores locales. Calla la lira y suena la gaita. Ya no hay razón –si no es, por ejemplo, de subalterna condición económica– para que cada valle siga unido al vecino. Enmudecen los números de los imperios –geometría y arquitectura– para que silben su llamada los genios de la disgregación, que se esconden bajo los hongos de cada aldea.
(FE, núm. 2, 11 de enero de 1934)



ENSAYO SOBRE EL NACIONALISMO


LA TESIS ROMÁNTICA DE NACIÓN
Aquella fe romántica en la bondad nativa de los hombres fue hermana mayor de la otra fe en la bondad nativa de los pueblos. "El hombre ha nacido libre, y, sin embargo, por todas partes se encuentra encadenado", dijo Rousseau. Era, por consecuencia, ideal rousseauniano devolver al hombre su libertad e ingenuidad nativas; desmontar hasta el límite posible toda la máquina social que para Rousseau había operado de corruptora. Sobre la misma línea llegaba a formularse, años después, la tesis romántica de las nacionalidades. Igual que la sociedad era cadena de los libres y buenos individuos, las arquitecturas históricas eran opresión de los pueblos espontáneos y libres. Tanta prisa como libertar a los individuos corría libertar a los pueblos.
Mirada de cerca, la tesis romántica iba encaminada a la descalificación; esto es, a la supresión de todo lo añadido por el esfuerzo (Derecho e Historia) a las entidades primarias, individuo y pueblo. El Derecho había transformado al individuo en persona; la Historia había transformado al pueblo en polis, en régimen de Estado. El individuo es, respecto de la persona, lo que el pueblo respecto de la sociedad política. Para la tesis romántica, urgía regresar a lo primario, a lo espontáneo, tanto en un caso como en el otro.

EL INDIVIDUO Y LA PERSONA
El Derecho necesita, como presupuesto de existencia, la pluralidad orgánica de los individuos. El único habitante de una isla no es titular de ningún derecho ni sujeto de ninguna jurídica obligación. Su actividad sólo estará limitada por el alcance de sus propias fuerzas. Cuando más, si acaso, por el sentido moral de que disponga. Pero en cuanto al derecho, no es ni siquiera imaginable en situación así. El Derecho envuelve siempre la facultad de exigir algo; sólo hay derecho frente a un deber correlativo; toda cuestión de derecho no es sino una cuestión de límites entre las actividades de dos o varios sujetos. Por eso el Derecho presupone la convivencia; esto es, un sistema de normas condicionantes de la actividad vital de los individuos.
De ahí que el individuo, pura y simplemente, no sea el sujeto de las relaciones jurídicas; el individuo no es sino el substratum físico, biológico, con que el Derecho se encuentra para montar un sistema de relaciones reguladas. La verdadera unidad jurídica es la persona, esto es, el individuo, considerado, no en su calidad vital, sino como portador activo o pasivo de las relaciones sociales que el Derecho regula; como capaz de exigir, de ser compelido, de atacar y de transgredir.

LO NATIVO Y LA NACIÓN
De análoga manera, el pueblo, en su forma espontánea, no es sino el substratum de la sociedad política. Desde aquí, para entenderse, conviene usar ya la palabra nación, significando con ella precisamente eso: la sociedad política capaz de hallar en el Estado su máquina operante. Y con ello queda precisado el tema del presente trabajo: esclarecer qué es la nación: si la realidad espontánea de un pueblo, como piensan los nacionalistas románticos, o si algo que no se determina por los caracteres nativos.
El romanticismo era afecto a la naturalidad. La vuelta a la Naturaleza fue su consigna. Con esto, la nación vino a identificarse como lo nativo. Lo que determinaba una nación eran los caracteres étnicos, lingüísticos, tipográficos, climatológicos. En último extremo, la comunidad de usos, costumbres y tradición; pero tomada la tradición poco más que como el recuerdo de los mismos usos reiterados, no como referencia a un proceso histórico que fuera como una situación de partida hacia un punto de llegada tal vez inasequible.
Los nacionalismos más peligrosos, por lo disgregadores, son los que han entendido la nación de esta manera. Como se acepte que la nación está determinada por lo espontáneo, los nacionalismos particularistas ganan una posición inexpugnable. No cabe duda de que lo espontáneo les da la razón. Así es tan fácil de sentir el patriotismo local. Así se encienden tan pronto los pueblos en el frenesí jubiloso de sus cantos, de sus fiestas, de su tierra. Hay en todo eso como una llamada sensual, que se percibe hasta en el aroma del suelo: una corriente física, primitiva y encandilante, algo parecido a la embriaguez y a la plenitud de las plantas en la época de la fecundación.

TORPE POLÍTICA
A esa condición rústica y primaria deben los nacionalismos de tipo romántico su extremada vidriosidad.
Nada irrita más a los hombres y a los pueblos que el ver estorbos en el camino de sus movimientos elementales: el hambre y el celo –apetitos de análoga jerarquía a la llamada oscura de la tierra– son capaces, contrariados, de desencadenar las tragedias más graves. Por eso es torpe sobremanera oponer a los nacionalismos románticos actitudes románticas, suscitar sentimientos contra sentimientos. En el terreno afectivo, nada es tan fuerte como el nacionalismo local, precisamente por ser el más primario y asequible a todas las sensibilidades. Y, en cambio, cualquier tendencia a combatirlo por el camino del sentimiento envuelve el peligro de herir las fibras más profundas –por más elementales– del espíritu popular, y encrespar reacciones violentas contra aquello mismo que pretendió hacerse querer. 
De esto tenemos ejemplo en España. Los nacionalismos locales, hábilmente, han puesto en juego resortes primarios de los pueblos donde se han producido: la tierra, la música, la lengua, los viejos usos campesinos, el recuerdo familiar de los mayores... Una actitud perfectamente inhábil ha querido cortar el exclusivismo nacionalista, hiriendo esos mismos resortes; algunos han acudido, por ejemplo, a la burla contra aquellas manifestaciones elementales; así los que han ridiculizado por brusca la lengua catalana.
No es posible imaginar política más tosca: cuando se ofende uno de esos sentimientos primarios instalados en lo profundo de la espontaneidad de un pueblo, la reacción elemental en contra es inevitable, aun por parte de los menos ganados por el espíritu nacionalista. Casi se trata de un fenómeno biológico.
Pero no es mucho más aguda la actitud de los que se han esforzado en despertar directamente, frente al sentimiento patriótico localista, el mero sentimiento patriótico unitario. Sentimiento por sentimiento, el más simple puede en todo caso más. Descender con el patriotismo unitario al terreno de lo afectivo es prestarse a llevar las de perder, porque el tirón de la tierra, perceptible por una sensibilidad casi vegetal, es más intenso cuanto más próximo.

EL DESTINO EN LO UNIVERSAL
¿Cómo, pues, revivificar el patriotismo de las grandes unidades heterogéneas? Nada menos que revisando el concepto de "nación", para construirlo sobre otras bases. Y aquí puede servirnos de pauta para lo que se dijo respecto de la diferencia entre "individuo" y "persona". Así como la persona es el individuo considerado en función de sociedad, la nación es el pueblo considerado en función de universalidad.
La persona no lo es en tanto rubia o morena, alta o baja, dotada de esta lengua o de la otra, sino en cuanto portadora de tales o cuales relaciones sociales reguladas. No se es persona sino en cuanto se es otro; es decir: uno frente a los otros, posible acreedor o deudor respecto de otros, titular de posiciones que no son las de los otros. La personalidad, pues, no se determina desde dentro, por ser agregado de células, sino desde fuera, por ser portador de relaciones. Del mismo modo, un pueblo no es nación por ninguna suerte de justificaciones físicas, colores o sabores locales, sino por ser otro en lo universal; es decir: por tener un destino que no es el de las otras naciones. Así, no todo pueblo ni todo agregado de pueblo es una nación, sino sólo aquellos que cumplen un destino histórico diferenciado en lo universal.
De aquí que sea superfluo poner en claro si en una nación se dan los requisitos de unidad de geografía, de raza o de lengua; lo importante es esclarecer si existe, en lo universal, la unidad de destino histórico.
Los tiempos clásicos vieron esto con su claridad acostumbrada. Por eso no usaron nunca las palabras "patria" y "nación" en el sentido romántico, ni clavaron las anclas del patriotismo en el oscuro amor a la tierra. Antes bien, prefirieron las expresiones como "Imperio" o "servicio del rey"; es decir, las expresiones alusivas al "instrumento histórico". La palabra "España", que es por sí misma enunciado de una empresa, siempre tendrá mucho más sentido que la frase "nación española". Y en Inglaterra, que es acaso el país de patriotismo más clásico, no sólo existe el vocablo "patria", sino que muy pocos son capaces de separar la palabra king (rey), símbolo de la unidad operante en la Historia, de la palabra country, referencia al soporte territorial de la unidad misma.

LO ESPONTÁNEO Y LO DIFÍCIL
Llegamos al final del camino. Sólo el nacionalismo de la nación entendida así puede superar el efecto disgregador de los nacionalismos locales. Hay que reconocer todo lo que éstos tienen de auténticos; pero hay que suscitar frente a ellos un movimiento enérgico, de aspiración al nacionalismo misional, el que concibe a la Patria como unidad histórica del destino. Claro está que esta suerte de patriotismo es más difícil de sentir; pero en su dificultad está su grandeza. Toda existencia humana –de individuo o de pueblo– es una pugna trágica entre lo espontáneo y lo difícil. Por lo mismo que el patriotismo de la tierra nativa se siente sin esfuerzo, y hasta con una sensualidad venenosa, es bella empresa humana desenlazarse de él y superarlo en el patriotismo de la misión inteligente y dura. Tal será la tarea de un nuevo nacionalismo: reemplazar el débil intento de combatir movimientos románticos con armas románticas, por la firmeza de levantar contra desbordamientos románticos firmes reductos clásicos, inexpugnables. Emplazad los soportes del patriotismo no en lo afectivo, sino en lo intelectual. Hacer del patriotismo no un vago sentimiento, que cualquiera veleidad marchita, sino una verdad tan inconmovible como las verdades matemáticas.
No por ello se quedará el patriotismo en árido producto intelectual. Las posiciones espirituales ganadas así, en lucha heroica contra lo espontáneo, son las que luego se instalan más hondamente en nuestra autenticidad. Por ejemplo, el amor a los padres, cuando ya hemos pasado de la edad en que los necesitamos, es, probablemente, de origen artificial. conquista de una rudimentaria cultura sobre la barbarie originaria. En estado de pura animalidad, la relación paternofilial no existe desde que los hijos pueden valerse. Las costumbres de muchos pueblos primitivos autorizaban a que los hijos matasen a los padres cuanto éstos ya eran, por viejos, pura carga económica. Sin embargo, ahora, la veneración a los padres está tan clavada en nosotros que nos parece como si fuera el más espontáneo de los afectos. Tal es, entre otras, la dulce recompensa que se gana con el esfuerzo por mejorar; si se pierden goces elementales, se encuentran, al final del camino, otros tan caros y tan intensos que hasta invaden el ámbito de los viejos afectos, extirpados al comenzar la empresa superadora. El corazón tiene sus razones, que la razón no entiende. Pero también la inteligencia tiene su manera de amar, como acaso no sabe el corazón.
(Revista JONS, núm. 16, abril de 1934)




ESPAÑA ES IRREVOCABLE


LA UNIDAD DE DESTINO
Nadie podrá reprochamos de estrechez ante el problema catalán. En estas columnas antes que en ningún otro sitio, y, fuera de aquí, por los más autorizados de los nuestros, se ha formulado la tesis de España como unidad de destino. Es decir, aquí no concebimos cicateramente a España como entidad física, como conjunto de atributos nativos (tierra, lengua, raza) en pugna vidriosa con cada hecho nativo local. Aquí no nos burlamos de la bella lengua catalana ni ofendemos con sospechas de mira mercantil los movimientos sentimentales –equivocados gravísimamente, pero sentimentales– de Cataluña. Lo que sostenemos aquí es que nada de eso puede justificar un nacionalismo, porque la nación no es una entidad física individualizada por sus accidentes orográficos, étnicos o lingüísticos, sino una entidad histórica, diferenciada de las demás en lo universal por una propia unidad de destino.
España es la portadora de la unidad de destino, y no ninguno de los pueblos que la integran. España es pues, la nación, y no ninguno de los pueblos que la integran. Cuando esos pueblos se reunieron, hallaron en lo universal la justificación histórica de su propia existencia. Por eso España, el conjunto, fue la nación.

LA IRREVOCABILIDAD DE ESPAÑA
Hace falta que las peores deformaciones se hayan adueñado de las mentes para que personas que se tienen, de buena fe, por patriotas, admitan la posibilidad, dados ciertos requisitos, de la desmembración de España. Unos niegan licitud al separatismo porque suponen que no cuenta con la aquiescencia de la mayoría de los catalanes. Otros afirman que no es admisible una situación semiseparatista, sino que hay que optar –¡qué optar!– entre la solidaridad completa o la independencia. "O hermanos o extranjeros", dice "ABC", y aún afirma recibir centenares de telegramas que le felicitan por decirlo. Es prodigioso –y espeluznante– que periódico como "ABC", en el que la menor tibieza antiespañola no ha tenido jamás asilo, piense que cumple con su deber al acuñar semejante blasfemia: "Hermanos o extranjeros"; es decir, hay una opción: se puede ser una de las dos cosas. ¡No! La elección de la extranjería es absolutamente ilícita, pase lo que pase, renuncien o no renuncien al arancel, quiéranlo pocos catalanes, muchos o todos. Más aún terminantemente: aunque todos los españoles estuvieran conformes en convertir a Cataluña en país extranjero, seria el hacerlo un crimen merecedor de la cólera celeste.
España es irrevocable. Los españoles podrán decidir acerca de cosas secundarias; pero acerca de la esencia misma de España no tienen nada que decidir. España no es nuestra, como objeto patrimonial; nuestra generación no es dueña absoluta de España; la ha recibido del esfuerzo de generaciones y generaciones anteriores, y ha de entregarla, como depósito sagrado, a las que la sucedan. Si aprovechara este momento de su paso por la continuidad de los siglos para dividir a España en pedazos, nuestra generación cometería para con las siguientes el más abusivo fraude, la más alevosa traición que es posible imaginar.
Las naciones no son contratos, rescindibles por la voluntad de quienes los otorgan: son fundaciones, con sustantividad propia, no dependientes de la voluntad de pocos ni muchos.

MAYORÍA DE EDAD
Algunos han formulado la siguiente doctrina respecto de los Estatutos regionales: no se puede dar un Estatuto a una región mientras no es mayor de edad. El ser mayor de edad se le nota en los indicios de haber adquirido una convicción suficientemente fuerte de su personalidad propia.
He aquí otra monstruosidad ideológica: se debe, con arreglo a esa teoría, conceder su Estatuto a una región –es decir, aflojar los resortes de la vigilancia unitaria– cuando esa región ha adquirido suficiente conciencia de sí misma; es decir, cuando se siente suficientemente desligada de la personalidad del conjunto. No es fácil, tampoco ahora, concebir más grave aberración. También corre prisa perfilar una tesis acerca de qué es la mayoría de edad regional acerca de cuándo deja de ser lícito conceder a una región su Estatuto.
Y esa mayoría de edad se nota, cabalmente, en lo contrario de la afirmación de la personalidad propia. Una región es mayor de edad cuando ha adquirido tan fuertemente la conciencia de su unidad de destino en la patria común, que esa unidad ya no corre ningún riesgo por el hecho de que se aflojen las ligaduras administrativas.
Cuando la conciencia de la unidad de destino ha penetrado hasta el fondo del alma de una región, ya no hay peligro en darle Estatuto de autonomía. La región andaluza, la región leonesa, pueden gozar de regímenes autónomos, en la seguridad de que ninguna solapada intención se propone aprovechar las ventajas del Estatuto para maquinar contra la integridad de España. Pero entregar Estatutos a regiones minadas de separatismo; multiplicar con los instrumentos del Estatuto las fuerzas operantes contra la unidad de España; dimitir la función estatal de vigilar sin descanso el desarrollo de toda la tendencia a la secesión es, ni más ni menos, un crimen.

SÍNTOMAS
Todos los síntomas confirman nuestra tesis. Cataluña autónoma asiste al crecimiento de un separatismo que nadie refrena: el Estado, porque se ha inhibido de la vida catalana en las funciones primordiales: la formación espiritual de las generaciones nuevas, el orden público, la administración de justicia.... y la Generalidad, porque esa tendencia separatista, lejos de repugnarle, le resulta sumamente simpática.
Así, el germen destructor de España, de esta unidad de España lograda tan difícilmente, crece a sus anchas. Es como un incendio para cuya voracidad no sólo se ha acumulado combustible, sino que se ha trazado a los bomberos una barrera que les impide intervenir. ¿Qué quedará, en muy pocos años, de lo que fue bella arquitectura de España?
¡Y mientras tanto, a nosotros, a los que queremos salir por los confines de España gritando estas cosas, denunciando estas cosas, se nos encarcela, se nos cierran los centros, se nos impide la propaganda! Y la insolencia separatista crece. Y el Gobierno busca fórmulas jurídicas. Pero piense el Gobierno que si España se le va de entre las manos, no podrá escudarse tras de una excusable negligencia. Cuando la negligencia llega a ciertos límites y compromete ciertas cosas sagradas, ya se llama traición.
(F.E., núm. 15, 19 de julio de 1934)


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