Pero piense el Gobierno que si España se le va de entre las manos, no podrá escudarse tras de una excusable negligencia. Cuando la negligencia llega a ciertos límites y compromete ciertas cosas sagradas, ya se llama traición.

José Antonio Primo de Rivera.
(F.E., núm. 15, 19 de julio de 1934)

jueves, 13 de diciembre de 2018

SOBRE EL TARDÀ.

O Tardá, o tardón, como coño se diga.

El Tardà es un tipo separatista, topiquero insulso, estereotipista ágrafo, que -como todos los tontos- se ha aprendido cuatro gilipolleces y las regala con ímpetu digno de mejor causa en cuanto abre el morro.

Así, ayer -por lo menos, ayer lo comentaba la prensa- se permitió decirle a Albert Rivera, literalmente: es usted un fascista, cosa que no se cómo le sentó al señor Rivera, pero que a la señora Presidenta del Congreso le pareció insultante.

Como ya anda uno aburrido de explicar la realidad de las cosas a los necios, dejaré estar esa catalogación de ser fascista como insulto. Todos los gilipollas están cortados por el mismo patrón, y en el caso de los bolcheviques y sus tontos útiles el patrón no puede haber salido más defectuoso.

Si copiaré un párrafo del maestro Rafael García Serrano, correspondiente a su Dietario del 16 de abril, de 1974 -porque la estirpe de los mamarrachos viene de antiguo-, en el que se refería a las agresiones verbales ocurridas en un partido de fútbol entre un equipo español -no se si el F.C. Barcelona- y otro inglés:

Quique, uno de los jugadores supervivientes de la batalla de Glasgow, ha declarado que su enemigo Johnstone -no rival, eso no; enemigo, y armado de árbitro turco, bárbaro forofismo escocés y dulce y liberal Policía británica-, se pasó el partido llamándole fascista. En el caso de que uno sea fascista, el ser llamado fascista no constituye agresión verbal; en el caso en que uno no sea nada, ideológicamente hablando, tanto da; en el caso de que no lo sea, tampoco, ni siquiera siendo liberal, digo yo. Pero como la intención de Johnstone resultaba evidentemente ofensiva, lo más apropiado, a mi modo de ver, es revolverse dialécticamente con una calificación que expresaré al modo clásico, porque siempre hace bonito, y además está legalizada por el Quijote. Esta expresión es muy sencilla y fácil de utilizar: hideputa. Y, por lo demás, ajena a la política. Pulcra, expresiva, rotunda y detonante. Que tome nota Quique, si le place, para el futuro.

Pues eso, Tardà cojonero: es usted un hideputa.

Y las reclamaciones, señor fiscal, a don Miguél de Cervantes que, como ya nos ha explicado no se cual mamarracho separatista, era catalán.

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