Pero piense el Gobierno que si España se le va de entre las manos, no podrá escudarse tras de una excusable negligencia. Cuando la negligencia llega a ciertos límites y compromete ciertas cosas sagradas, ya se llama traición.

José Antonio Primo de Rivera.
(F.E., núm. 15, 19 de julio de 1934)

martes, 31 de marzo de 2015

SOBRE LA ANTICIPACIÓN DE UN SEÑOR ANSON.


El señor Anson es el único monárquico de España. Lo fue cuando serlo era la forma de destacarse, en vista de que su vulgaridad le incapacitaba para destacar, que no es lo mismo. Entonces -cuando Luisito se destacaba- había en España, desgraciadamente, dos monárquicos: él -lo cual nos importaba a todos tres leches- y Franco.

Ahora, el señor Anson escribe esto en su columna de El Mundo de hoy:

EL DÍA 18 de octubre de 1992, Don Juan III recibe en la Clínica Universitaria de Pamplona a dos redactores del Diario de Navarra, Javier Errea y Santy Mendive, y les dice: «Veo a España mal, algo desgarrada y con su unidad amenazada». Se anticipaba así en más de 20 años al órdago secesionista de Arturo Mas y Oriol Junqueras.

¡Menuda anticipación, Luisito! ¡20 años!. Realmente pasmosa la anticipación del difunto Juan tres palos, habida cuenta de que habíamos sido cientos de miles los españoles que -desde el nivel de la calle, y sin un mal palacete que llevarnos a las entrevistas con los consejeros- lo habíamos venteado hace exactamente 40 años. Algunos hubo que lo vieron venir antes, y lo escribieron, y algunos lo dijimos de palabra ya en 1976, y empezamos a decirlo, por escrito, en 1977. Concretamente en la revista Fuerza Nueva, y después en la sección del Escaño Nacional de El Alcázar, y luego en EJE, y a continuación en La Nación y ahora en este blog. 

Hablo de mi trayectoria personal porque no quiero meter a nadie en líos pero, evidentemente, no he sido el único. Ni mucho menos. Así es que podríamos decir -puedo decir- que en lo que a anticipación se refiere, le hemos dado sopas con honda al difunto no rey. A Luisito Anson, por supuesto, también.

Y eso que el pobre Luisito, tan monárquico, intenta colarnos aquél patético manifiesto de 1945 como prueba de larga lucidez política. En aquél año, el Conde de Barcelona -el mismo que en 1936 se había presentado ante el General don Emilio Mola Vidal vestido con camisa azul y boina roja pidiendo incorporarse a los, en palabras de Anson, "secuestradores de la soberanía nacional"- clamaba por la aprobación inmediata, por votación popular, de una Constitución política; reconocimiento de todos los derechos inherentes a la persona humana y garantía de las libertades políticas correspondientes; establecimiento de una Asamblea legislativa elegida por la Nación; reconocimiento de la diversidad regional; amplia amnistía política; una más justa distribución de la riqueza y la supresión de injustos contrastes sociales.

Pero -añade Luisito- gobernaba España el dictador Francisco Franco, que encarnaba un régimen profundamente totalitario. Vencedor en 1939 de la guerra incivil, el caudillo, amigo del fürher Hitler y del duce Mussolini, era el amo de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire y de todos los resortes del Estado, sin excepción. Don Juan fue perseguido hasta la náusea.

Pero el dictador Franco presentó a los españoles, para su ratificación mediante el voto, la Constitución que tomó el nombre de Leyes Fundamentales. Varias Leyes, entre otras cosas porque es absurdo meter en el mismo saco la exigencia de que el heredero al trono sea preferentemente varón -cuestión de poca importancia para el Estado y para los españoles- y la unidad nacional.

El dictador Franco llevó a las Cortes -la asamblea legislativa elegida por la nación a que aludía el no rey Juan- el Fuero de los Españoles, que reconocía "los derechos inherentes a la persona humana" -incluyendo el derecho a un salario mínimo suficiente para el desarrollo de la vida familiar, consignado casi veinte años antes en el Fuero del Trabajo- y las "libertades políticas correspondientes" a los ciudadanos que no se ven sometidos a las castas parasitarias de los políticos profesionales.

El dictador Franco favoreció la conservación de las diversidades culturales regionales, recomendando a la Sección Femenina la recuperación de un folclore que casi desaparecía; y -pasados los primeros momentos en que los catalanes hartos de separatistas acuñaron aquello de la lengua del imperio- se celebraron certámenes literarios en catalán o gallego. En lo que ahora llaman euskera no, porque no existía. El actual euskera no es sino el batúa, refrito de diversos dialectos vascongados realizado por una comisión de lingüistas en plena época de Franco. Véalo el señor Anson, si no me cree, en la hemeroteca de su antiguo periódico; la de ese ABC del que le echaron por causas que no conozco, pero imagino.

Para Luisito Anson, Franco era amigo de Hitler y de Mussolini. Se comprende que, dada su provecta senectud, el monárquico juanista no se acuerde de que Hitler prefería un dolor de muelas a entrevistarse con Franco -tanta era la amistad que se tenían, Luisito- y de que Mussolini -menos alejado que Hitler del carácter hispano- podía resultar más simpático como Jefe del Gobierno de la monarquía italiana.

Y claro: como Franco no llamó al Conde de Barcelona para regalarle la corona que su señor padre, Alfonso XIII el huidizo, había arrojado por el camino de Cartagena, el triste Juan sin tierra fue perseguido hasta la náusea.

Mira, Luisito: a ese Juan III que nunca existió en España sólo lo recordaban tres aficionados a la Historia, dos desocupados de algún casino de pueblo, cuatro monigotes como tu y, desgraciadamente, el Excelentísimo señor D. Francisco Franco. Eso es lo que le debía doler al Conde de Barcelona: el que nadie le hiciera el menor caso, el que España se hubiera olvidado de su efigie y de su nombre, al mismo tiempo que olvidaba la miseria, la marrullería política, el clasismo infundado de la monarquía alfonsina; los robos, desmanes y asesinatos de la república que nos dejó su señor padre.

Marrullería política, clasismo; robos, desmanes y asesinatos que ese Juan sin tierra al que Luis María Anson le concede un ordinal que nunca tuvo, estaba empeñado en devolvernos. Porque lo que él quería era reinar. Reinar a costa de lo que fuera, incluso de volver a España de la mano de los socialistas que habían asesinado a tantos monárquicos, de los republicanos que habían echado a su padre. Reinar aún a costa de la secesión nacional, porque en su camarilla nunca hizo ascos a los separatistas.

Franco lo sabía; se lo vio venir -era mucho D. Francisco para tan poco Juanito- y Juan de Borbón no pasó de ser el eterno pretendiente de una Corona fenecida. Por mucho que su hijo -en uso de las prerrogativas de Jefe de Estado que le otorgó el pueblo español a propuesta del Generalísimo- le mandara enterrar en El Escorial con la inscripción «Ioannes III, Comes Barcinonae», Juan III, Conde de Barcelona.

Pues te jodes, Ansón que insulta muertos y difama héroes, que no pudo poner Ioannes III, Hispoaniarum Rex.

Porque nunca lo fue.

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