Pero piense el Gobierno que si España se le va de entre las manos, no podrá escudarse tras de una excusable negligencia. Cuando la negligencia llega a ciertos límites y compromete ciertas cosas sagradas, ya se llama traición.

José Antonio Primo de Rivera.
(F.E., núm. 15, 19 de julio de 1934)

viernes, 24 de febrero de 2012

SOBRE UNA TACTICA REPETIDA.

Imagino que, al menos una parte de mis posibles lectores, estudiarían en Institutos o Universidades en los últimos años 70. Si así es, todos recordarán -la cosa no es para menos- las innumerables huelgas, o intentos, siempre en solidaridad con los compañeros del metal. Supongo que -si como fue mi experiencia- les pusieron un examen final a las cuatro de la tarde de un sábado del mes de junio, ningún compañero del metal se solidarizaría con ustedes. La solidaridad -en lo que a manifestaciones, huelgas y algaradas se refiere- raramente es recíproca, salvo que lo ordenen los amos.

Quiero decir con ello que cualquiera que pasara por un Instituto en aquellos años -últimos 70, repito- está más que de vuelta con respecto a la movida valenciana -que no es primaveral por un mes largo, por mucho que los partidos de ultraizquierda se lo inventen reservándose una dirección web al efecto-, y saben de sobra de qué van estas cosillas.

Estas cosillas van de individuos, generalmente vagos y un tanto maleantes, que viven divinamente de provocar algaradas. En mi Instituto -el Quevedo, de Madrid, para quien guste detalles- había dos de ellos claramente caracterizados, y algunos subcontratados cuando hacían falta. Digo subcontratados y digo bien, porque aquellos dos elementos, y los ayudantes ocasionales, cobraban por su actividad. Y cualquiera que haya vivido esa época no me dejará por mentiroso.

Estas cosillas van de individuos que animan a los estudiantes a pasar de ir a clase montándose una huelguecita, una manifa, una solidaridad con los compañeros del metal o -dado que ya de eso casi no queda tras la europeización industrial- con los que sea. Los estudiantes, generalmente, son bastante proclives a aceptar cualquier cosa que les exima de estudiar, y no me queda tan lejos como para no recordarlo, así es que el principio es fácil. Les dicen, por ejemplo, que los estudiantes de no se que Instituto no tienen calefacción y hay que solidarizarse con ellos, y allá que van los de este otro, que sí la tiene, a la movida. Que además, tiene su poquito de aventura, de cambiar el mundo y de heroica defensa de los oprimidos.

Si luego de hacer un poco el vago, de permitirse alguna pequeña algarabía, se van a casa, no pasa nada. Pero si al lado de los estudiantes se ponen los vagos y maleantes contratados al efecto para contagiar la excitación, para difundir rumores, para exagerar las cosas, alguno acabará por salirse de madre. Y si entonces la Policía carga, harta de que los niñatos -que uno a uno suelen ser muy majos cada cual en su casa, pero que juntitos se envalentonan hasta resultar unos energúmenos protegidos en el número y el anonimato- les insulten, les apedreen, les tiren botellas y les lancen patadas, basta con filtrarle a los estudiantes que ha habido detenciones para lanzarles a la solidaridad con los compañeros detenidos.

¿Creen ustedes que algún estudiante de los que andan en la movida va a preguntar por el nombre del detenido? ¿Creen que, aunque se lo dijeran, se va a parar a pensar si lo conoce o no? ¿Creen que -aunque le llame la atención- va a decir que ese no es estudiante, que tiene 40 años y que no lo conoce de nada? Yo se lo digo: no.

Y los agitadores seguirán echándole leña al fuego, armando gresca para que liberen a sus compañeros. A los compañeros de los agitadores, claro. A los individuos con antecedentes de antisistema, de ultraizquierda, de anarquistas, de okupas o de vulgares maleantes, que son los detenidos.

Y al final, ya caldeado el ambiente y los tópicos en plena ebullición, saldrán los lidercillos, los que ya desde el Instituto -o desde la cuna- tienen madera de sindicalista paniaguado o de izquierdista con pedigrí, descendiente de la pata izquierda de don Carlos Marx, el que siempre vivió del cuento, del braguetazo y de los sablazos. El mismo que aleccionó a su canalla buena para la comprobación de nuestras teorías -según carta a su compinche Engels- para que pusiera en primera fila de las huelgas a las mujeres y a los niños.

Y los niños, debidamente arrastrados por el compañerito sindicalista que presenta sus reivindicaciones de izquierdas contra la derecha que les agrede -sentido literal de las explicaciones dadas por un chulillo topiquero-, acaban convencidos de que defienden más estudio y menos violencia, sin parar mientes en que los que están insultando -violencia verbal- y apedreando -violencia física- son ellos, y que mientras lo hacen no estudian. No importa: son de izquierdas, y se lo deben todo.

Así es que, ya llegados a ese extremo, lanzan a su canalla -Marx dixit- contra las sedes del PP. Que yo sepa -tengan la bondad de corregirme si hay error- ningún recorte del PSOE se ha visto contestado con manifestaciones, concentraciones o meras algaradas ante sus sedes. Solamente una vez se permitió a AES manifestarse ante Ferraz; después, en posteriores ocasiones, la concentración fue obligada a desplazarse un centenar de metros, seguramente para que ningún sociata se sintiera definido.

Y esto ya nos suena de algo, ¿verdad? Lo de manifestarse, concentrarse, romper cristales de las sedes del PP, digo. A mi -creo innecesario repetirlo para los habituales, pero nunca se sabe quien puede acabar aquí- no me gusta el PP. No soy del PP, ni lo he sido, ni lo voy a ser. Pero los hechos son hechos, con el PP o con Perico el de los Palotes.

Y el hecho es que en España siempre hay incontrolados y espontáneos ante las sedes del PP cuando ocurre algo. Si están acordándose de la espontánea movida en torno al 11-M no es por casualidad, obviamente.

Lo cual debería servir de aviso al PP, si el PP no fuera tan cortito, tan blando, tan fofo. Aunque bien visto, si no fuera todas estas cosas no haría falta aviso, puesto que no habría motivos, y de sobra sabrían los agitadores de ultraizquierda que a sus sedes convenía dejarlas en paz, como en su día aprendieron -tras un par de intentos que no acabaron para ellos demasiado bien- que a la sede de Fuerza Nueva no se la tocaba.

Y debería servir de aviso, porque la izquierda siempre emplea la misma táctica, desde hace siglo y medio: capitalizar las reivindicaciones -probablemente razonables en principio- de cualquier grupo, e inflarlas hasta convertirlas en inaceptables, porque no buscan soluciones, sino enfrentamientos, y cuanto más enconados mejor.

De la misma forma, la propia ultraizquierda hace la función de dique de contención de las iras populares que no convienen a sus intereses. ¿No se les ha ocurrido pensar que aquella movida del 15-M, que en principio pudo ser auténticamente una protesta popular contra todo un sistema corrupto y nefasto, dejó de tener fuerza en cuanto se hicieron con la dirección los ultraizquierdistas?

Valen para todo estos chicos, y lo mismo te montan un tiberio con los estudiantes que te anulan el desasosiego popular. Para eso les pagan.

2 comentarios:

Apañó dijo...

¡Lo has clavao!
Uno de los profes que más nos arengaban en el instituto (y yo te estoy hablando de los años 80) acabó siendo concejal de un partido de izquierdas en un municipio vecino.
Y en la universidad más de lo mismo: el sindicato de estudiantes siempre presto para señalar fachas malosos agarrándose al motivo que fuere. El caso era, como bien señalas, solidarizarse con algo y aprovechar, de paso, para arremeter contra los sempiternos fascistas.
Es triste constatar que NADA ha cambiado en tantos años...

Saludos

Rafael C. Estremera dijo...

En mi caso no eran profesores (la verdad es que los de COU, que es lo que me pilló en el curso 75-76, fueron ejemplares)sino a alumnos... o algo así. Dos tipos que manejaban pasta gansa, no tenían más objeto que liarla, y galleaban mucho. Al menos, hasta que se les decía, educadamente, que no te salía de los susodichos hacer huelga.

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