Pero piense el Gobierno que si España se le va de entre las manos, no podrá escudarse tras de una excusable negligencia. Cuando la negligencia llega a ciertos límites y compromete ciertas cosas sagradas, ya se llama traición.

José Antonio Primo de Rivera.
(F.E., núm. 15, 19 de julio de 1934)

martes, 11 de octubre de 2011

SOBRE NADAR Y GUARDAR LA ROPA.

Que es -véase Público- lo que parece inclinado a hacer el señor Rajoy. Cosa, por otra parte, nada novedosa ni sorprendente, porque el señor Rajoy es la ambigüedad personificada, el quiero y no puedo permanente, el vaya usted a saber perpetuo, sin que todo ello tenga nada que ver con su origen gallego, y si con su falta de ideas y principios.
Quiere el PP abrir sus puertas a los escaldados sociatas y, al tiempo, no defraudar a sus fieles. Por lo tanto, no avanza propuestas en torno a los temas que pueden significar controversia.
Así, no se aclara sobre el aborto -que en el mejor de los casos volvería a la Ley de Felipe González de 1985- lo cual significa que en España seguirán asesinándose cientos de miles de niños. No se define sobre el terrorismo, para el caso de que deba negociar con el -Aznar dixit- Movimiento Vasco de Liberación, o con sus compinches del PNV, tan queridos a la hora de pactar.
Tampoco aclara cómo pretende eliminar la temporalidad de los contratos de trabajo, acaso porque lo que busca es que a las empresas les salga totalmente gratis despedir a los trabajadores, sueño dorado del capitalismo. Ni se explica sobre la idea de ligar los salarios a la productividad, con lo cual el salario bajaría y la productividad quedaría al albur de la generosidad del empresario.
Por supuesto, nada acerca de la supresión de tres administraciones que se solapan, ni de la centralización de competencias -manteniendo la descentralización administrativa-, ni del cese de subvenciones a sindicatos, a oenegés en permanente venta, a asociaciones de pervertidos varios, y a amiguetes sin graduación.
Por tanto, díganme ustedes si se puede votar al PP, sin saber para qué diablos se le vota, ni qué va a hacer con el voto, aparte de pastelear.
Aún así, el PP tiene su fauna propia, su recua particular, su corral doméstico, su manada de votantes secuestrada en el presunto mal menor, que le llevará a la Moncloa salvo nuevo accidente rubalcabeño.
Pero conmigo, desde luego, que no cuenten. Y, como no estamos en campaña electoral, pero todos se pasan los plazos por el mismísimo forro, desde ya advierto mi intención de no acercarme a las urnas si ninguno de los nuestros consigue ser admitido al conciliábulo de los malandrines electoreros.

Y al PP que le den. O no.
 

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