Pero piense el Gobierno que si España se le va de entre las manos, no podrá escudarse tras de una excusable negligencia. Cuando la negligencia llega a ciertos límites y compromete ciertas cosas sagradas, ya se llama traición.

José Antonio Primo de Rivera.
(F.E., núm. 15, 19 de julio de 1934)

lunes, 23 de mayo de 2011

SOBRE LA VICTORIA.

Más que victoria del PP, derrota del PSOE, que aunque pueda parecer igual, no es lo mismo.

Felicítase el PP de sus buenos resultados; entusiásmase el votante pepero de su gran triunfo. Y ni uno ni otros se preguntan qué van a hacer con ello.

¿Van a -ya que las autonomías tienen transferida la competencia en Educación- transformar la Educación para la Ciudadanía en una asignatura que enseñe el respeto a los demás, el cumplimiento de las normas, y la exigencia del cumplimiento de la Ley? ¿O la van a dejar como está en las comunidades que ya gobernaban, esto es, educación para la sodomía, el emputecimiento, el nihilismo y el realganismo?

¿Van a -ya que tienen las autonomías la competencia de Sanidad- dejar de firmar conciertos económicos con las checas abortistas? ¿O van a seguir pagando asesinatos con nuestros impuestos, tal que doña Esperanza Aguirre?

Estas son -evidentemente- preguntas retóricas para sustentar ante ustedes mi opinión de que todo sigue igual. De que todo seguirá igual.

Más cosas podría decir, pero al ponerme hoy a escribir se me ha venido a la cabeza, clara, diáfana, eficaz, la mejor argumentación jamás empleada para describir la inutilidad. Aquí les dejo con el mejor comentario electoral jamás escrito. Saquen lo que las circunstancias y el tiempo han dejado fuera de la actualidad, y díganme si no acierta un pleno.

********

LA VICTORIA SIN ALAS

España entró otra vez en el sorteo del 19 de noviembre. Está bien que las urnas se parezcan al bombo de la lotería. Tanto da que una bola ruede la primera hacia el agujero como que un manojo de papeletas abrume a otro manojo. Aquello lo decide cualquier duende encargado de los azares de la lotería; esto, cualquier espíritu, bueno o malo, de justicia, de represalia o de histeria. Puro azar: un buen chiste contra un candidato puede privarle del triunfo a última hora. La comezón de sacudir un Gobierno que irrita puede determinar a un pueblo a derribar mil cosas. España se jugó otra vez al juego de las papeletas el 19 de noviembre.

Y hay quien cree que en ese sorteo se ha ganado nada menos que la contrarrevolución. Muchos se sienten tan contentos.

Una vez más tiende España a cicatrizar en falso, a cerrar la boca de la herida sin que se resuelva el proceso interior. Sencillamente: a dar por liquidada una revolución cuando la revolución sigue viva por dentro, más o menos cubierta por esta piel endeble que le ha salido de las urnas.

No se olvide un dato: hay algunas provincias –sobre todo en las andaluzas– donde el 60 por 100 del censo se ha quedado sin votar. En pueblos enteros, de miles de electores, se han contado por escasos centenares los votos emitidos. Mientras esos pocos electores votaban, muchedumbres torvas, hostiles, apiñaban en las esquinas la amenaza de su presencia, envolviendo en el mismo rencor a los candidatos de todos los bandos. “Todos son lo mismo –gruñían los campesinos andaluces–. ¿Qué nos importa a los obreros eso? ¡Que se destrocen los políticos unos a otros!”. Las paredes blancas de los pueblos se ensangrentaban en imprecaciones: “No votes, obrero. Tu único camino es la revolución social”. Y unos grabados tormentosos, oscuros, con tenebrosa calidad de aguafuertes, presentaban figuras famélicas con inscripciones como ésta debajo: “Mientras el pueblo se muere de hambre, los candidatos gastan millones en propaganda. ¡Obrero, no votes!”

En muchos sitios los obreros no han votado. Se han permitido el lujo escalofriante de regalar a la burguesía –a la derecha, principalmente– la máquina de legislar. Una orden dada a tiempo por los sindicatos, una movilización general de masas poletarias, hubiera producido la derrota de quién sabe cuántos candidatos de las derechas. Los obreros lo sabían y, sin embargo, se han abstenido de votar. Hay que estar ciego para no ver bajo ese desdén la amenaza terrible hacia quienes se consideran vencedores.

Las derechas están con su Parlamento recién ganado como un niño con juguete nuevo. Creen –así Azaña hace poco– que el mundo es ese mundo que se ve con la linterna mágica del Parlamento. Encerrados en el Parlamento se creen en posesión de los hijos de España. Pero fuera hierve una España que ha despreciado el juguete.

La España de los trágicos destinos, la que, por vocación de águila imperial, no sirve para cotorra amaestrada de Parlamento. Esa que ruge imprecaciones en las paredes de los pueblos andaluces y se revuelve desde hace más de un siglo en una desesperada frustración de empresas. La España de las hambres y de las sequías. La que, de cuando en cuando, aligera en un relámpago de local ferocidad embalses seculares de cólera.

Esa España, mal entendida, desencadenó una revolución. Una revolución es siempre, en principio, una cosa anticlásica. Toda revolución rompe al paso, por justa que sea, muchas unidades armónicas. Pero una revolución puesta en marcha sólo tiene dos salidas: o lo anega todo o se la encauza. Lo que no se puede hacer es eludirla; hacer como si se la ignorase.

Esto es lo grave del momento presente: los partidos triunfantes, engollipados de actas de escrutinio, creen que ya no hay que pensar en la revolución. La dan por acabada. Y se disponen a arreglar la vida chiquita del Parlamento y de sus frutos, muy cuidadosos de no manejar sino cosas pequeñas. Ahora empiezan los toma y daca de auxilios y participaciones. Se formarán Gobiernos y se escribirán leyes en papel. Pero España está fuera.

Nosotros lo sabemos y vamos a buscarla. Bien haya la tregua impuesta a los descuartizadores. Pero desgraciados los que no lleguen al torrente bronco de la revolución –hoy más o menos escondido– y encaucen, para bien, todo el ímpetu suyo. Nosotros iremos a esos campos y a esos pueblos de España para
convertir en impulso su desesperación. Para incorporarlos a una empresa de todos. Para trocar en ímpetu lo que es hoy justa ferocidad de alimañas recluidas en aduares, sin una sola de las, gracias ni de las delicias de una vida de hombres. Nuestra España se encuentra por los riscos y los vericuetos. Allí la encontraremos nosotros, mientras en el palacio de las Cortes enjaulan unos cuantos grupos su victoria sin alas.

José Antonio Primo de Rivera.
(FE., núm. 1, 7 de diciembre de 1933. Tachado entonces por la censura)
(Reproducido en Arriba, núm. 23, 12 de diciembre de 1935.)

12 comentarios:

Carlos Fernández Ocón dijo...

Ay Rafael, qué mala sangre me puedo hacer si me paro a pensar... o si te leo y contigo lo que has traído.
Déjame disfrutar de lo poquito bueno que he podido encontrar en los últimos acontecimientos de este lugar que debería sentir tan mío y se me escapa y aleja del corazón.
(Joder, menuda cursilada masalío)

Amigo, vamos a pecar de ingenuos, un poquito solo, durante un tiempo a ver qué pasa. Si pasa algo.

En estas, si no, igual deberé volveré a tener malos pensamientos (son varios, muy diferentes).

Ánimo, mi madre diría aquello de 'Dios aprieta pero no ahoga', amén a eso.

Saludos, nos vemos

Carlos Fernández Ocón dijo...

Aún así, si no tienes inconveniente, pondré esto en mi blog, para ya o para la posteridad.

Rafael C. Estremera dijo...

Por supuesto, Carlos, a tu disposición siempre.

A mí me gustaría ser optimista. Se vive mejor. Pero ya he visto demasiado de esta fauna polivalente como para permitírmelo.

Precisamente esta holgada victoria del PP es lo menos indicado para que recapaciten. Al contrario, los ganadores se creerán los mas altos, los mas guapos y los mas listos, y los perdedores idearán nuevas bestialidades con las que arrastrar a la plebe.

Y los demás, como siempre, en medio.

Maite C dijo...

A mí me ha dejado completamente fria el triunfo del PP, justamente por todas las preguntas que te haces y que directamente diría: Al contrario, irán a peor, ahora sí tienen barra libre, y ya ni te cuento sí ganan las generales.

Muy bien traído el artículo de José Antonio Primo de Rivera.

Carlos Fernández Ocón dijo...

A maite c. no le falta nada de razón tampoco. Es más fácil que el ser humano - y los no tan humanos estos - se confíen, se les infle el ego, etc. con lo que ello conlleva.
Vamos a confiar en que los que están debajo, de ellos y de todos, andemos vivos y no permitamos ni una desde ahora. Difícil, pero si se ha salido a la calle igual resulta contagioso, jeje

Saludos

Rafa Hernández dijo...

Carlos el Himno de Infantería me le se de cabo a rabo y es muy bonito. Serví en la Brigada de Alta Montaña de Huesca, y me ha traído muy buenos recuerdos. Quiźas simplemente porque era muy joven Saludos Carlitos

Carlos Fernández Ocón dijo...

¡Coño Rafa! ¡¿tú por aquí?!. Para que luego digan que no progresamos (¿unas letras al dueño del sitio?).

Ya ves Rafa que 'tormundoegüeno'. De mayores nos llevaremos todos bien, ya lo verás.

Yo me sé la Salve Marinera y el Himno de la Armada, adivina por qué.

Rafa Hernández dijo...

Joder Carlitos lo dices como si hiciera meses que no te visitara. Yo en la Marina lo hubiese pasado peor. Los peces nadan para arriba y para abajo. Yo sé nadar la mitad que ellos, ya que aunque sé tengo poco aguante. Si has servido en la Marina, y además vives en Mallorca como no sepas nadar es para que te corten las pelotas.

Rafael C. Estremera dijo...

Bueno, aquí uno de Infantería de Marina.

La primera del mundo, por cierto.

Carlos Fernández Ocón dijo...

Oye Rafael, a mí esta idea me gusta, quizá no para mí, no lo sé, pero me gusta:
http://zadlander.blogspot.com/2011/05/proyecto-ceda.html

Carlos Fernández Ocón dijo...

Lo que es verdad es que los marineros veíamos a los infantes como unos héroes boinas verdes peliculeros. Al contrario que nosotros, siempre estaban "currándoselo", cachas y todo eso, jeje

Ellos 'no se aburrían', yo, a veces, quería comerme el cetme de puro aburrimiento y de no entender que coño hacía allí.

Carlos Fernández Ocón dijo...

Rafa, nado bien, buceo mejor. Por culpa del puto tabaco, me canso y prefiero no ir a lo hondo... pero también me pasa si me pego una carrerita, claro.

Perdón señor dueño del blog por utilizar su soporte para tanta parida, vaya día

Publicidad: