En este
caso, la abuelita bolchevique, de mentalidad espesa y pavorosa sonrisa de
Medusa, se ha echado a la calle -a la calle se echan los rojos, al campo los
nacionales- para la heroicidad de tirar el monumento al Alférez Provisional y
quitar una placa en recuerdo de mi camarada falangista José García
Vara.
José García Vara cometió el tremendo crimen de ponerse a tiro de
los asesinos socialistas años antes de comenzar la Guerra de Liberación. Antes
de que comenzase oficialmente, quiero decir; en la realidad, la Guerra comenzó
el 14 de abril de 1931, cuando los republicanos perdedores de las elecciones
municipales decidieron expulsar de aquella República Segunda que Alfonso XIII
les regaló, a todos los que no fueran de izquierdas. La guerra comenzó cuando
los rojos -los socialistas y los mamarrachos republicanoburgueses- decidieron
que en la República -España les importó siempre tres leches- nunca gobernaría
nadie que no fueran ellos.
Curiosamente, aquella República de sangre y
mierda cada día se refleja más en esta monarquía en la que el nombre de España
también esta prohibido, en la que los rojos son los únicos legitimados por la
tolerancia memocrática para gobernar, y para arrojar de la vida pública a quien
no piense como ellos.
José García Vara era un obrero. Como tantísimos
otros falangistas, a quienes los tópicos verborreicos de los sindicatos
marxistas no podían satisfacer, porque en su interior sabían que eran algo más
que canalla útil para la comprobación de nuestras doctrinas, según
definición del sablista Marx, que -como buen ejemplo para comunistas- siempre
vivió a cuenta del prójimo. José García Vara era un obrero falangista, si. Era
falangista porque la Falange ofrecía a los obreros -tan absolutamente
maltratados por los gobiernos monárquicos y republicanos del primer bienio- la
Patria, el Pan y la Justicia. Esas tres cosas, tan simples y tan complejas, en
torno a las que gira una vida realmente humana.
José García Vara fue
asesinado por pistoleros socialistas porque anhelaba la libertad del que vive en
una Patria unida, grande y libre. Y José García Vara ha vuelto a ser asesinado
por las mismas hordas socialistas que han colocado al mando del arrejuntamiento
de Madrid a los comunistas podemitas, los bolcheviques resabiados, los
mamarrachos resentidos y zarrapastrosos.
Entre chirigotas y alucinaciones
de que las madres limpien los colegios, los universitarios en paro barran las
calles, los niños recojan colillas, también ha mandado la abuelita Carmena que
se derribe el monumento al Alférez Provisional, en base a no se qué razón
histérica. Los alféreces provisionales no se sublevaron contra la República
soviética. No lo hicieron por una razón sencilla y -salvo alucinación- evidente:
no existían cuando se produjo el alzamiento civil y militar del 18 de julio.

Afirma
El País de ayer:
Antonio Morcillo, del Grupo de Estudios del
Frente de Madrid (Gefrema), explica que los alféreces provisionales se formaban
en academias. “Salieron muchísimos y con una enseñanza militar básica, sin
experiencia, se ponían al mando de la tropa”, explica. La falta de conocimientos
castrenses hizo que el número de bajas fuese muy alto. “La mayoría no pasaron de
la primera batalla”, dice. El experto se manifiesta en contra de la desaparición
de estos vestigios. “Borrar las cosas que reflejan la historia de un bando u
otro me parece una barbaridad”, sostiene.
El experto -como casi todos
los expertos que tienen voz en la prensa actual- desconoce u omite algunos
hechos. Ignora o calla que los alféreces provisionales tenían que poseer
estudios de, al menos, Bachiller -el de entonces- y llevar un mínimo de seis
meses en el frente. Así es que eso de que no tenían experiencia es falso. Tenían
mucha más experiencia -seis meses de combate- que los alféreces que en cualquier
tiempo han salido de las academias militares y han ido a mandar tropas. Tenían
la enseñanza militar necesaria para mandar una Sección, que era su cometido,
aunque los hubo que -habiendo comenzado la guerra como voluntario falangista o
requeté- terminaron siendo capitanes de su Bandera o Tercio.
Ciertamente, muchos -no “la mayoría”, pero si muchos- cayeron en
la primera batalla. La primera paga para el uniforme y la segunda para la
mortaja, bromeaban ellos mismos, porque además tenían sentido del humor.
Pero cayeron no porque no estuvieran preparados -seis meses en combate preparan
mejor que años de academia para moverse en el campo, y así lo atestiguarán los
militares de carrera que han salido de los despachos- sino porque eran valientes
hasta el exceso y tenían un espíritu de combate que les llevaba al sacrificio,
hasta el punto de que el ejército nacional hubo de tomar medidas para la
represión del heroísmo. Al contrario que los tenientes en campaña
-su equivalente en el ejército rojo- los alféreces provisionales no aprendieron
eso de que soldado que se esconde vale para otra vez.
Ya lanzada a
la carrera iconoclasta, la abuelita sociópata también va a quitar de las calles
de este Madrid que se la merece las placas dedicadas a la memoria de José Calvo
Sotelo, diputado al que los comunistas amenazaron de muerte en el salón del
Congreso, y que fue asesinado por las fuerzas de seguridad de la república
segunda. Asesinado antes de comenzar la guerra, y esto marca una diferencia,
porque después de comenzar fueron muchos los asesinados por la
horda.
Evidentemente, ser asesinado es un grave delito que doña Manuela y
sus bolcheviques no puede perdonar, como no pueden perdonar haber combatido en
una guerra, de frente y cara a cara. Lo suyo -lo que entienden- es el asesinato
por la espalda; el asesinato de cinco esbirros gubernamentales contra uno
desarmado; las carreras en pelo cuando el enemigo se acerca, para asesinar en
retaguardia a los presos indefensos o a los civiles no combatientes.
Y
me alegro. Me alegro porque me refuerza en el diagnóstico de que estos chulos
son como aquellos; de que estos canallas son como aquellos; de que son como
aquellos estos mamarrachos, estos resentidos, estos zarrapastrosos zafios. Me
alegro, porque correrán como aquellos.