Pero piense el Gobierno que si España se le va de entre las manos, no podrá escudarse tras de una excusable negligencia. Cuando la negligencia llega a ciertos límites y compromete ciertas cosas sagradas, ya se llama traición.

José Antonio Primo de Rivera.
(F.E., núm. 15, 19 de julio de 1934)

lunes, 21 de febrero de 2011

SOBRE LA EQUIVOCACION GARZONIANA.

Que -en entrevista de RNE citada por El Imparcial- "reconoce que pudo equivocarse pero que no cometió prevaricación".
Se equivoca don Baltasar, evidentemente, y hace bien en reconocerlo. Porque el delito de prevaricación está muy claramente definido -al menos en el diccionario, no se si en las leyes-, y se trata lisa y llanamente del delito consistente en dictar a sabiendas una resolución injusta una autoridad, un juez o un funcionario.
Y, ¿quien mejor que usted, señor Garzón, para saber que lo que pretendía enjuiciar sobre el franquismo estaba cubierto por la Ley de Amnistía, si usted mismo adujo esa razón para no encausar a Santiago Carrillo?
Se equivoca don Baltasar, en efecto, y hace bien en reconocerlo. Se equivoca al no saber -pese a su profesión- en qué consiste el delito de prevaricación, sumamente claro al ignorar una disposición previa y, además, suya.
Por otra parte, acaso también ande errado -sin hache, aunque vaya usted a saber-, en la interpretación del delito de cohecho -delito consistente en sobornar a un juez o a un funcionario en el ejercicio de sus funciones, o en la aceptación del soborno por parte de aquellos-, a cuyos efectos le diría que eso de archivar querellas de quienes le han patrocinado sus actividades privadas cae dentro de la figura delictiva.
Y no se vuelva a equivocar, señor Garzón, que aunque no pueda demostrarse, eso está muy feo. ¿Recuerda aquello de la mujer de César?.
Pues usted no lo parece.

1 comentario:

Carlos Fernández Ocón dijo...

Muy bien rafael c. . Y diáfano, pero España quiere pasar a la historia por ser capaz liar y retorcer cualquier cuestión que se le ponga por delante. La kultura del eterno replanteamiento crónico de las cosas. La incultura al poder y el advenimiento del absurdo.

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