Que como ustedes ya saben de sobra, es el Ilustrísimo Señor Coronel don Luis Tapia Aguirrebengoa, al que -como también saben de sobra- quiero rendir homenaje cada año en esta fecha. Esto lo digo también cada año, como conocen los habituales o incluso los visitantes esporádicos a este diario, si es que queda alguno.
Me temo, Luis -amigo, camarada- que lo que yo pueda escribir ya no le importa a nadie, y me parece bien. Cada cosa tiene su tiempo y el mío ya ha pasado. Me gustaría volver a aquel tiempo -difícil pero hermoso- en el que tu, y tantos otros camaradas, y yo, aún creíamos que España era posible.
Y pienso si tu, Luis -amigo, camarada, maestro- ya habías llegado a la misma conclusión que yo he llegado ahora; si ya sabías que España estaba perdida para siempre, y que sólo nos quedaba -como al soldado romano que citaba Spengler-, permanecer sin esperanza en el puesto ya perdido. Si tu ya sabías -hermano, camarada-, que sólo nos quedaba clavar la bandera y tratar de sembrar la verdad que conocemos para que -acaso dentro de décadas- florezca de nuevo.
Y pienso que si. Pienso que tú, -amigo, camarada, maestro, hermano- ya sabías lo que iba a pasar, pero te mantenías firme en tu puesto, sin una concesión al desaliento, siendo ejemplo y acicate para todos los demás. Como el capitán de los viejos Tercios -del nuevo Tercio- que nunca se rendía.
Eso es grandeza, eso es tener raza. Ese honroso final es lo único que no se le puede quitar al hombre.
Presente, Luis. ¡Siempre presente, mi coronel!