Pero piense el Gobierno que si España se le va de entre las manos, no podrá escudarse tras de una excusable negligencia. Cuando la negligencia llega a ciertos límites y compromete ciertas cosas sagradas, ya se llama traición.

José Antonio Primo de Rivera.
(F.E., núm. 15, 19 de julio de 1934)

martes, 10 de agosto de 2010

SOBRE LA DEPENDENCIA DE CATALUÑA.

Gracias a una amable comunicante catalana me llega un artículo de un llamado Alfonso López Tena; artículo del que creo haber leído referencias en su día, y si es el que creo debe tener unos meses. Como no recuerdo haberlo leído entero antes, y me parece que no comenté nada en su día, voy a hacerlo ahora.
El artículo se titula Dependencia o independencia de Catalunya -esto es, Cataluña, dado que el artículo lo escribe en español- y como es largo no lo voy a reproducir entero. Quien guste lo puede leer en este enlace.
El señor López -entiendo que ese es su primer apellido y Tena el segundo, al no haber ni guión ni otro apellido posterior- comienza proponiendo hacer un balance de "si le conviene a Catalunya seguir en España", y afirma que "el fundamento económico de la conveniencia de pertenecer a España ha desaparecido."
Veo, señor López, que es usted un seguidor de la interpretación materialista de la Historia, de recia raigambre marxista. Esto no cuadra demasiado bien con sus apelaciones a la democracia, a la Unión Europea, y a la globalización, factores que, junto a la prosperidad, le hacen preguntarse por la conveniencia de "seguir en España".
Sobre la interpetación materialista de la Historia, me parece usted -disculpe, señor López- un tanto egoísta. Una vez que España ha colocado a su región en la UE, la ha metido en el mundo globalizado y la ha hecho próspera, quiere usted romper la baraja porque "el fundamento económico de la conveniencia de pertenecer a España ha desaparecido."
No se si usted, señor López, está casado y, caso de que lo esté, si eligió a su esposa en función de la dote que le aportara, o de las influencias que le pueda facilitar en un futuro. Pero, de ser así, imagino que debe saber que si se divorcia le costará una buena pasta y -salvo si se casó en régimen de separación de bienes- perderá usted buena parte de los mismos. Como el "matrimonio" de Cataluña con el resto de las regiones españolas ha sido siempre, claramente, un régimen de gananciales, temo que, caso de separación, Cataluña debería partir sus ganancias con las demás. Por lo tanto, la prosperidad a que alude usted se vería un tanto afectada cuando tuviera que pasar pensiones a Extremadura, Galicia, Andalucía... regiones todas ellas que tanto han contribuído con su fuerza humana -charnegos, los llaman los señoritos separatistas-, y que de tantas industrias caecen por haberlas llevado a Cataluña el Estado español.
Pero usted, señor López, se atiene estrictamente al catalanismo novecentista. Usted sabe -y si no lo sabe, yo se lo digo- que el separatismo catalán nace de las ansias de mayores ventajas económicas para los capitales repatriados tras el desastre del 98. La burguesía catalana -más bien barcelonesa- buscaba con ahínco todo eso que usted refiere en su artículo: la moneda que ponga la cara ante el mundo, los tipos de cambio favorables a los intereses de la industria catalana -aún a costa, muchas veces, de perjudicar a otras regiones-, los tipos de interés y los aranceles de importación y exportación. Todo ello, dice, ahora es competencia de Bruselas, y ya no hay "mercado español ... con el resultado inevitable de la disminución de la importancia relativa del antiguo mercado protegido".
Esto -disculpe nuevamente, señor López- es la confesión más palmaria que he leído jamás sobre el sentido puramente utilitario de los separatistas catalanes. Mientras "el Estado español" se fastidiaba comprando sus productos en vez de otros -más baratos en orígen, pero encarecidos por los aranceles-, tenía sentido seguir en España. Y esto no lo digo yo; lo dice usted: "A Catalunya la dependencia ya no le es compensada por el acceso privilegiado al mercado español, que además se ha convertido en arriesgado por ser el único en que los productos catalanes son boicoteados por el hecho de serlo (práctica del 21% de los madrileños, según ABC)."
Tiene razón en que hay madrileños -y españoles en general-, que alterados por lo que entienden como egoísmo del separatismo catalán hacen campaña contra los productos catalanes. Error que -modestia aparte- advertí hará unos treinta años, y dentro de unos días, cuando lo encuentre, copiaré aquí lo que en su día firmé en El Alcázar.
Pero su confesión acerca del acceso privilegiado al mercado español define la cuestión muy claramente: mientras haya sangre que chupar, me quedo. Muy triste concepto tiene usted de su Catalunya, que yo nunca confundiré con mi Cataluña.
Pero usted sigue: "Mal negocio es hoy España para Catalunya". Y cita la carencia de política fiscal, la desinversión pública, el boicoteo a sus productos -ya comenté el tema antes- y el rechazo a sus compradores. Porque -dice- "tampoco a la hora de comprar empresas españolas es una ventaja estar en España, pues la toma de control catalana es bloqueada".
El problema, señor López es ese precisamente: que ustedes -los separatistas, digo- quieren "tomar el control"; que ustedes -los separatistas, digo- quieren que España siga invirtiendo en esa región lo que necesitan perentoriamente otras; que ustedes -los separatistas- con su egoísmo insolidario, se hacen antipáticos al resto de los españoles que les han facilitado un buen nivel del que muchas otras regiones carecen. Porque lo que los españoles -madrileños, dice usted- desprecian no es a los catalanes, sino a los catalanistas. Que no es lo mismo, por más que ustedes -los separatistas- consideren en su egocentrismo que quienes piensan diferente -o sea, lo que en su artículo llama "unionistas"- son "próximos a los usos de la dictadura maoísta" y lanzan "acusaciones de delirio psiquiátrico (idénticas a las practicadas por la dictadura soviética)."
Sinceramente, señor López, lo que a mí me parece un delirio digno de urgente revisión por el psiquiatra de guardia, es su victimismo. El de los separatistas, digo. Me parece de auténtica dictadura soviética -maoísta, si la prefiere- la política de guerra a todo lo español que hacen ustedes, los separatistas. Me parece de la típica escuela bolchevique esa contínua perversión de la realidad histórica -que fue la que fue, y ni ustedes ni yo la vamos a cambiar ya- para adaptarla a sus intereses arancelarios.
Victimismo que le lleva, señor López, a recordar frases peligrosas de un pasado que -usted mismo lo reconoce- es irrepetible. Afirma que "dijo Azaña que para mantener España unida había que bombardear Barcelona cada cincuenta años". Si usted lo dice, señor López, será verdad que tal salvajada la pronunció el señor Azaña. No lo se, porque a mí lo que dijera el señor Azaña me suele importar bien poco, pero en su erudición confío.
Pero dígame, señor López, si no le parece -con lo bien visto que está Azaña hoy en día, que le aclaman lo mismo en el PP que en el PSOE- un tanto peligroso recodar eso, con el riesgo de que algún panegirista de tan execrable personaje tenga la intención de llevarlo a cabo. ¿O se trata, señor López, de soliviantar al personal para que alguien diga en voz alta lo mismo que usted impunemente escribe, y de esa manera pasar mejor por víctimas?
¿No es eso mismo lo que pretende -hacerse la víctima- cuando pide que alguien le explique alguna ventaja de la "dependencia" sobre la independencia, pero que lo haga sin insultar?
Pues usted, señor López, no lo sabrá; pero los habituales pueden atestiguar que mi lenguaje no suele ser tan medido y circunspecto. O sea, que sin insultar -sin siquiera definir con buenas y rotundas palabras españolas- he dicho lo que me parecen ustedes, los separatistas.
Le diré también, señor López, que da por hechas cosas que no están nada claras. ¿Se piensa usted que si la región catalana se declarase independiente, España iba a consentir que ustedes formaran parte de la UE? ¿No se le ocurre pensar que vetaría el ingreso, y que ustedes se tendrían que buscar la vida por otra parte? ¿Se piensa que su "Catalunya" iba a mantener la moneda y los tipos de interés a que alude? ¿No se da cuenta de que si su "Catalunya" -o Catalonia, como ponen es sus pancartas futboleras- se separa de España, por lógica se separa de la UE?
Pero esto es lo de menos, señor López. Mi campo no es la economía, ni la política fiscal, ni el proteccionismo arancelario. Mi campo, señor López -de lo que entiendo un poquito- es la Historia. Si usted deja su discurso economicista, de puro materialismo histórico marxista, verá que además del euro -la pela- hay más. Verá que Cataluña nunca se ha asociado -como usted parece entender- con España, sino que ha sido una de sus partes constitutivas. A través, por cierto, del Reino de Aragón.
Fíjese, señor López, lo que son las cosas: hasta esa palabra la pela, la peseta, moneda que según usted declara necesitaban los burgueses separatistas catalanes para asomarse al mundo, es de orígen catalán. Si, señor López: la tan española peseta, es catalana, para que vea.
Piense otra cosa, señor López. Usted firma su artículo como "vocal del Consejo General del Poder Judicial". Del Poder Judicial español, evidentemente. Dejando a un lado lo que esto puede tener de inconveniente, de poco agradecido, de desaire -no diré traición para que no piense que insulto- a quien le paga, podría usted preguntarse si en esa "Catalunya" independiente que usted propugna, habría sitio para usted. Porque cuando le han mandado aquí, al Madrid opresor y centralista, será porque usted no da el perfil requerido por el separatismo catalanista gobernante.
Piénselo, señor López Tena. Que lo mismo consigue lo que desea, y tiene que venirse luego al extranjero a mendigar un puestecillo por el amor de Dios.

SOBRE LA PACIENCIA DE BLANCO.

Que dice -comenta La Gaceta- que se le está acabado con los controladores aéreos.
Bueno, don José, si su paciencia terminal es como la de don Miguél Sebastián, que hace año y medio afirmaba lo mismo acerca de los bancos, y luego mire usted como anda la cosa, los controladores estarán bien tranquilos.

lunes, 9 de agosto de 2010

SOBRE LA EXPANSION DE LA EXTREMA DERECHA.

Cosa que preocupa poderosamente a Público, según la longitud del artículo que le dedica y el alarmista subtítulo -Los ultras logran en ocho países de la Unión el mejor resultado desde la II Guerra Mundial- con que resume.
El caso es que -dice- se ha formado una derecha a la derecha de las habituales, que empuja a éstas. Y cita a un tal Josep Fontana, catedrático emérito -o sea, digital- de Historia de la Universidad Pompeu Fabra, en cuya opinión "no es el retorno del fascismo, sino que se trata de fenómenos emergentes", dado que "el malestar por la situación a la que se ha llegado y, sobre todo, el miedo a un futuro aún peor, es lo que asegura tradicionalmente el voto a la derecha conservadora, que es la que suele salir beneficiada de estas situaciones".
Veamos, señor Fontana: yo diría que es una evolución perfectamente natural, pero no por miedo al futuro, sino por simple deseo de supervivencia de cara al futuro, en vista del presente. Esto es: los pueblos normales y sanos -lo que excluye al español, evidentemente- ven que la cosa está chunga, que los socialistas más o menos escorados a babor son unos inútiles que viven en las nubes, que los liberales mas o menos inclinados a estribor son igual de ineptos, y vuelven la vista a lo que saben sólido. Y, sobre todo, a lo que les ofrece garantías de interpretar sus deseos.
Entiendan ustedes de una puñetera vez, que los partidos políticos no tienen que formar la opinión ciudadana, sino interpretarla y aplicarla. Que si surgen partidos que se preocupan por la inmigración salvaje, el desparrame islamista y unas cuantas cosas así, es porque la gente de la calle está hasta el gorro. Y no por racismo ni xenofobia, sino por supervivencia.
Y entiendan ustedes, señores de Público -que ya se que no les llega la neurona para tanto, pero hagan un esfuerzo, leñe- que si lo que la extrema izquierda -o sea, y dicho sea en atención a su cortedad manifiesta, ustedes- llaman extrema derecha obtiene buenos resultados electorales, lo democrático es darse cuenta de que así lo quiere el pueblo soberano.
¡A ver si es que ustedes -la extrema izquierda- no son demócratas!

domingo, 8 de agosto de 2010

SOBRE MAS EXCLUSIONES.

Hace unas semanas comenté que un pueblo de la región catalana se declaraba moralmente excluido de la Constitución.
Ahora -nos dice Minuto Digital- ya son 36 ayuntamientos los que se han sumado a la gilipollez.
No tiene mayor importancia que el afamado derecho al pataleo, como de rabieta de niño malcriado y llorón. Que, a fin de cuentas, es lo que son todos estos separatistas de salón y subvención, niñatos pijos y esnob, tontolabas impertérritos, cretinos cum laude.
Pero hoy, lo que son las cosas, me encuentro particularmente reglamentista, casi haciendo gala de esa mitad de prusiano que todos los españoles llevamos dentro, en detrimento de la otra mitad de anarquista que nos completa y humaniza. De forma que, puestos a respetar los derechos de estos autoexcluidos, solicito a quien sea menester que se aplique la legislación vigente, de manera que se resten los habitantes de estos municipios catalanes del censo regional, para que en las próximas elecciones generales el número de diputados que le correspondan a cada una de las cuatro provincias se ajuste a su población constitucional.

sábado, 7 de agosto de 2010

SOBRE LA DENUNCIA A CHAVEZ.

Presentada por el ex Presidente de Colombia, Álvaro Uribe, por -dice El Mundo- una violación de los derechos humanos por parte de Chávez, como persona natural, y de Venezuela, como Estado.
Hala, señor Garzón: ahí puede usted demostrar lo que vale; ahí puede dejar constancia pública y mundial de su valor, de sus agallas -jurídicas, obviamente-, y de su inquebrantable defensa de los Derechos Humanos.
Venga, don Baltasar, no se amilane; que este acusado -no se si decir gracias a Dios- no lleva tres décadas muerto. ¡A por él, Toby!

viernes, 6 de agosto de 2010

SOBRE LA ULTIMA ESTATUA.

Última estatua ecuestre de Franco, que -según El Imparcial y otros- ha sido retirada del interior del Acuartelamiento Millán Astray, cuartel de la Legión en Melilla.
La estatua correspondía al Franco Comandante de La Legión, y ha sido retirada después de que una comisión al afecto declarase que, en aplicación de la Ley de Memez Histérica, "no hay motivos históricos o culturales para mantener la efigie dentro del recinto militar".
Evidentemente, no hay motivo histórico para que en un cuartel de La Legión se conserve una estatua de su primer Comandante, del creador de la Primera Bandera, del lugarteniente del Fundador Millán Astray; no hay motivo para mantener la efigie de su tercer Jefe -tras Millán Astray y Valenzuela-; no hay motivo histórico para dedicar un recuerdo al Jefe de la Columna que salvó Melilla de los moránganos como el chivo Amin Azmani, diputado autonómico sociata, que es el que lo dice.
No hay motivo histórico para tener una estatua de Franco en un acuartelamiento legionario. Y tal vez sea cierto, porque no hacen buenas migas los santos cojones del Comandante Francisco Franco con el Ministerio de Gallinas Estériles, la Comandancia General de Plumas Blancas de Melilla, el acuartelamiento Millán Astray Vomitaría de Vergüenza y el Novio de la Muerte Os Partiría el Espinazo.

SOBRE LOS PERJUICIOS A LA POBLACION.

Cuenta La Gaceta que el señor Chaves -con ese, es decir, el señorito andaluz, no el venezolano- ve muy mal la anunciada huelga de controladores aéreos.
Los critica afirmando que no defienden derechos, sino privilegios; que no se puede plantear una huelga con propósito de amenazar, y que deben darse cuenta del daño posible que le pueden causar a la sociedad española precisamente por el trabajo que tienen y del cual son responsables.
Joder, señor Chaves, va a resultar que es usted tan tonto como parece. ¿Para qué se hacen las huelgas, sino para amenazar en caso de que no se cumplan las exigencias de los huelguistas?
Pero, sobre todo, ¿por qué se queja ahora, y no dijo ni lo que corresponda al "mú" en su idioma particular -que no tiene nada que ver con el acento andaluz, sino que es el puro tarugués antiguo-, cuando los metreros -precisamente por el trabajo que tienen- dañaban a la sociedad madrileña?
 
 

martes, 3 de agosto de 2010

MAS MEMORIA HISTORICA DE LA GUARDIA CIVIL

Procedente de la lista de distribución Pensamiento hispánico, me llega un artículo que no puedo dejar de copiar aquí. Para ponerlo al alcance de quien tenga prisa, o no se fíe de los sitios de descarga que tanto nos complican la vida en ocasiones, lo transcribo literalmente y lo maqueto de la forma más parecida al original que he podido.
Para quien prefiera el original, tal como me llegó a mí, pinchando sobre el título podrá descargárselo.

AUGC ¿ignorancia, asepsia o amnesia?
San Sebastián (España), 30 de junio de 2010
Carta abierta al teniente de la Escala Facultativa de la Guardia Civil D. Jesús Padilla Ortega, Director adjunto de la revista "Guardia Civil".



Mi respetado teniente:
Leo en la última revista del Cuerpo, la número 794, de junio del presente año, un reportaje titulado "Orden y esplendor romero" (ocho páginas, con abundante material gráfico incluido), firmado por usted, en el cual se nos informa, deta-lladamente, de los actos organizados, el pasado mes de abril, con motivo de la celebración del Año Jubilar en honor a la Virgen de la Cabeza y del amplio dis-positivo de seguridad dispuesto por la Guardia Civil para "compaginar el bienestar de los romeros con su propia seguridad […] y con la conservación del singular paraje en el que se celebra".
Atraído por el título, fue el primer artículo que leí, y al sobresalto de lo que oculta se añade el susto por lo que no dice. Leo y releo el artículo, pues no puedo creérmelo, pero al final me rindo a la evidencia:
Es posible escribir un artículo de ocho páginas, en la revista oficial de la Guardia Civil, sobre unos actos celebrados en el Santuario de la Virgen de la Cabeza y los servicios prestados por la Guardia Civil con ocasión de los mismos y no hacer ninguna referencia a los hechos que, protagonizados por la Guardia Civil, allí ocurrieron hace ya más de setenta años.
Es posible incluir diecisiete fotografías para ilustrar el artículo y no incluir entre las mismas la imagen de la Virgen sosteniendo la Cruz Laureada y a sus pies el lema y emblema de la Guardia Civil.
Es posible describir el itinerario de los romeros, citar "de pasada" el cementerio y no reparar que al mismo se accede bajo un cartel que reza "La Guardia Civil muere, pero no se rinde".
Es posible no reparar que en ese mismo cementerio figuran los nombres de varias docenas de guardias civiles y no preguntarse tan siquiera, en un simple ejercicio de periodismo elemental ¿cómo, cuándo y por qué habrán muerto estos guardias civiles?.
Es posible escribir el artículo y no citar al capitán Cortés, a los tenientes Porto y Ruano, al alférez Carbonell, al brigada Gila y a su "tropa de niños", al Cerro de la Cuarta, los bombardeos, la artillería, los suministros del capitán Haya, el heliógrafo, las palomas mensajeras, el doctor Liébana, la piedra que habla, …
Es posible no recordar que el Santuario de la Virgen de la Cabeza fue el "escenario" en el que muchas promociones de guardias civiles juraron bandera, algunos de los cuales aún hoy se encuentran en activo.
Sí, aunque todo lo anterior parezca inverosímil teniendo en cuenta la naturaleza y el carácter de la publicación y sus presumibles lectores, es posible, y a lo publicado me remito.
No pretendo, nada más lejos de mi intención y de mi pobre pluma, dar lecciones de nada a nadie, y tampoco pretendo, y ruego que nadie lo interprete así, realizar la defensa apologética de unas determinadas opciones políticas. No, por favor, nada más lejos de mi intención. Simplemente pido que nadie, por ignorancia, desmemoria o, lo que sería peor, subrepticia y maliciosamente y por que no sea del agrado de ciertas asociaciones "profesionales", hurte a los guardias civiles el conocimiento imparcial y objetivo de su propia historia. Pido, apelando al principio de honestidad intelectual, que nadie manipule, oculte, tergiverse o desvirtúe esa historia, escrita las más de las veces con su propia sangre.
En los trágicos días de julio de 1936, como sin duda usted sabrá, mi respetado teniente, la Guardia Civil, al igual que el resto de la sociedad española, se dividió, dejando en territorio republicano catorce de las cabeceras de sus entonces veinticuatro Tercios, veintisiete de sus cincuenta y ocho Comandancias, ciento veinticuatro de sus doscientas Compañías y ocho de sus nueve Escuadrones de Caballería.
Desgraciadamente para la República, por Decreto de 30 de agosto de 1936, apenas cuarenta días después de iniciada la contienda, la Guardia Civil sería suprimida, creando en su lugar un nuevo cuerpo de seguridad –la Guardia Nacional Republicana- la cual progresivamente iría diluyéndose en la marea revolucionaria, entre las unidades de milicias y con la inestimable labor de los comités anarco-sindicalistas y las comisiones depuradoras. Por eso, mi teniente, apenas podemos rememorar ningún hecho histórico relevante protagonizado por la Guardia Civil "republicana", aunque, al igual que las "meigas", "haberlos, si los hubo".
Así, mi teniente, cuando "toque" puede usted rememorar la figura y la actuación ejemplar del coronel Escobar y del Tercio de Barcelona en la Vía Layetana, puede usted, y creo que debe, cuando "toque", reivindicar las meritorias actuaciones del general Aranguren, Jefe de la Zona de Cataluña, del comandante Rodríguez-Medel, de la Comandancia de Navarra, del comandante García Ezcurra, de la Comandancia de Guipúzcoa, del capitán Ibarrola, de la Comandancia de Vizcaya o la del también capitán Alonso Nart, en Sama de Langreo. A estos nombres habría que sumar una larga lista de anónimos guardias civiles de empleos más modestos, cuyos nombres no pasaron a las páginas de la historia, pero que los secundaron en tan adversas circunstancias.
Todos ellos, mi teniente, guardias civiles, que vestían nuestro mismo uniforme y se tocaban con nuestro mismo sombrero. Y todos ellos, guardias civiles al servicio de la República Española.
Cuando "toque", mi teniente, puede evocar su figura y su actuación ejemplar en la revista del Cuerpo, para que esta actuación sirva de guía y ejemplo a aquellos que hoy ocupamos sus puestos en el escalafón y a todas las generaciones de futuros guardias civiles, pero en esta ocasión, mi teniente, yo creo que "tocaba" hablar, o siquiera citar, los del Santuario.
Por todo ello, adjunto a la presente, a la cual pretendo darle la difusión que se merece entre los amigos y compañeros que considere acreedores a ello y para intentar paliar, en la medida de lo posible las, en mi modesta opinión, carencias de su artículo, inserto varias fotografías de una visita reciente al Santuario de la Virgen de la Cabeza que bien pudieran haber servido, al menos alguna de ellas, para ser publicadas en lugar de las que, más que ilustrar, tan sólo amenizan su reportaje.
Y nada más. Le ruego perdone el atrevimiento por haber tenido la osadía de dirigirme a usted utilizando el expeditivo método de la "carta abierta" y tan sólo le pido que considere la presente como lo que es, una simple crítica de un ex lector, a la cual, cualquier "profesional" del periodismo puede verse expuesto en su labor informativa. Por último, y para dar término a la presente, reciba usted, mi teniente, un respetuoso saludo de este su subordinado que, como no podría ser de otra manera, queda siempre a sus órdenes.



Fdo. Juan Manuel Álvarez Guerra. Cabo 1º de la Guardia Civil.
¡ - - - o O o - - - ¡

SOBRE OTRA GARZONADA.

Porque Garzón sigue a lo suyo, y si ya no es juez en activo porque la probabilidad de un delito de prevaricación nos lo ha quitado momentáneamente de encima, aún es referente de la giliprogresía.
Ahora, entre muchas otras idioteces, ha dicho que "la transición española no contó con la acción de la Justicia por lo que podría estudiarse la influencia que una transición sin acciones de la justicia puede tener en una sociedad".
Pues si, Garzón; es cierto que la Justicia no cumplió sus obligaciones durante la llamada transición. Y si alguna vez lo intentó algún juez, bien pronto saltó, sin tocar baranda, a la página de ceses del BOE.
Es cierto que la Justicia no cumplió su deber de empapelar al Isidoro socialista; es cierto que no entrulló por perjurio a Suárez; es cierto que no metió en la cárcel a Carrillo, ni a su cómplice Fraga, que siendo Ministro de la Gobernación le permitió pasearse tranquilamente, con pelucones y sin ellos.
Es cierto que la Justicia no acusó de prevaricación a los diputados de aquellas Cortes que, sin tener mandato para ello, conchavaron una Constitución tan chapucera que a la vista está donde nos ha llevado. Es cierto que la Justicia no anuló unas elecciones generales en las que la UCD utilizó fraudulentamente los recursos de la Secretaría General del Movimiento. Es cierto que la Justicia no se opuso cuando se concedieron amnistías, extrañamientos pagados a precio de oro, beneficios de toda clase, a los asesinos de ETA.
Es cierto que la Justicia no pidió cuentas al PSOE por lo que el partido robó en las cajas de seguridad de los bancos entre 1936 y 1939, ni por lo que se llevaron a Méjico en el Vita. Es cierto que la Justicia no pidió cuentas al PCE por el bandolerismo invasor y asesino del maquis. Es cierto que la Justicia no empapeló a Dolores Ibárruri por la incitación al asesinato de Calvo Sotelo.
En todo ello -y en mucho más que se haría pesado contar- es cierto que la llamada transición no contó con la acción de la Justicia, don Baltasar. ¿Empezamos a tocar esas teclas, Garzón?

lunes, 2 de agosto de 2010

SOBRE LOS DISTANCIAMIENTOS ETARRAS.

Distanciamientos de los terroristas etarras de su madrecita ETA, que a su vez les vale el acercamiento a sus familias y amistades terroristas.
Me explico. Decía la prensa -véase La Gaceta- que la terrorista Idoia López Riaño, alias 'La Tigresa', había sido trasladada cosa de un mes antes a lacárcel alavesa de Nanclares de Oca. Y todo, por una cartita enviada al señor RuGALcaba en la que contaba su distanciamiento de ETA.
La asesina López está condenada a 15 siglos de cárcel por el asesinato de 12 guardias civiles en la plaza de la República Dominicana en 1986, en un atentado que causó además 77 heridos. Y ahora, en función de su cartita a RuGALcaba, podrá -dice la tele- salir de la cárcel a estudiar, trabajar, pasear... Vamos, que estará en la cárcel como en una pensión.
Y también podrá -añado por mi cuenta, porque soy un tipo muy mal pensado-, enseñar a sus cachorros a hacer bombas, y a ponerlas. O ponerlas ella misma.
Creerse esto del distanciamiento de ETA es algo que sólo cabe en dos casos. Uno, el de ser imbécil, tonto de baba, necio supino, gilipollas con máster, idiota sumo, cretino máximo. Y a mí el señor RuGALcaba no me parece de este género de tonto.
Así es que sólo cabe que esté incurso en el otro caso: el de ser cómplice.
Y si tenemos en cuenta que las víctimas del terrorismo denuncian -tambien lo dice La Gaceta- que están sufriendo presiones del Ministerio del Interior y del PP -tomen nota los votantes populistas- para que no critiquen al Gobierno... me parece que la cosa está clara.

domingo, 1 de agosto de 2010

SOBRE QUIENES PROPICIAN EL ABORTO.

Que, según el Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, cardenal Antonio Cañizares -lo cuenta Minuto Digital- son tanto la izquierda como la derecha.
Esto lo dijo en un curso que dirige en la Universidad Rey Juan Carlos en Aranjuez, y al que asistió el señor Mayor Oreja, igualmente crítico con la Ley del aborto vigente.
Lo que uno no entiende es, por parte del señor Mayor Oreja, cómo tiene la cara dura de decir esto mientras sigue en el Partido Popular, que no tocó un coma de la Ley anterior cuando pudo hacerlo, que subvenciona abortos en clínicas privadas, y que vota a favor de considerar como un derecho lo de abortar en Europa, con lo cual están excomulgados.
Y lo que menos entiende uno, es cuanto tiempo -cuántas víctimas- ha tardado Monseñor Cañizares en darse cuenta.

SOBRE LOS GRADOS DE ROJEZ.

Grados que -se asombra Público- establece la Real Academia de la Lengua de cara a la próxima edición de su Diccionario.
En concreto, parece que para la RAE no es lo mismo un rojo que un rojillo. El rojo sería un radical, revolucionario, en tanto que el rojillo es el que sólo tiene tendencias izquierdistas.
No dice nada el rojo Público sobre si la Academia introduce la valoración de rojazo, o la de rojo de mierda, que tantos enteros está ganando.
Pero, con respecto a rojillos, temo que la Academia anda errada -sin hache, aunque cualquiera sabe-, porque la definición de rojillo la dio -como nadie y como siempre- el maestro Rafael García Serrano en su Diccionario para un macuto:
--
Ahora bien, el primer premio de las denominaciones se lo llevó aquella dulce palabra: rojillos, porque fue siempre dicha con ternura, con admiración y con respeto para el adversario. Al decir rojillo parecía como si se tendiese un puente de humanidad desde nuestras líneas a las de enfrente.
--
Con que vea la RAE si no se adelantó el maestro Rafael unas décadas, y lo que perdió no teniéndole en sus sillones.
Por cierto, que también el maestro avanza una suposición sobre la molestia de los rojos al verse llamados rojillos, en torno a la copla que cantaban los voluntarios de una Bandera de Castilla en sus primeros días serranos:
--

¿Quiénes son esos rojillos
que tenemos ahí enfrente?
Son los de la Joven Guardia
con los cuernos en la frente.
--

sábado, 31 de julio de 2010

SOBRE EL VIAJECITO JUDICIAL.

Cuenta El Mundo que el juez Pedraz ha ordenado busca y captura e ingreso en prisión para los tres militares estadounidenses sospechosos de la muerte de José Couso, el cámara de televisión que resultó muerto en Iraq en 2003.
Ni que decir tiene el pánico que se ha adueñado del ejército estadounidense, el miedo que amenaza oxidar las cadenas de sus tanques, el agarrotamiento de sus armas automáticas, el trepidar desbocado del motor de sus vehículos de transporte.
Ni que decir tiene, también, que el señor juez Pedraz ha solicitado autorización al Consejo General del Poder Judicial para darse un garbeo por Irak entre Octubre y Noviembre, a fin de inspeccionar en persona el lugar de los hechos. Porque es evidente que habrá quedado tal cual, sin tocar un ladrillo ni una mota de polvo durante estos siete años, para que los jueces españoles puedan verlo. Lo mismo que quedaron los trenes del 11-M en Madrid.
Y, por supuesto, casi es innecesario añadir que los periodistas que fueron testigos de los hechos se han mostrado dispuestos a acompañar al juez, ¡faltaría más!.

viernes, 30 de julio de 2010

MAS SOBRE LOS TOROS.

Mi camarada Rafa España -que temía no ser comprendido por ello- se mostraba a favor de la abolición de la fiesta de los toros, con una buena serie de razones.
Razones con las que no estoy de acuerdo, pero que no voy a discutir, porque en estos casos todo depende mucho de la valoración personal de cada uno.
Lo que quiero decir es que respeto profundamente tanto las razones, como las emociones, como la postura de mi camarada -de todos mis camaradas que piensen como Rafa España sobre el tema de los toros-, por una razón sencilla: porque a él -a ellos- si les creo.
Creo que mi camarada Rafa España abomina de lo que para el significa tortura hacia un animal. Creo en su buena fe y veo la lógica de sus razones. Creo en él -en ellos, que mas de uno habrá- y lo respeto, porque se que es sincero en su preocupación por la vida y es consecuente consigo mismo.
Por esa misma razón, no puedo creer a tantos otros -los abajofirmantes separatistas, los animalistas animales, los ecologistas sandía- que defienden a los animales mientras piden aborto libre y a caño abierto.
A esos no los puedo creer, así es que no me queda más remedio que despreciarlos como hipócritas y sinvergüenzas.

--

SOBRE EL MAPA DE TRAFICO.


Dice El Imparcial que en el mapa de desplazamientos previstos que ofrece la DGT no figuran ni Vacongadas ni Cataluña, cosa que le llama poderosamente la atención.
Lo que a mi me llama la atención, es que en El Imparcial no sepan que hace ya muchos años que la DGT no tiene competencias sobre la regulación del tráfico en esas dos regiones; que las competencias fueron traspasadas en cambalache a los votos necesarios en el Congreso para el partido de turno, y que ni siquiera son fiables los datos de accidentes con víctimas mortales ocurridos en ellas, porque los mandamases de sus chiringuitos autónomos envían los partes cuando y como les sale de las chapelas y barretinas.
Cosa muy de lamentar y muy escandalosa, si. Pero menos que la causa primera, el traspaso de competencias y, en suma, el despiporre autonómico, del que nadie dijo ni mú en su día.

SOBRE LA LAUREADA VALLISOLETANA.


La que -dice Público- el alcalde de Valladolid, Francisco Javier León de la Riva, del PP, se niega a retirar del Escudo de la Ciudad, a la que le fue concedida por Francisco Franco en 1940, por méritos de guerra.
Dice el señor alcalde vallisoletano que lo que va a intentar es que el Ministerio de Defensa modifique la concesión, y "se convierta en "un reconocimiento a la ciudad" por sus buenas relaciones con el Ejército.
El problema, señor León, es que la Cruz Laureada de San Fernando se concede única y exclusivamente por méritos de guerra, hasta el punto de que una buena parte lo son a título póstumo. Para arreglitos y componendas, que les den las que se autoconcedió Bono por la emplumada huída de Irak, y luego tuvo que devolver porque hasta a sus hijos les daba vergüenza.

Por cierto, que los cagurrines de Público hablan de cruz franquista, cuando un simple vistazo en Google demuestra que la condecoración se creó en 1811.

jueves, 29 de julio de 2010

DEL TORO AL BUEY.

Define la RAE la palabra toro -en el avance de la vigesimotercera edición- como macho bovino adulto, en primera acepción, y como hombre muy robusto y fuerte, en segunda.
En cambio, de buey no hay ninguna actualización disponible, de manera que se queda en lo que siempre ha sido, sin más florituras ni especificaciones: macho vacuno castrado. Sólo por aproximación, y en lo que a tauromaquia se refiere, puede admitirse por toro de lidia mansurrón. Y en Méjico, Nicaragua y Guatemala lo podremos decir de la persona tonta, mentecata.
Y traigo esto a colación porque la prohibición de la fiesta de los toros perpetrada ayer en Catalunya -no Cataluña- tiene más de semántica de lo que puede parecer.
¿Qué pueden ser, sino personas tontas y mentecatas, las que condenan una especie a la extinción? ¿Qué pueden ser, sino pobres castrados, los que no entienden que el toro -no el buey, el toro- nace y vive para morir en la plaza?
Acaso sean -sobre capones y mentecatos- pobres aldeanos. La Cataluña moderna, que presumía con razón de europeísmo, se ha revuelto sobre su catetez más acérrima separándose también -con tal de distanciarse de España- de la Francia taurófila con la que linda. Expulsa de su tierra a los que quieran disfrutar de un espectáculo cultural, obligándolos a ir al país vecino del Norte, o a cualquier provincia española donde no manden los capados. Expulsa esta Catalunya -no Cataluña- pija y plebeya, los versos de Federico García Lorca; expulsa a Hemingway y a Ava Gardner. Expulsa a los ciento y pico periodistas de los más prestigiosos medios de comunicación que ayer habían venido atraídos por las noticias sobre los toros, y que hoy ya no tienen noticia.
Acaso sean nada más que hipócritas. Hipócritas que se comen tan a gusto un pollo, un solomillo, un buen jamón de jabugo, un cordero asado. (Cabrito seguramente no, por aquello del canibalismo). Hipócritas que saben perfectamente cómo han sido criados los pollos y las terneras; cómo han sido muertos los cerdos, cómo los corderos.
Idiotas cuyo objetivo en la vida es una pretendida defensa de los animales -animales que condenan a la extinción-, pero que jamás dirán nada de, por ejemplo, el cada vez mayor número de hijos que maltratan a sus padres. ¿Cuantos de esos maltratadores a los padres -o a los hijos- se despepitarán porque el toro de lidia, el toro bravo, el toro a secas, muera en la plaza?
Decía Público que los animalistas habían reunido 180.000 firmas para presentar esa iniciativa legislativa popular para prohibir las corridas de toros con "argumentos éticos", ya que es "una cuestión de sufrimiento".
No me voy a molestar en sugerir a los animalistas que presenten la misma iniciativa contra las leyes que permiten el aborto de seres humanos. No les voy a dar el argumento ético de que quitar una vida humana se llama asesinato, término que ellos aplican tan indebidamente a la vida animal. No les voy a dar el argumento del sufrimiento de la criatura cuando la despedazan en el vientre materno. Ni siquiera les voy a dar el argumento científico de que cada ser vivo es único e irrepetible.
Los animalistas se consideran iguales a los animales, y no seré quien se lo niegue. Lo son. Por ello no caben razonamientos, ni se puede esperar que entiendan la diferencia entre un toro, un manso y un buey.
Para los no animales; esto es, para los seres humanos, aquí les dejo unos fragmentos de LOS TOROS DE IBERIA, de Rafael García Serrano:

********

-Ahora podríamos estar en el prado alto, debajo de los pinares. Oleríamos el humo que trae el viento del anochecer. El hijo del amo tocaría la flauta.
-Oh, no, sólo por eso ya merece la pena estar aquí -dijo un esteta cornigacho de malas costumbres-. Toca muy mal. Son silbidos insoportables, sus músicas. Tan insoportables como el chistu.
Se calló un momento y aclaró las cosas. La elocuencia razonadora siempre echa a perder las afirmaciones dogmáticas.
-A mí, sin poder remediarlo, me suena el chistu como un latigazo. ¿Y a vosotros?
-A nosotros... Bueno, primero tú te callas. En cuanto al chistu opino que es maravilloso. Mi amo danza en la puerta de su casa y yo lo veo desde el prado. O danza en el manzanal. A mí me gusta. ¿Y a ti?
El esteta guardó un prudente silencio. Hay que reconocer su razón.
Sin embargo, su interlocutor no era del mismo parecer y repitió la pregunta:
-¿Y a ti? He dicho que a mí me gusta. ¿Y a ti, elegante sarnoso, a ti te gusta? ¿Crees que puedes dejar de contestarme? Anda, dilo.
-No mucho, claro, pero es indudable que pueda encontrarse en él cierta belleza. La belleza está en todas partes, aquí y allá. Depende de cómo se mire, incluso del estado de ánimo. Confieso que a veces me emociona, aun en contra de mi voluntad me gana por la mano y me llega hondo... Que me emociona, compadre...
-Compadre, ¿qué? Nadie te ha pedido tu opinión.
Lo rotundizó con esa irrebatible lógica de los flamencos y el pobre esteta regresó de nuevo a lo que después llamarían Sancho. Pero la conversación, imperceptiblemente, comenzaba a madurar de nostalgia, a amarillear como un otoño improvisado y todos querían vaciar el odre de los recuerdos.
-No está mal el baile entre los manzanos. ¿Y la prusalda y la mutildanza?
-¿Pero y hacerlo sobre el pretil de un puente, jugándose el tipo, porque el río, además de no ser hondo, tiene el lecho todo cubierto de piedras?
-Hay mérito en eso. Ahora que te aseguro una cosa: a mi amo cuando baila le da lo mismo un prado, que una plaza, que un camino, que un pretil, que la punta de una cucaña, que la punta de un cuerno. Menea las patas con tal fe, tan abstraído, tan fuera de lo que le rodea, que sus pies tienen el talento de un cabestro, la agilidad de un añojo y la malicia de una vaca vieja. Así es imposible que pierda el equilibrio.
-Es cierto. Mi hermano lo quiso hacer. Se alzaba de manos y corcoveaba lindamente. Se desgajó una pezuña y los amos lo apuntillaron diciendo que estaba loco.
-A veces no hay quien los entienda.
-Todo eso está muy bien, compadres. Sin embargo, por mi parte, prefiero el pienso a la música y la danza. Después de trabajar todo el día me gusta el vaho del encerradero y el comer sin pensar en nada.
-Tragayerbas, ¿y la poesía?
-No la conozco. ¿Tú eres de la Regata?
-No: soy de los Montes Altos -respondió el joven torete mirando al buey con descortesía. La verdad es que dijo los «Montes Altos» casi con impertinencia, como quien escupe a la Regata desde la cima de una nobleza imponente. Y los Montes Altos no son desdeñables, pero jamás poseerán el salmón y las truchas que guardan las venas de la Regata. Unas truchas rubiales, cubiertas de pecas rojas como las campesinas de Holanda. Quizá más sabrosas.
-Así que de los Montes Altos. Es decir, no muy lejos de la Regata. ¿Poesía es algo bueno?
-Algo maravilloso: da la vida...
-Comprendo: entonces no me llames tragayerbas. También en la Regata comemos heno.
-... aunque a veces quita el apetito.
-Ah.
El torete intelectual mugió despreciativamente y le hizo coro el esteta. No puede negarse que en aquel momento los dos simpatizaban mucho, cosa que al buey le traía sin cuidado. Rumiaba con indiferencia, con calma suprema, demostrando hasta qué punto la superioridad vital va ligada al modo de digerir. El superhombre debe tener estómago bovino.
Todo el campamento conversaba con cautela. La noche pesaba sobre los rebaños y terminada la marcha comenzaban los toros a inquietarse por su destino. Esto se nota siempre en el tono de la plática. Cuando los animales se ponen levemente nostálgicos, o están a dos pasos del miedo, ya pastando zozobras, o están a dos pasos del amor, que es una delicada zozobra. Allí de amor no había ni que hablar: las hembras quedaron en las tierras lejanas y esto era la primera vez que ocurría. Un remusguillo como de indigestión les pesaba en la tripa, sobre todo a los animales de labor. En la barriga les hormigueaba un miedo sutil que algunos aún llamaban poesía y por eso charlaban cercando la danza, el chistu, los pinos, el manzanal, el prado y hasta el pienso.
-¿Por qué nos habrán traído aquí?
-Y qué te importa, tonto. Manda el amo y obedeces. El hombre lo puede todo.
-Me extraña sobremanera que protestéis vosotros que vivís como esclavos -apuntó gallardamente uno de los colorados-. Nosotros a veces combatimos contra él...
-No.
-Contra él, sí. Nos cita desde lejos y vamos hacia su cuerpo. Él espera erguido, firme como la garrocha que tiene en sus manos y cuando ya parece que lo vamos a enganchar en la cuerna, que vamos a hendir su carne y oler su sangre y azotarlo en el aire como a una pluma, salta sobre nosotros y queda detrás, más allá de la cola, riéndose. A veces, sin embargo, le falla la vista o se le quiebra el palo, y entonces...
-¿Qué ocurre?
Tenían la cara de ansiedad que sólo conocen las abuelas cuando interrumpen a la mitad un bello cuento de miedo. O la que se saben de memoria las coquetas cuando nos niegan un beso después de haber autorizado los dulces pensamientos. En fin, una cara que no conocemos nosotros porque en ninguno de los dos instantes estamos con humor de mirarnos al espejo.
-Imagínatelo. Si no acuden los suyos a tiempo, con los mantos, con las garrochas o con los caballos, muere.
-¿Muere?
-¡Qué costumbre más estúpida, eh! -despreció el narrador.
-¿Os atrevéis a tanto?
-Ése es el juego. Bah, vosotros no podéis entenderlo. Solamente trabajáis como siervos. Eso no deja espacio al talento. Y luego os comen.
-También a vosotros.
-Pero antes nos sacrifican a los dioses. Esto es un honor. No es lo mismo ser destinado a un banquete sagrado que a la comida de todos los días.
-A mí me daría igual.
-A ti, sí, arrastrador de carretas, esclavo de una rueda. Me dais tanto asco como los griegos.
-¿Qué son los griegos?
-Unos hombres que viven de perfil. Su tierra está más allá de donde termina el río. Son comerciantes y huelen que apestan.
-Y tú, ¿tienes idea de por qué estamos aquí todos? Nosotros, los de labor y vosotros los...
-Vosotros los esclavos y nosotros los toros libres. Sí, lo sé. Hay guerra.
-Siempre la hay. Pero es negocio de ellos.
-Esta vez no, y apréndelo para siempre. Han venido extranjeros.
-¡Qué más da!
-Todos los que no son mi amo o los amigos de mi amo, son extranjeros.
-Sois tardos como mansos. Los que vienen quieren dominarnos.
-¿Y qué tenemos que ver nosotros con eso?
-Mira: existe una magia en el mundo que se llama civilización. Eso quiere decir que los que la poseen saben matar mejor y más de prisa que los demás. ¿Me sigues? Nuestros amos son valientes y libres. Pero son menos numerosos que los extranjeros y, según rumores, no demasiado civilizados.
-Pues de vez en cuando se dan cada tute de civilización... La última guerra dejó casi sin hombres a mi tribu.
-Pero sin orden, sin armonía, sin pensarlo. Oh, es muy distinto. Bien. Como ahora se trata de una batalla a vida o muerte, ya no van a combatir ellos solos. Les vamos a ayudar nosotros.
-¿Y no tienen bastante con las levas del Llano, de la Montaña, de la Ribera?
-Te aseguro que yo no tengo nada que ver con sus guerras. Con todos los respetos, nada, ni un poco.
-Para terminar en la barriga de un hombre, me es igual una que otra. No tengo caprichos.
-Ah, no, eso no. Prefiero yacer en la barriga de mi amo. Él me protege, me cura y en las fiestas sus hijos me cuelgan guirnaldas de los cuernos. Además -rememoró meditabundo-, es tan lustrosa, tan oronda...
-¿Ves? Éste lo entiende mejor. Apuesto a que tu abuelo era de mi casta.
-Confieso que la idea no me cabe entre los cuernos.
-Claro, tú sabes lo que es trabajar, pero no lo que es servir. Viéndote tan imbécil casi le tengo simpatía al caballo. Ése sí que sabe de guerras. Y es valiente.
El obtuso animal fue a contestar, pero no le dejó hacerlo el bramido terrorífico del Toro Rojo. Destacaba su hermosa planta sóbre una leve ondulación del terreno. Mugió a los cuatro vientos y todos los cornúpetas volvieron sus cabezas hacia él.
-Escuchad, vosotros, los montañeses; escuchad los del Llano; acercaos a mí, vosotros, los fieles toros colorados, los de mi casta, los hijos del Río.
Un inquieto rumor de apiñamiento se produjo entre las manadas. Se empujaban ciegamente para acercarse al Toro Rojo, por oír de cerca su voz potente que daba valor. Parecían los toros un apretado racimo de cuernos, un enorme racimo de uvas negras, de uvas color de vino, sin madurar y entre ellas algunos granos con el color desvaído del moscatel. Los hijos del Río, los carriquiris, sentían un frío orgullo y los tranquilos bueyes de la Montaña, los toros labradores del Llano, las vivientes despensas de los hombres, participaban de aquel orgullo porque también a ellos les había convocado el mugido del soberbio Toro Rojo, que se alzaba sobre los demás con el sublime despotismo de una fogarata. Resultaba bello y terrible, igual que un incendio en los bosques.
-Nuestros amos obedecen al príncipe. Orison se llama y combate contra los cartagineses. Los cartagineses son unos comerciantes que a cambio del oro dan cuchilladas. Un comerciante armado es un bandido. Ahora se les ha subido el poder a la cabeza y quieren pisotear nuestros pastos y hacer esclavos a nuestros amos. Quieren tostarnos ante sus dioses de boñiga, como si fuésemos despreciables bueyes de cuernos retorcidos, a nosotros que combatimos contra el amo y pastamos en los Bosques Sagrados que él adora. Vosotros, los de la Montaña y el Llano, debéis fidelidad a los hombres que os poseen. La fidelidad obliga a todo. Nosotros, los toros rojos de la Ribera, no solamente trabajamos y servimos a nuestros amos: también jugamos con ellos. La garrocha, el quiebro y la carrera. Servir y jugar, luchar con ellos, hace que nos sintamos doblemente obligados. También dicen de sus guerreros valientes: son fuertes como toros.
Un murmullo de aprobación salió de la asamblea. ¡Cómo respetaban al hombre, cómo lo querían en aquel momento! Las mujeres y las multitudes -aunque sean de toros- se regodean con el piropo. Ni por uno solo de los animales cruzó ese tan corriente pensamiento: «Está vendido al pienso del hombre.» Ni por uno solo. Tenían más talento que los asistentes a un mitin.
-Yo sé que vamos a participar en la batalla, sé que vamos a ser utilizados contra los cartagineses.
Sinceramente hay que decir que las opiniones comenzaron a dividirse. Los toretes riberos se inquietaban con la impaciencia de los adolescentes antes de una pedrea. Los sesudos bueyes de la Montaña iban dándose cuenta de que la muerte, una muerte incierta, tenebrosa, rondaba en su torno y se les hacía más difícil soportar esta idea recordando su vida apacible en las tierras altas, en los verdes bosques, en los prados gentiles. Los del Llano conservaban su impasibilidad: para ellos cualquier decisión era prematura.
-Debo deciros que no sé de qué modo van a utilizarnos. Pero me tranquiliza pensar que todos estarán de acuerdo en obedecer a los hombres. Lamentaría una disensión aunque reconozco que cada cual es libre de pensar como quiera. Sin embargo, quien no obedezca a los hombres será un cobarde y antes o después se las entenderá conmigo. O con cualquiera de los de mi casta.
Hubo un silencio que subrayó el río. Los toros se miraban unos a otros, con la duda en los ojos, con la disconformidad expectante a flor de piel. Los carriquiris braveaban como veteranos, escarbaban con la vista puesta en los corrillos dubitativos. El Toro Rojo, lentamente, recorrió con la mirada toda la asamblea. Se levantaban rumores, mugidos espontáneos que apagaba con su paso. Había algo irónico en sus maneras, una como mueca burlona ante el pasmo de la mayor parte de los que tenía ante sí.
Los pastores que velaban se inquietaron observando la agitación del ganado. Se oían a lo lejos los gritos de los centinelas y la ardiente media luna del castro era un presentimiento que sólo descifraba la sabiduría añeja del Toro Rojo. Y la estrategia elemental y cruel de Orison.
-Entonces, ¿todos de acuerdo?
(En el fondo uno disfruta al comprobar, a través de la Historia, que el pucherazo heroico siempre ha sido igual y que las asambleas deliberantes terminan en un poderoso corte de mangas del más fuerte.)
Los pastores escarbaron la hoguera, echaron un trago y volvieron al sueño de las liebres.

***


Arrimaban los hombres la leña. Leña seca, bien segada en los bosques, bien trabajada después con las vertiginosas hachuelas. Ramas gigantescas, cargas enormes de sarmiento tan propicio al fuego como una cortesana de Gades. Y al fondo las carretas, desbordantes de más leña, y tras de las carretas, nuevas pilas de leña, torrecillas simétricas que también habían sido movilizadas para la guerra de Orison. Se trabajaba en silencio, como si ya el enemigo pisara en el caliente mediodía, como si un pie indiscreto pudiese revelar la presencia de aquel campamento que preparaba su añagaza.
Orison regalaba a sus capitanes con una feroz alegría que pocas veces habían observado en él. Fuera de su habitual distanciamiento, como si hubiese saltado el cerco de su linaje para aproximarse a los hombres que le veneraban, el príncipe se mostraba exuberante, campechano, casi demasiado popular, como un borbón remoto y autárquico. Hablaba por los codos y de vez en cuando se volvía hacia Megara, con un gesto impaciente que cortaba de momento la cordial exhibición principesca. Entonces Megara lo devolvía a su jubiloso estado de ánimo con este reconfortante sin novedad.
-Amílcar aún no se ha movido, señor.
Y como si de golpe necesitase amarrar bien su confianza, remachar los clavos de su plan, disparaba preguntas en su torno, preguntas que ya habían sido contestadas repetidamente aquella misma noche.
-Amcon, ¿los pastores están listos?
-Sobre los caballos, señor.
-¿Hay voluntarios para los bueyes de tiro, Edesco?
-Todos los del Llano, señor. Y si fuera necesario, Herennio, el jefe de los del Toro Rojo, se ofrece con sus hombres para montar los novillos.
-No me sirve eso. Que vayan a caballo, a un paso de los cuernos, conduciéndolos a su destino, si es que son capaces. Los toros se van a volver locos y habrá que tener mucho aguante. Edesco: tu hermano Herennio y sus hombres van a morir.
-Esto es lo que suele pasar, señor.
-Quiero una guardia segura en los flancos de la torada. Que no se me dispersen porque entonces todo sería inútil. ¿Los de la Ribera, no?
-Alcidio y Lónico, uno a la derecha, el otro a la izquierda. Avaros está ya sobre el campamento cartaginés: sus hombres esperan la ocasión que les brindas. Y Amílcar -insistió Megara- no se ha movido. Avaros me envía mensajeros constantemente. Puedes estar tranquilo: si Amílcar intentase cualquier movimiento inconveniente, Avaros se divertiría mucho. De él puede esperarse todo, y cuando está frente a Amílcar, hasta paciencia.

***

-Más madera en el testuz. ¿Querrán transformarnos en ciervos?
-Yo podría estar en mi pasto, junto al viejo buey que nos cuenta leyendas del Primer Toro, y ahora, lejos de su sabiduría voy a morir y no sé de qué horrible manera.
-Calla.
-Si supieses cómo mi amo acariciaba mi carne, cómo la boca se le hacía agua calculando mi sustancia. De mi piel hubiese sacado un par de abarcas, un morral y un escudo. Para la fiesta de la Montaña Gris hubiese ido al sacrificio. Pero no como aquí, en esta tierra seca y sucia, sino por el camino verde, con rosas silvestres en los cuernos, y danzarines en la pradera, y los hijos de mi amo sobre el lomo, gritando de júbilo.
-Yo no, yo no me dejaré, quia. Estoy seguro de que van a intentar algo horrible con nosotros. Mira, ¿sabes lo que te digo? Pues es bien claro: que-se-las-en-tien-dan-e-llos. En la primera ocasión, deserto. Sé de una collera lenta. Hay que marchar hacia arriba, siempre hacia arriba, dejando el río a la cola. Cuando se vean los montes azules ya el viento nos traerá un rastro de felicidad. ¿Vendrás conmigo?
-Oh, yo...
-Sí, no seas cobarde, vente...
-Pero es que precisamente por eso...
-¿Todavía no lo has comprendido, buey de mil años, pasto de cuervos? ¿Qué ganas tú en este asunto? Te repito.
Y más alto aún, más desafiante, buscando una pelea por huir de otra, que es lo que les pasa en definitiva a todos los amotinados, volvió a la carga.
-Nada me importa su guerra. Ellos la ganan y ellos la pierden. Pues que se las entiendan ellos. ¿Quieres más? Escucha entonces: ni-mi-a-mo-me-im-por-ta-na-da. Te lo juro por el Primer Toro.
Aliviaban su temor hablando en este tono. Pero a cada instante veían acercarse el peligro y se estremecían sus vísceras y temblaban sus arrobas como la leve hojarasca otoñal. Eran una manada sin moral, dando diente con diente, murmuradora y soez. Porque insultaban al amo y lo que es peor, al Toro Rojo. Los toros de la Ribera se miraban entre sí con ganas de liarse a trompicones, pero un prudente recelo ante la masa les colocaba al margen de la decisión. Solemne, el Toro Rojo, el bravo entre los bravos, renunció a defenderse cuando seis hombres se dispusieron a sujetarle un haz de leña sobre la soberbia cornamenta. Dejó hacer con serenidad comprensiva. Esto elevó la moral de los rebaños que obedecieron disciplinadamente la contraseña de las colleras.

***

-Ya es la hora.
Lo dijo Orison. Lo oyó el Toro Rojo y por vez primera sintió ese frío inexplicable que cualquier psicólogo poco experimentado confunde con el temor. Temía el pánico en los suyos, temía no poder dominarlo con su intervención.
Los hombres de la Ribera prendieron fuego a las hachas de mano y con las teas encendidas fueron rodeando a las manadas. Todo el horizonte ardía. Ardían las colinas. El Toro Rojo miraba a su alrededor. Un hombre arrimó su fuego a los cuernos de un novillo. Saltó la llamarada. Entonces se oyó un mugido doloroso, alarmante.
-Tú dijiste que los extranjeros nos querían tostar para sus dioses. También los amos lo hacen y no sabemos...
Se abalanzó el Toro Rojo sobre el quejica. Enfurecido buscó la puñalada certera, el cornalón mortal: lo buscó con tal chulona habilidad que cayó al suelo el que protestaba, entre sangre y fuego. La sangre era como un tizón. Después comenzaron a llover sobre la manada teas encendidas, puñados de llamas, brasas, yerbas ardiendo.
Los toros trataron de huir. Querían matar a los vaqueros y los vaqueros se dejaban perseguir manteniendo las cabalgaduras próximas a los cuernos, en un jugueteo bravío. La manada descendió la colina vertiginosamente. La rodeaban jinetes de Orison arrojándole teas incendiarias. Ardía la manada.
En el testuz del Toro Rojo prendió el fuego. Aumentó el dolor y la ira. Después, poniéndose al frente de los rebaños fingió perseguir a los guías, pero a los hijos del Río que corrían junto a él les dijo:
-Hay que seguirlos hasta el fin.

***

Y entonces se encendió de nuevo el horizonte, otra vez tembló la tierra, otra vez los gritos y los bramidos hicieron de la noche un ara de sangrientos sacrificios. Los soldados palidecieron de espanto. Solamente Amílcar aceptó el envite con pulso firme. Ordenó abrir filas a la Legión Sagrada y colocó al frente a los elefantes cachazudos, buscando en su fortaleza un baluarte en el que se estrellase la rabia inconcebible de aquel ataque. Los pesados animales maniobraron con pausa. Pronto se vieron envueltos por el torbellino córneo. Los toros pateaban con furia, ciegos de dolor; prendían en sus cuernos los cuerpos que tropezaban y los dejaban caer al suelo para huir de su propio pánico. Los vaqueros guías cayeron bajo una lluvia de flechas y desaparecieron pisoteados en aquel sangriento lagar. Los toros bramaron, acribillados por banderillas militares.
Hirtuleio sintió a su caballo herido alzarse de manos, con sorpresa de alta escuela. Repentinamente le ganó lo pavoroso del momento. Después se encogió de hombros, miró a su alrededor y de un brinco fue a caer sobre el lomo del Toro Rojo. Gritaba como un poseído, con sus uñas clavadas en el cuerpo del Toro. Sabía que iba a morir despedazado, que su cuerpo -fuerte, joven, sabio en la guerra y en el amor- chascaría un instante, un solo instante, pero no temía nada de esto. Temía perder el espectáculo, la bravura infernal de aquella carga, la visión próxima de las filas cartaginesas desconcertadas, deshechas, trituradas. Frente a la Legión Sagrada aquel batallón de los toros del fuego, de los toros sagrados. La sed de muerte le llenaba el alma y como un general de las fuerzas silvestres, como un mariscal de las tranquilas fuerzas que el horror levanta en los pacíficos animales de la destreza, la carne y el trabajo, como un mítico conductor de la tierra, su voz -que él creía omnipotente- arengaba la furiosa manada de los toros de Iberia.
Ardía la noche. Ardían los animales. Ardían los hombres y las estrellas. Todo el campo ardía y los ayes espantosos y los gritos de terror eran una ligera llamarada, unos simples fuegos fatuos, en mitad de aquella gigantesca hoguera. Junto a las carretas y los toros muertos, ardían los elefantes. Desesperados, usaban de su poder para golpear a los toros, que rodaban como pelotas, y caían animales sobre animales y las pezuñas se hundían en el pecho de los hombres, rompiendo las costillas con golpes secos y pateaban en los vientres y pulverizaban las cabezas. De nada servían las armas diestras y el valor sereno. Todo el suelo de lberia combatía contra los intrusos y en torno a la degollina, los montañeses -a la espera y casi con reclamo, como en las palomeras del país verde-, los del Llano y los de la Ribera, acuchillaban a los fugitivos. Corrían los soldados alocadamente, se mataban entre ellos mismos buscando una salida inexistente. Galopaban las colleras circundando el campamento y arrojaban teas y pronto el campamento fue otra brasa en la hoguera nocturna. Con alaridos jubilosos, algún jinete, garrocha en mano, derribaba a un cartaginés con el aire tranquilo de los tentaderos.
Amílcar se cruzó de brazos y esperó la muerte. El Toro Rojo, acribillado, con los ojos rotos, corría hacia él. Sobre el lomo cargaba con Hirtuleio. Hirtuleio había muerto y aún se mantenía -con uñas y dientes, con las piernas apretadas al vientre del animal- sobre el lomo del Toro Rojo.
Amaneció Dios sobre la matanza. Un viento cariñoso -de mano blanca, no de soplillo plebeyo- aventaba cenizas. La muerte estaba allí, más fea que nunca, más descarnada que nunca, más risueña que nunca, perfumándose en la chamusquina, paseando entre los cadáveres pisoteados. En las colinas cantaban los hombres de Orison. Cantaban la victoria, cantaban la ira y el ataque, cantaban a los héroes, a la sangre, a las muchachas lejanas, a la bandera y al príncipe. Chirriaban los chistus como vencejos primaverales. Más allá del campo de batalla el gran Toro Rojo seguía su carrera.
Ciego, le colgaban los ojos de las órbitas; desgarrado el cuerpo, ya no tenía sobre su escudo viviente a Hirtuleio. En sus cuernos llevaba clavado a un cartaginés que apagó con sangre el incendio de su testuz. Marchaba calmosamente, aspirando el frescor del río cercano. Quería llegar hasta él y beber agua y luego dejarse arrastrar por la corriente, por la dulce corriente, y morir olvidando las brasas vivas y los haces de leña, olvidando a sus compadres achicharrados. Tomaba el rastro del río por el aroma verde de los juncos. Cuando sus patas notaron el agua, se detuvo. Entonces quiso desprenderse del cartaginés. Cabeceó con violencia y el cuerpo deshecho de Amílcar Barca fue recogido por el dios Ebro. Lo arrastró lentamente, con una pausa de exequia, de portador de trofeos.
Y cuando el Toro Rojo cayó muerto, la fresca lengua del río le lamió las heridas. Era una devolución de la ofrenda. Como una caricia a los toros de Iberia.

miércoles, 28 de julio de 2010

SOBRE MAS MEMORIA HISTORICA.

En los años inmediatamente anteriores a la muerte de Franco, y en especial durante la llamada transición -que mejor le cuadraría sin las letras n y s- la Iglesia española tuvo una actitud, como poco, pusilánime. Eran los tiempos en que algunos, que veían crecer la hierba y se olían la tostada, gritaban aquello de Tarancón al paredón, consigna a la que muchos nos sumamos al poco tiempo.
Mi idea sobre el papel de la institución eclesial en aquél tiempo es conocida. En ocasiones me ha costado discusiones dolorosas, pero sigo pensando que la jerarquía tuvo un papel importante en la destrucción del espíritu de España que allí comenzó. Tuvo demasiado interés en el aggiornamiento al itálico modo, tuvo demasiado miedo, demasiada cobardía, demasiada apatía y demasiada comodidad. Por tanto, demasiado incumplimiento de sus deberes pastorales y de sus deberes sagrados de magisterio.
Ahora, por gentileza de una amable comunicante, me llega el enlace a una pastoral de Monseñor Marcelo González Martín sobre el referéndum de la Constitución; pastoral que no conocía hasta ayer, no se si porque no se le dio en su momento la debida publicidad o porque ya el taranconismo me había distanciado de la institución eclesiástica.
El caso es que es de justicia reconocerle a Monseñor González Martín la vista que tuvo, y el valor que derrochó en aquella ocasión, y es bueno que todo el que quiera lo pueda comprobar:

---

ANTE EL REFERÉNDUM SOBRE LA CONSTITUCIÓN

--
Instrucción Pastoral del 28 de noviembre de 1978
--
(Publicada en el Boletín Oficial del Arzobispado de Toledo de diciembre de 1978,
páginas 597-600)
--

Queridos diocesanos:
--
El momento en que los ciudadanos españoles han de dar su voto sobre la nueva Constitución está próximo. Los católicos saben que este momento compromete gravemente su responsabilidad ante Dios.
La Conferencia Episcopal ha invitado a que cada uno decida el sentido de su voto, no arbitrariamente, sino formando criterio, según la conciencia cristiana. Pero numerosos fieles de nuestra Diócesis, sacerdotes y seglares, nos piden más luz, para ayudarles a formar su juicio. La petición corresponde a un derecho de los hijos de la Iglesia. Y está ciertamente fundada: porque advierten que en un examen del proyecto de Constitución a la luz de la concepción cristiana de la sociedad aparecen elementos negativos o, como dice la nota del Episcopado, “ambigüedades, omisiones, fórmulas peligrosas” ante las cuales se suscitan reservas lógicas desde la visión cristiana de la vida.
El hecho de que haya valores políticos que se estiman positivos no dispensa de ponderar seriamente los elementos negativos. ¿Estos elementos son acaso deficiencias tolerables, bien porque no pudiendo evitarlos se compensan con los valores positivos, bien porque tolerándolos se evitan males mayores? ¿O, por el contrario, son gusanos que inficionan toda la manzana, haciéndola dañina o inaceptable?
Queremos cumplir con nuestro deber irrenunciable de responder a las consultas de los fieles y, vamos a hacerlo desde una perspectiva puramente moral y religiosa. Nos lo impone la misión que Cristo y la Iglesia nos han encomendado. Seguimos con ello el ejemplo de la Santa Sede y de otros obispos del mundo entero en situaciones parecidas.

______________

En el examen que paso a hacer me detengo, bajo mi exclusiva responsabilidad, en algunos puntos que estimo exigen una mayor aclaración. He aquí los principales:
1. La omisión, real y no solo nominal, de toda referencia a Dios.
Estimamos muy grave proponer una Constitución agnóstica –que se sitúa en una posición de neutralidad ante los valores cristianos- a una nación de bautizados, de cuya inmensa mayoría no consta que haya renunciado a su fe. No vemos cómo se concilia esto con el “deber moral de las sociedades para con la verdadera religión”, reafirmado por el Concilio Vaticano II en su declaración sobre libertad religiosa (DH, 1).
No se trata de un puro nominalismo. El nombre de Dios, es cierto, puede ser invocado en vano. Pero su exclusión puede ser también un olvido demasiado significativo.
2. Consecuencia lógica de lo anterior es algo que toca a los cimientos de la misma sociedad civil: la falta de referencia a los principios supremos de ley natural o divina. La orientación moral de las leyes y actos de gobierno queda a merced de los poderes públicos turnantes. Esto, combinado con las ambigüedades introducidas en el texto constitucional, puede convertirlo fácilmente, en manos de los sucesivos poderes públicos, en salvoconducto para agresiones legalizadas contra derechos inalienables del hombre, como lo demuestran los propósitos de algunas fuerzas parlamentarias en relación con la vida de las personas en edad prenatal y en relación con la enseñanza.
Por falta de principios superiores la Constitución ampara una sociedad permisiva, que –según advirtió oportunamente el Episcopado Español- no es conciliable con una sociedad de fundamento ético; y por lo mismo es contraria al ejercicio valioso de la libertad. La libertad no se sirve con la sola neutralidad o permisividad o no coacción. Se sirve positivamente en condiciones propicias que faciliten el esfuerzo de los que quieren elevarse hacia el bien. Al equiparar la libertad de difundir aire puro y la libertad de difundir aire contaminado, la libertad resultante no es igual para todos, pues en realidad se impide la libertad de respirar aire puro y se hace forzoso respirar aire contaminado.
3. En el campo de la Educación, la Constitución no garantiza suficientemente la libertad de enseñanza y la igualdad de oportunidades. Somete la gestión de los centros a trabas que, según dice una experiencia mundial, puede favorecer a las tácticas marxistas. La orientación educativa de la juventud española caerá indebidamente en manos de las oligarquías de los partidos políticos.
Sobre todo, no se garantiza de verdad a los padres la formación religiosa y moral de sus hijos. Porque no basta consignar el derecho de los padres o los educadores a recibir la formación que elijan. Es también derecho sagrado de niños y jóvenes, reafirmado por el Concilio Vaticano II, que todo el ámbito educativo sea estímulo, y no obstáculo, para “apreciar con recta conciencia los valores morales” y para “conocer y amar más a Dios” (Grav. Ed., 1). Pues bien, la Constitución no da garantías contra la pretensión de aquellos docentes que quieran proyectar sobre los alumnos su personal visión o falta de visión moral y religiosa, violando con una mal entendida libertad de cátedra el derecho inviolable de los padres y los educandos.
El mal que esto puede hacer a las familias cristianas es incalculable.
4. la Constitución no tutela los valores morales de la familia, que por otra parte están siendo ya agredidos con la propaganda del divorcio, de los anticonceptivos y de la arbitrariedad sexual. Los medios de difusión que invaden los hogares podrán seguir socavando los criterios cristianos, en contra de solemnes advertencias de los Sumos Pontífices dirigidas a los gobernantes de todo el mundo, y no solamente a los católicos.
Se abre la puerta para que el matrimonio, indisoluble por derecho divino y natural, se vea atacado por la “peste” (Conc. Vat.) de una ley del divorcio, fábrica ingente de matrimonios rotos y de huérfanos con padre y madre. Como han señalado oportunamente los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Valladolid y otros, la introducción del divorcio en España “no sería un mal menor”, sino ocasión de daños irreparables para la sociedad española.
5. En relación con el aborto, no se ha conseguido la claridad y la seguridad necesarias. No se vota explícitamente este “crimen abominable” (Conc. Vat. II). La fórmula del artículo 15: “Todos tienen derecho a la vida”, supone, para su recta intelección, una concepción del hombre que diversos sectores parlamentarios no comparten. ¿Va a evitar esa fórmula que una mayoría parlamentaria quiera legalizar en su día el aborto? Aquellos de quienes dependerá en gran parte el uso de la Constitución han declarado que no.
Estos son, a nuestro parecer, los riesgos más notables a los que la Constitución puede abrir paso. Su gravedad es manifiesta, los que por razones de orden político se inclinen a un voto positivo consideren ante Dios si realmente hay mayores males que justifiquen la tolerancia de un supuesto mal menor, sin olvidar que no es lo mismo tolerar un mal, cuando no se ha podido impedir, que cooperar a implantarlo positivamente dándole vigor de ley.
Recuerden los ciudadanos creyentes que, como dice el Concilio Vaticano II, “en cualquier asunto de orden temporal deben guiarse por la conciencia cristiana, dado que ninguna actividad humana, ni siquiera en el dominio temporal, puede sustraerse al imperio de Dios“(LG 36). Por tanto su voto ha de favorecer aquellas estructuras sociales que no estén en pugna con la ley de Dios y que resulten estimulantes para la moral pública y la vida cristiana.
Lamentamos que muchos católicos se vean coaccionados a votar globalmente un texto, algunos de cuyos artículos debieran haber sido considerados aparte. Hay muchos creyentes que, con toda honradez y con la misma elevación de miras que invocan los demás, sienten repugnancia en el interior de su espíritu a votar a favor de un texto que muy fundamentalmente se teme que abra las puertas a legislaciones en pugna con su concepto cristiano de la vida. Su repugnancia nace d emotivos religiosos, no políticos. Decirles simplemente que es después de la Constitución cuando tiene que luchar democráticamente para impedir el mal que puede producirse, y negarles que también ahora democráticamente tengan derecho a intentar evitarlo, es una contradicción y un abuso.
Cuando por todas partes se perciben las funestas consecuencias a que está llevando a los hombres y a los pueblos el olvido de Dios y el desprecio de la ley natural, es triste que nuestros ciudadanos católicos se vean obligados a tener una opción que, en cualquier hipótesis, puede dejar intranquila su conciencia hasta el punto de que si votan en un sentido, otros católicos los tachen de intolerantes, y si votan en sentido diferente hayan de hacerlo con disgusto de sí mismos. A aquellos precisamente me dirijo para decirles que hagan su opción con toda libertad según se la dicta su conciencia cristiana, y sepan contestar a los que les atacan por su actitud negativa, si es que piensan adoptarla, que la división no la introducen ellos, sino el texto presentado a referéndum. Es solo su conciencia, rectamente formada con suficientes elementos de juicio, la que debe decidir, sin aceptar coacciones ni de unos ni de otros.

________________

Deseamos de todo corazón que la intervención de los católicos en la próxima votación sea tan consciente y elevada que atraiga sobre España las bendiciones de Dios y que nuestra Patria “disfrute de los bienes que dimanan de la fidelidad de los hombres a Dios y su santa voluntad” (DH 6).
--

Fdo. † MARCELO GONZÁLEZ MARTÍN
Cardenal Arzobispo de Toledo

SOBRE EL COMUNICADO PROMETIDO.

Aquél que me comprometí a hacer acerca del desarrollo del diálogo con un sindicalista desconocido, sobre el tema de la huelga de Metro de Madrid y la anterior de funcionarios.
El caso es que, a mi pregunta sobre qué es el que, siéndole bajado el sueldo por el Gobierno, no hace huelga contra el Gobierno, aún no ha habido respuesta.
Esto podría significar que aún sigue en profunda introspección, preguntándose de donde vino, a donde va, a qué huelen las nubes y qué será eso de trabajar. Pero más bien creo que no es el caso.
El caso debe ser que desde hace varias semanas el sindicalista de marras no ha pisado el tajo, o bien que el escribano era sindicalista -o tontolaba sin graduación- foráneo al centro de trabajo, que vino a ladrar sin saber de qué iba la guerra.
Total, amigo Apañó, que acertaste un pleno al decir que no me iba a durar nada la distracción.

martes, 27 de julio de 2010

SOBRE LA MODERNIDAD DE FRAGA.

Que -dice Público- está contra el aborto y lo critica afirmando que la sociedad española se ha vuelto muy súper moderna.
Este señor Fraga, que nunca ha sido muy inteligente aunque sí memoriudo, está empezando a perder lo que tenía: memoria.
Porque decir que el aborto es moderno significa desconoce realidades históricas como el antigüo Egipto, la Esparta envidiable pero salvaje, la Roma clásica. A aquellos siglos nos retrotrae el aborto: a los siglos de la barbarie. Nada extraño, si atendemos a otro espíritu bárbaro -la barbarie asiática y torva que definiera José Antonio- que es el que anima a los giliprogres.
Por otra parte, el señor Fraga se sitúa contra la ley pero defiende que no hay que derogarla.
Postura de la que espero -eso sí, sentado- tomen nota los votantes.

Publicidad: